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El misterio de las sirenas


Todo empezó un día de verano, cuando mis amigos propusieron ir a la playa. Todos teníamos muchas ganas de pasar allí el día. Era muy temprano, por eso no había demasiada gente, sólo algunas personas de la tercera edad paseando y los amigos de Lidia.
Mientras charlábamos tranquilamente sentados en las toallas, nos contaron que tenían una lancha. Mi amiga Lidia les preguntó si podíamos ir con ellos y nos dijeron que sí, que la lancha era un poco pequeña pero no había ningún inconveniente en que los acompañásemos.
Nosotras éramos tres chicas: Lidia, Silvia y yo; ellos, otros tres: Adrián, Pablo y Toni. Nos subimos a la lancha y empezamos a navegar. Estar allí tumbado era muy relajante, pero como además, no parábamos de contarnos chismes y reírnos, nos lo estábamos pasando en grande.
Llevábamos aproximadamente una hora cuando vimos una especie de isla y decidimos parar allí para almorzar. Al llegar, nos comimos los bocadillos de atún que habíamos preparado y nos bebimos unas coca-colas refrescantes. A continuación nos zambullimos para darnos un baño. Mientras jugábamos en el agua a pasarnos la pelota, algo mordió a Adrián. Entre Pablo y Toni lo sacaron del agua. Le salía mucha sangre. Me fijé en su rostro. Se apreciaban la marca de unos colmillos y arañazos en la piel.
Todos estábamos asustados pero, especialmente, las chicas, a las que les había dicho lo que había visto en su piel. Toni, intentaba que el mordisco de Adrián dejara de sangrar y para ello presionaba con su camiseta sobre la herida. Un poco más allá, nosotras intentábamos guardar las cosas para largarnos de allí.
Al subir a la lancha, vimos como el agua empezaba a hacer ondas y eso se notaba porque el agua estaba totalmente en calma y no había olas. De repente, del mar salieron unas sirenas. Sus colmillos y garras cortaban la respiración. Me di cuenta de que tenían las manos apoyadas en la arena, en actitud desafiante, el resto del cuerpo estaba en el agua, es decir, sus colas permanecían mojadas. Hacían sonidos extraños y nos gruñían para impedir que nos fuésemos. Estábamos atrapados, nos cerraron el paso y era imposible llegar a la lancha. Ninguno de nosotros se podía creer lo que nos estaba pasando. Era una auténtica pesadilla.
Tuvimos que pasar la noche en la isla, durmiendo sobre las toallas y al cobijo de la hoguera que Pablo se ofreció a hacer ya que por las noches refrescaba. A la mañana siguiente vimos que Toni no estaba. Comenzamos a gritar su nombre, nadie contestaba. De pronto, apareció ella. Era una sirena de grandes ojos malignos. Sin mirarnos siquiera, dejó el cuerpo de Toni en la orilla.
Lidia se acercó para ver si estaba muerto y fue en ese momento cuando la sirena la agarró del brazo y la sumergió en el mar. Intenté cogerla pero no sirvió de nada. Toni empezó a toser y a tirar agua por la boca, señal de que estaba vivo. Entonces Pablo soltó aquellas palabras con tal rabia y coraje que todos sentimos que, al menos, no moriríamos sin luchar. “Por Dios, que si ellas lo hacen, también nosotros”. Silvia le preguntó qué se proponía que hiciéramos y él le respondió que podríamos capturar a alguna de esas cosas o ver cuál era su punto débil. Yo pensé que tal vez les daría miedo el fuego. Nos pusimos manos a la obra: situamos anzuelos estratégicamente, construimos una pequeña red… Toni lo sabía. Sabía que la Sirena, nos dijo, volvería para dejar a Lidia y que, en ese momento, la podríamos capturar.
La sirena apareció, como la vez anterior, y dejó a Lidia en la orilla. Era nuestra oportunidad. Adrián echó la red por encima y esta quedó atrapada. Me aseguré de que no me pudiera hacer daño y cogí a Lidia. Pablo me ayudó.
Era el momento de encender las hogueras y escapar. Y así lo hicimos. Comenzamos a encender las hogueras y, una vez encendidas, subimos a Lidia a la lancha, atamos la red a un lado (con la sirena) y salimos pitando de aquella isla.
La sirena empezó a cantar y ellas surgieron de la niebla. Eran tantas que parecía que una mole gigantesca se aproximase a nosotros. La lancha parecía volar y la espuma nos azotaba el rostro. Las sirenas nos seguían de cerca y algunas se cortaban con la hélice. Al fin conseguimos llegar. En la playa había mucha gente. Cuando pedimos ayuda, nadie se inmutó. Nos dimos la vuelta para ver si la sirena estaba todavía en la red, pero no estaba. Había desaparecido y la red estaba rota.
Irene Estal 2º C

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