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 TAGS:undefinedUna belleza que nunca debería haberle abandonado.
Erase una vez un pintor muy famoso que venía de exponer uno de sus cuadros. Estaba tan cansado, después de la interminable velada, que decidió irse a la cama, sin apenas cenar. Poco a poco fue adentrándose en el subconsciente y poco a poco el subconsciente fue adquiriendo forma, una forma que iba disipándose hasta que vio con nitidez la imagen de una triste chica sentada en una silla y que parecía incapaz de moverse, en perpetuo éxtasis; casi como una modelo.


Se levantó al día siguiente, pero la imagen no había desaparecido, permanecía clavada dentro de él, como un puñal, no podía quitársela de la cabeza. Durante todo el día sintió el trastorno de su alucinación, era como si era mujer cobrase vida; como si ella fuese la que se despistase al dibujar los trazos del cuadro o la que corriese los platos al borde de la cama para que éstos se cayesen con estrépito.


Cuando el sueño volvió a sacudir su cuerpo, volvió a notar esa presencia demoledora, tan triste y bella… No sabía quién era y tampoco sabía, cómo lograr que se esfumase de su cabeza. Hasta que noto la imperiosidad de pintarla, hasta que fue ese único deseo el que desentumeció sus miembros. Tenía que pintarla; era su deber: estaba seguro de que ese era el motivo de su insistente permanencia.


Así que el pintor, obedeció con frenesí inusitado. Comenzó el boceto. Sabía que en cuanto lo terminase, si el resultado era satisfactorio, lo llevaría como uno más a la sala de exposiciones. Pero una vez terminado el lienzo, éste cobró vida y comenzó a moverse, ante la atónica mirada de sus alumnos de dibujo. La gente alucinada, pensó que era un truco de magia; pero, no era así. Y después de ver su belleza inmaculada; tras la extenuación que produce pintar un cuadro, se fue a su casa, rezando para que todo fuesen imaginaciones suyas.


Pese al miedo, el hombre escuchó a la bestia; a la belleza irreal que tenía delante: el pavor se acomodó, sigiloso, como el silencio de un patio de butacas. El pobre se asustó, pero entonces notó la calidez de su voz. Era una historia que le devolvía la majestuosidad de su figura, que cotizaba a más alto precio, el trabajo realizado. Era sólo una cuestión de identidades falsas: la mujer de sus sueños sabía que sólo él podía devolverle el ánima. Sólo un pincel curtido, era capaz de desenterrar lo que ella había sido; de captar, en un rostro surcado de arrugas, aquella belleza que nunca debería haberla abandonado.


Lucas, 1º F

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