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Era una carrera de versos y los primeros que llegaron a la meta fueron un cuarteto contento por su puesto y, detrás de ellos, otro cuarteto un poco más cansado. Más tarde llegó un terceto bastante alegre por su unión y resultado y, por último, pero no menos importante, llegó a la meta otro terceto bastante cansado y enfadado por su gran esfuerzo pero poca recompensa. Y entre todos consiguieron que entendieran que la unión es más importante que un simple trofeo.
Todos juntos pensaron unirse y formar un soneto, el “Soneto Ganador”.
Historia del soneto
Estaba pasando por una especie de bloqueo creativo, me sentía agobiado por no poder hacer lo que más me gustaba, que no era otra cosa que hacer poemas.
Justamente esa mañana había recibido una invitación a la fiesta de cumpleaños de mi mejor amigo, no podía rechazarla, pero tampoco estaba de humor para fiestas.
Al final asistí. Cuando acabamos de comer, la joven y engreída sobrina de mi amigo se acercó a mí y me pidió un poema en honor de su belleza que, a decir verdad, no era mucha.
En ese momento de mi boca brotaron palabras. La gente escuchaba atentamente y, cuando acabé, le dije a la chica:
-Lo lamento, pero yo no miento en mis poemas.
La joven salió de la habitación, furiosa y avergonzada, mientras todos se reían.


Alejandro era un hombre longevo, que siempre mostraba una gran afabilidad ante los demás. Vivía en una pequeña y oscura casa que también tenía un jardín. Allí había sembrado una belladona. La planta estaba alejada de las otras y él la utilizaba para hacer remedios, algo que había aprendido de su padre, un beduino que lo abandonó todo por el amor de su vida.
El hombre estaba sentado en el porche de su casa, a su lado se hallaba su sabueso. Allí estaba recordando su juventud, cuando todavía era todo un bravucón y trabajaba como filibustero.
De repente se escuchó una fuerte batahola, algo muy raro en la zona en la que vivía. El hombre se levantó y fue en busca de su ballesta, mientras su sabueso ladraba sin cesar.
Debido a la oscuridad presente, le costó vislumbrar su arma. La cogió al fin y cuando salió, vio que alguien había hecho un sabotaje a su puerta. Su fiel sabueso ya no estaba allí. De pronto el hombre es golpeado por algo y cae al suelo.
Llisbet

Lope de Vega había acabado el soneto de repente. Estaba orgulloso de su trabajo, así que está pensando en publicarlo; pero, de repente, el soneto cobra vida y sale de la habitación. Fue correteando por la casa con las esquinas de la hoja. Lope de Vega que, en realidad, se llamaba Jhon, cogió un cuchillo e inmediatamente persiguió a la hoja que estaba intentando esconderse de él. Jhon la buscó por todos lados, pero, como la hoja era tan fina, cabía por prácticamente cualquier lugar. Jhon estaba confuso, enfadado y un poco paranoico así que cogió una vela, la encendió y quemó toda la casa.
Solo así se sintió aliviado y satisfecho. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había quemado su propia casa, se desesperó. Cinco minutos después ya había llegado la policía; también se acercaron al lugar los vecinos y un grupo de bomberos.
Lo tomaron por loco, así que lo metieron en un hospital psiquiátrico durante un año. Tras salir de allí, volvió a dónde había estado su casa. Estaba contemplándola, cuando descubrió la luz en el segundo piso y a la hoja asomada a la ventana, haciéndole burla.
Jhon pensó que se estaría volviendo loco de verdad, también podría ser una alucinación, pero no lo era. Ahí estaba. Se quedaron un rato mirándose fijamente con un silencio incómodo. No había ni una sola persona alrededor, así que la hoja se atrevió a decir con una voz muy grave:
-Tú vas a morir el primero y luego, morirá tu familia.
Jhon calló. El tiempo pasó y su locura pareció haberse olvidado, parecía que se lo había tragado la tierra. No se supo nada de él hasta cincuenta años después, cuando un hombre lo encontró muerto en Hawai, con un papel extraño arrugado, quemado, mojado y un poco destrozado. Efectivamente, Jhon mató al soneto, pero entregó su vida a cambio.
David Castillo

Bartolomé
El gran filibustero navegaba sobre las aguas caribeñas. Su ánimo cada vez estaba más decaído y su sabueso Tintín, que siempre solía avisarle con antelación de la presencia de de algún barco al atracar llevaba ya varios días tumbado y con la misma desgana que su amo.
Los días pasaban y la tripulación empezaba a ponerse nerviosa, la comida escaseaba y el aburrimiento se iba apoderando de todos poco a poco, pero Bartolomé no perdía las esperanzas y, mientras apretaba su ballesta, recordaba las palabras de aquel hombre misterioso en el puerto de las Antillas:
-Amigo, ¿es usted el gran Bartolomé?
-Sí, lo soy y déjeme decirle que no recuerdo tenerlo entre mi grupo de amistades, así que, ahórrese su palabrería- contestó el pirata, desconfiado.
-Está bien, me calló, pero ha de saber que puede perder una información muy privilegiada. ¡Es una lástima! Me habían dicho que usted era una persona afable y, a la vez, inteligente- respondió descaradamente el hombre misterioso.
-Habla de una vez, bellaco! si no quieres perder la vida aquí mismo- dijo Bartolomé, impaciente.
Pero, en ese instante, empezó una gran batahola debido a una pelea que se produjo entre la tripulación del barco y unos mercaderes. Bartolomé solo pudo escuchar con dificultad las palabras de aquel hombre que le hablaba de la proximidad de un barco proveniente de Siria. Aquel barco llevaba, además del beduino más longevo de la historia musulmana, una gran fortuna destinada al adoctrinamiento del islam en América. Bartolomé habría querido saber más detalles pero, cuando la trifulca acabó, aquel hombre había desaparecido.
Y así llevaba varios días, recordando y esperando con ansiedad la aparición de aquella embarcación que le llenaría los bolsillos de oro y le permitiría contentar de nuevo a su gente. Su ambición era tan grande que, incluso, había maquinado un plan infalible. Antes de abandonar Las Antillas se preocupó por conseguir belladona y, con sus propias manos, preparó un brebaje mortal a base de la dichosa planta; así, no solo conseguiría el oro, sino que también habría comedio el mayor sabotaje de la historia al gremio musulmán y se vengaría por haber tenido que renunciar a su familia cuando se convirtieron al islam.
Estaba sumergido en su plan de venganza, cuando pudo vislumbrar la majestuosidad de un inmenso barco. Jamás había visto nada parecido. El barco, era prácticamente invisible, peo era el efecto que daba el oro que lo rodeaba, de esta manera, cuando los rayos de sol chocaban contra él, se formaba un resplandor que impedía que la embarcación fuera vista y atacada por piratas.
Bartolomé que, a pesar de ser pirata, también era un hombre inteligente y moderado en sus decisiones, pensó que, aunque él siempre había sido bastante bravucón, la mejor decisión era dar media vuelta y dejarles pasar. Era preferible rendirse sin luchar a enfrentarse a sus hombres en una batalla perdida contra la tripulación de una embarcación invencible y protegida por Alá.


Era una tarde de invierno. Yo estaba tumbado en el sofá, a mis pies estaba también mi pequeño sabueso Max, de nueve meses. Estaba abstraída leyendo un libro donde aparecía un personaje bravucón, de un pueblo beduino. Este iba armado con una ballesta de plata y armaba una batahola enorme. Su intención no era otra que realizar un sabotaje en una de las casas más importantes de aquel lugar.
En aquella casa vivía una de las familias más influyentes, pues el alcalde habitaba allí. El alcalde, que se llamaba Pedro, tenía tres hijos. Además en la casa vivía su no menos célebre esposa, Margarita. Su hijo pequeño vislumbró desde la ventana al beduino armado con la ballesta y se lo dijo a su padre, el cual cogió su arma cargada de municiones y se puso detrás de la ventana como si fuera un francotirador.
Sin apenas darse cuenta, Pedro apuntó con su pistola, disparó y le dio limpiamente en la cabeza a su enemigo. De este modo puso a salvo a él y a su familia.

Y un soneto me puse a relatar.
Catorce versos tenía y muy bien hecho estaban.
“Con mi dueño me fui a pasear
y en el parque empezamos a andar.
Todo el mundo empezó a bailar.
Por un momento pensé que era una animal”.
Y mi soneto iba a continuar, el problema es que mi dueño por la puerta asomó y, de milagro, no me pilló escribiendo este magnífico soneto.
Tobby, el perro.
Con mi amo me fui al parque a pasear,
la vecina Ana me acarició,
pero su hija María me cogió
y de sus brazos no quería escapar.

María acariciaba mi barriguita
y, de repente, apareció su tía
que con dos besos saludó a María
me miró y dijo: ¡cosa bonita!

Yo muy contento le di un lametón
salí corriendo a beber a la fuente
y un gato apareció de sopetón.

Del gran susto casi casi de frente
incluso me dio un vuelco el corazón
me repuse porque soy un valiente.
Daniela y Adele

Entré por la puerta de la gran casa de Violet, donde era fa fiesta. Los padres de esta estarían de viaje durante todo el fin de semana. La casa rebosaba de gente en aquel momento. Me concentré en mi misión de aquella noche: Encontrar a Violet y decirle lo que sentía, que me gustaba desde 1º grado, cuando le dio un pisotón a un niño que estaba molestándome.
Salí al jardín donde estaban un montón de chicos ¡con cara de idiotas!. Hacían el tonos encima del árbol más centenario del jardín. Violet estaba allí, pidiéndoles que dejaran de hacer el mamarracho. Era mi momento, para eso había ensayado tantos días frente al espejo. ¡Allí iba!
Me coloqué bien la chaqueta y volví a leer la “chuleta” escrita en mi mano, que ya estaba borrosa por el sudor. Sin embargo, no espera que sucediese aquello.
Uno de los idiotas que seguía colgado del árbol boca abajo, empezó a gritar lo mucho que amaba a Violet. ¿Qué? ¿Ahora? Violet caminó hasta estar a dos pasos de él, mientras que yo, en la distancia, rogaba a Dios y a todos los santos para que le pegara un sopapo que lo bajará del árbol.
-No te creo- fueron las palabras de la chica.
-¿Cómo quieres que lo pruebe?- preguntó el bobo.
-Compón un soneto- retó la muchacha- Aquí y ahora.
El chico empezó a rimar características de los sonetos. ¡OH, vamos! Tiene que ser una broma. Yo llevo dos años reuniendo el valor para confesarme y ahora este tipo le suelto esto, así de repente.
Me gustaría decir que la cosa salió bien, y lo hizo, pero no para mí. Han pasado diez años desde aquella fiesta y ahora ¿a qué no adivináis quién se casa mañana?
María Tortajada, Isabel Yuste. 2º A.

Bueno- dije, mientras miraba la hora en mi teléfono-teniendo en cuenta que llevamos unas tres horas en esta tartana- le expliqué a mi amiga- deberíamos llegar…- No terminé la frase, cuando el conductor paró de un frenazo que me sobresaltó.
-Ahora- finalizó Mía.
El autobús se detuvo enfrente del museo de Ciencias Naturales de Alberique.
30 minutos después
Perdí el interés en la explicación sobre la longevidad de las belladonas, cuando mi compañero Leo Valdez empezó a apartarse del grupo, mientras Mía lo seguía. ¿Qué estaban tramando?
Los seguí hasta la sala de estatuas de beduinos. Cuando me giré un enorme monstruo con alas de murciélago pasó rozando mi chaqueta.
-¡¿Harley?!- gritó Mía, con un arco en la mano, detrás de ella apareció Leo con una ballesta.
-¿Dónde está?- preguntó el chico.
-¿Dónde está el qué? –dije yo.
-¡El monstruo!-señaló Mía detrás de mí.

Un soneto sin poeta
Erase una vez en el castillo de Violante, un pequeño y delgado sirviente se hallaba limpiando las diversas salas de la enorme fortaleza cuando, de pronto, entró en una habitación repleta de elegantes trajes y atuendos. El pobre sirviente que solo tenía unos pantalones rotos y una camisa que le venía por el ombligo, no pudo resistir el deseo de probarse uno de los atuendos. al verse vestido con tan distinguidas prendas, se sintió como el noble del castillo y se vio tentado a pasear un poco por las estancias.
Durante el paseo, todas las sirvientas lo saludaban intentando captar su atención, realmente parecía un miembro más de la realeza y, por un momento, olvidó todas las penurias que había tenido que atravesar durante su corta vida, hasta que uno de los guardias logró identificarlo y se dirigió corriendo hacia el sirviente. El joven, asustado, empezó a correr, pero, como no estaba acostumbrado a caminar con unos zapatos tan finos, tropezó, cayó y fue atrapado.
El guardia lo llevó a la sala real, donde el rey se hallaba sentado en su trono. El sirviente creyó que había llegado su hora, puesto que se había saltado las normas de su amo, sin embargo, se llevó una gran sorpresa cuando el monarca le dijo.
-Poeta, ¡cuánto has tardado en llegar! Os estaba esperando con urgencia. necesito que me hagas un soneto para mi bella amada. No hace falta que te diga que tiene que ser romántico, habrás de ponerle inspiración y sentimiento, debe tener…
El rey siguió hablando, pero el joven ya no lo escuchaba. Se sentía confundido; aunque más confundido estaba el rey, así que, decidió aprovecharse de la situación, ya que por menos tenía una oportunidad para librarse del castigo y sobrevivir. ¡Debía hacer ese soneto!

Esta es la historia de una princesa beduina, llamada Ámbar. Ámbar era una princesa muy valiente, atrevida y que siempre luchaba por sus derechos.
Como muchos de vosotros sabréis en el desierto del Sahara a las mujeres se nos niegan muchos derecho, pero a ella, ninguna de esas normas que nos eran negadas a las mujeres, le impedía hacerlo.
Muchas veces los guardias del Sahara la habían detenido por mostrar sus derechos, pero, al ser la hija del rey, nunca la habían metido en la cárcel.
La princesa tenía una relación muy cercana e íntima con su abuelo, que se llamaba Kamiz. Él había sido antes que su padre, rey; pero, al detectarle una enfermedad, le había cedido el puesto al nuevo rey.
Kazim era un hombre muy astuto e incitaba a Ámbar a ser siempre valiente y protectora de sus derechos. Así con el apoyo de sus familiares, amigos y, sobre todo, con el apoyo de su abuelo, Ámbar llegó a ser la primera de los beduinos.
Minerva, Daniela, Chloe.

Todo comenzó cuando un hombre bravucón llegó a su casa agotado por todo aquel día ajetreado. Lo primero que hizo fue ir a ver su planta belladona; la planta estaba bien, así que decidió descansar y aprovechó para dormir.
Más tarde sonó un estruendo que lo despertaría. No quiso alarmarse, por lo que, para comprobar que todo iba bien, se asomó a la ventana. Quería ver qué había sucedido y, como no era de extrañar, no había nadie por la calle, de manera que decidió volver a la cama.
Pocos minutos después se escucharía una batahola que parecía provenir de su propio jardín. En ese momento, puesto que el hombre sospechaba, decidió sacar esa afabilidad de sabueso que siempre lo caracterizaba y que le serviría para averiguar qué narices estaba pasando.
Con rapidez bajó al jardín. Iba cargado con su ballesta. Todas las precauciones eran pocas, podía tratarse de un atraco, incluso de algo peor.
Cuando estaba comprobándolo todo, descubrió que era se trataba de un sabotaje ya que la estancia mostraba multitud de huellas, los objetos aparecían desordenados y, lo peor de todo era que le habían robado la belladona. No iba a consentirlo, los que habían entrado en su casa lo lamentarían. Recuperaría su planta.
Siguió el rastro de las personas culpables y llegó a una antigua casa que parecía haber sido abandonada desde hacía mucho tiempo. Aunque daba miedo, el hombre no se amilanó y entró con valentía. No podía permitirse perder esa planta, cuyo valor sentimental era considerable.
Intentó vislumbrar lo que había en su interior. Unos jóvenes le salieron al paso, pero él estaba preparado para la lucha y consiguió derrotarlos fácilmente.
El hombre volvió a su casa feliz por haber recuperado su planta. De repente escuchó un ruido estridente. Era el despertador. Todo aquello no había sido otra cosa que un profundo sueño.
Maika y Andrei

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