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Restos en la bañera, Verónica Martín

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Restos en la bañera, Verónica Martín

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Bueno. Aquí tienes un cuento muy sencillo, sencillísimo en su planteamiento.  Lo que voy a pedirte es que juegues con el significado implícito para ampliarlo. En primer lugar quiero que desaparezca la afirmación inicial, quiero que todo se metatice, que lo construyas en un presente fatuo, que lo alojes en el instante. Quiero que la narración que fluya con naturalidad y que los pensamientos se mezclen con las interrupciones (las continuas llamadas de teléfono que exasperan al protagonista). Finalmente quiero que le des un giro inesperado, que el final nos sorprenda, que el pobre hombre salga de entre los muertos (es un decir), que lo instales cómodamente entre los vivos y te inventes una patraña verosímil que sorprenda al lector y lo desubique momentáneamente.

 

La mañana en que fui a buscar el cadáver de mi padre acababa de firmar el primer contrato con una empresa de informática para el mantenimiento de todas sus máquinas de aire acondicionado. El primer logro de mi recién creada empresa, un acontecimiento que a punto había estado de creer que nunca ocurriría. Cuando salí del despacho de aquellas oficinas con la carpeta sujeta por la axila, apretada contra mis costillas, pensé que la bobada esa que decía todo el mundo de que los niños vienen con un pan debajo del brazo era cierta, porque el médico le había confirmado a mi chica la semana anterior que sí, que estaba embarazada.

Estaba contento, pletórico diría más bien, me sentía flotar. Caminaba ligero por el pasillo de la empresa, observando las maquinillas que expulsaban ráfagas de aire fresco en esa mañana de finales de julio. La señorita de recepción me entregó el casco y la cazadora que le había dejado a la entrada y, al despedirme, sonrió y dijo:

-Hace un calor terrible afuera, un día estupendo para ir en moto.

Sonreí cuando se abrieron las puertas de cristal y una bofetada ascendiente me golpeó la cara. <>, murmuré. Estaba feliz. Quería contárselo a Aurora, llamarla enseguida para que supiera la gran noticia. Bajé las escaleras del aparcamiento pensando que tendría que contratar a alguien, tal vez a algún chaval que acabara de terminar la FP y no le importara ganar poca pasta al principio. En esas andaba, cuando sonó el móvil. Vi el nombre de <<Mamá>> parpadeando en la pantalla. Había tenido suerte: iba a ser la primera en enterarse y esa exclusividad le encanta a las madres.

-¿Qué tal? ¿Cómo lo estáis pasando?- pregunté-. ¿Y mi sobrinito, da mucha guerra?

Mi madre dijo que sí, que todo bien, que le niño estaba muy rico, muy moreno y que se comía la arena de la playa en cuanto se descuidaba mi hermana. Que mi cuñado había vuelto ya para Madrid y que las dos estaban preparándose para bajar un rato a la piscina.

-Manu, ¿has hablado con tu padre últimamente?

La pregunta no me inquietó en un primer instante.

Mis padres se habían separado, de forma definitiva, hacía seis años. Al principio fue doloroso pero extrañamente liberador. Supongo que romper después de treinta y pico años de matrimonio no había sido fácil para nadie, a pesar de todos éramos adultos; mi hermana se había casado, yo no vivía en casa desde hacía tiempo y mi hermano pequeño se había ido con una beca de investigación a la selva mexicana. Sin embargo, tras los dos primeros años de divorcio, mis hermanos y yo coincidimos en que había sido la mejor decisión. Tuvieron una primera intentona cuando yo era un adolescente y se separaron una larga temporada.

En aquella época, mi madre no paró de llorar los primeros meses. Después pasó a un estado de euforia que combinaba con jornadas enteras de tristeza y lloros contenidos. Fue como vivir en una montaña rusa emocional y a mí esas atracciones siempre me han dado vértigo y revuelto el estómago. Nunca adivinabas cómo sería el día: ¿Lágrimas en el desayuno si se derramaba la leche en el micro? ¿Risas desencajadas  por una historia absurda oída a la vecina? Casi acabó por volvernos locos a todos, pero al final lo arreglaron; un parche que terminó por despegarse a los pocos años hasta que por fin llegó el divorcio. A pesar de todo, mamá siempre andaba pendiente de mi padre, de cómo estaba de la próstata, de su jubilación y, últimamente, de un dolor que le subía por la cadera. Llegaron a un entendimiento y a una relación tan civilizada que hasta celebrábamos juntos las navidades, una facilidad para todos.

-No sé, creo que me llamó hace una semana- respondí.

Es que tu hermana le lleva llamando desde hace días, y el móvil lo tiene apagado todo el tiempo, y el fijo no lo coge tampoco.

Su voz sonaba preocupada, angustiada según me iba relatando las intentonas de llamadas. Escuché de fondo la voz nerviosa de mi hermana que le decía: <>.

-Tu tía Dori nos ha llamado esta mañana porque le esperaban en el pueblo para una misa por su primo Amador y no fue. Dice que le llamó unas cuatro veces al móvil y nada, el móvil apagado. Manu, le tiene que haber pasado algo.

-No seáis histéricas- contesté un poco crispado- . A ver si está por ahí y no tiene cobertura o se ha dejado el teléfono en algún sitio.

-Que no, Manu, que si se hubiera ido de viaje lo habría dicho, ¿no? Anda que no lo pregona a los cuatro vientos cada vez que se va de marcha.

Me quedé debajo de las marquesinas del aparcamiento de motos. Me sudaba la espalda, el cuelo y no sabía si era por el calor o por los nervios que me apretaban por todo el cuerpo.

-y ¿qué queréis que haga? Lo llamaré durante el día a ver si…

-Tú tienes llaves de su casa, ¿no?- me interrumpió mi madre.

-sí.

-Manu: tienes que ir allí –dijo mamá, rigurosa, como la sentencia de un juez antes de golpear con el mazo.

No hablamos nada más. Ningún detalle, ninguna sospecha, ninguna hipótesis, pero creo que los dos, o mejor dicho los cuatro, si incluimos a mi hermana y a mi tía Dori, teníamos en la mente la misma idea, recreada por cada uno con su particular imaginación. La mía era mi padre muerto de un infarto, desnudo en la bañera con el agua goteando por su vientre hinchado y pálido, el pelo canoso aplastado contra las sienes y los ojillos azules abiertos mirando al vacío.

Guardé el contrato en la mochila y me sorprendí al ver cómo temblaban las hojas entre mis manos. Respiré un par de veces y traté de desviar esa imagen de la cabeza, alejarla, asustarla para que se marchara de allí, como a los perros desatados que husmean entre las piernas en los parques. A punto estaba de calarme el casco cuando sonó el móvil y vibró, todo a la vez, justo encima de mi corazón, en el bolsillo interior de la cazadora. Contesté a toda velocidad.

-Suenas más ansioso que yo, cariño. Venga, suelta, suelta, ¿lo has conseguido?

Respiré aliviado al oír la voz de Aurora y creo que contesté que sí muy rápido y la escuché reírse o gritar: <<¡Lo sabía! Te lo mereces>> y después un montón de preguntas. Quería saber más detalles y entonces, así, sin previo aviso, le conté lo de la llamada de mi madre y por un momento sólo entendí mis palabras mientras una Vespa arrancaba tres filas más a la derecha de donde yo me encontraba.

-¿Quieres que vaya contigo? Puedo inventarme algo en el despacho; voy a casa, cojo las llaves de tu padre y nos vemos allí, si quieres.

También mi novia había pensado lo mismo. Otra vez la imagen se instalo en mi cabeza, las gotas de agua resbalando por su tripa.

-No, no. Luego te llamo ¿vale? Tú quédate tranquila. Ahora la que respiró aliviada fue Aurora; me pareció lo más normal.

<>, pensé. Metí la llave en el contacto y el rugido del motor espantó por un rato aquel pensamiento que casi podía tocar con la mano.

No esperé al ascensor. Subí las escaleras de mi piso de dos en dos. El llavero estaba colgado en la entrada. Mi padre había pegado un cartelito, con letra pulcra y en mayúsculas con su nombre completo, dirección y entre paréntesis (PAPÁ), como si pudiera olvidarme de quién era ese tal Manuel Linares Rocha. Antes de llegar abajo, el soniquete del móvil me revolvió de nuevo las entrañas.

-¿Has llegado ya, hijo?

-Mamá, si me llamas cada cinco minutos no llegaré nunca- casi chillé, y me subí en la moto a toda prisa.

<<Qué puto calor>>, mascullé. No había caído en eso, en el calor y en lo mucho que había insistido mi padre en que le instalara el aire acondicionado a principios de verano, aunque yo siempre encontraba alguna excusa para no pasar por su casa. Otra vez el teléfono, me dije que si era mi madre no contestaba ni de coña pero leí un número desconocido en el visor. Intrigado, respondí:

-¿Diga?

-Manu, mi niño, ¿llegaste ya a la casa de tu padre?- escuché el acento cantarín, el ceceo inconfundible del pueblo de papá.

-No tía Dori, a este paso no llegaré hasta dentro de una semana.

La voz melosota de mi tía me cortó enseguida.

-Qué bien que te localicé antes. Escucha, he hablado con un vecino mío que es inspector de policía jubilao. Me ha dicho que ni se te ocurra entrar solo en la casa, que antes vayas a la comisaria o le llames, que él te dará unas indicaciones.

Según la escuchaba sentí un ardor agrio subirme por la garganta.

-Por favor, tía, déjalo. Mira, tengo que colgar, luego te llamo, ¿vale?

-Pero, mi niño, dice tu madre que…

-Adiós, tía Dori, luego os llamo, a todas…

Me dieron ganas de tirar el móvil al suelo. Me sudaba la rabadilla, la piel por debajo de la cintura del vaquero. Arranqué y salí de allí disparado.

Los semáforos parecían aletargados por el calor, tardaban horas en cambiar de rojo a verde; incluso, a veces, el disco anaranjado se demoraba en una parada sin sentido. El tráfico también fluía pesadísimo, lento. Intentaba colarme entre los coches, ponerme delante de los taxis, evitar la parte trasera de los autobuses. La tempera ardiente de los motores a mi alrededor me quemaba las piernas, las rodillas y, al apoyar los pies sobre el asfalto, tenía la pegajosa sensación de estar sobre chicle recalentado. <>, hasta me pareció un consuelo.

Supongo que en esos momentos uno debería recapacitar sobre todo aquello que no nos dijimos, la distancia que había entre nosotros incluso cuando compartíamos el baño, el pan sobre la mesa, y que se ensanchó al irme de casa, mucho más de la que nunca hubo entre mi padre y mi hermano, a pesar de que él viviera a miles de kilómetros.

Por fin llegué a su barrio. Subí por la avenida principal y me desvié en la primera calle que pude. Al fondo a la izquierda vi su bloque, el portal pintado de verde oscuro y los reflejos dorados de los adornos de la puerta. No se divisaba ningún sitio para aparcar, así que dejé la moto un poco más abajo. Casi lo agradecí, ganar ese minuto escaso de paseo hasta la finca para mentalizarme o prepararme o ¡qué sé yo!

Supongo que debía arrepentirme de haber discutido tanto con él cuando dejé el Ministerio para montar la empresa, por haberme puesto de parte de mamá siempre, pero pensaba que aquello formaba parte de nosotros, de mí mismo, y que ya no se podía cambiar. Lo único que me atormentaba era no haber tenido la necesidad de contarle que iba a tener un hijo.

El repiqueteo del móvil me aceleró otra vez el bombeo del corazón. Aurora. Tenía como tres llamadas perdidas suyas, no quería hablar con nadie. Contesté con desgana.

-Estoy a punto de subir.

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