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Algunas de las redacciones de miedo de otros años.

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Estas son algunas de las redacciones realizadas por vuestros compañeros de otros años. Algunas no tienen nombre porque no quisieron que lo subiera y no lo recuerdo. En fin, podéis juzgar por vosotros mismos. ¡Ideas, lo que no significa que las vuestras vayan por el mismo camino!

 

 

UNA NOCHE DE HALLOWEEN...
Después de un largo día de Halloween, pasadas las once de la noche, me encontraba en un gran descampado. Todavía iba disfrazada de bruja y estaba mirando aquella bola que desprendía de su interior diferentes colores.

Pensé que solo era un juguete cuando esa mujer, aparentemente normal, la intodujo en mi bolsa. Pesaba un poco porque estaba llena de dulces, los que había recogido esa misma noche por gran parte del sur de la ciudad.

Pero, pasadas unas horas, la bola empezó a moverse sin control por mi bolsa, así que decidí alejarme de mis amigos y echarle un vistazo. No había nadie por los alrededores y estaba algo intranquila.

Fue entonces cuando de ella comenzaron a salir misteriosos y magicos animales,por llamarlos de alguna manera. Con miedo, tiré la bolsa al suelo mientras de ella seguían saliendo más y más animales. Era una sensación hipnótica, no podía apartar la vista de aquel baile de colores y formas y entonces salió él y me quedé prendada. Era un caballo, tal vez.

Comencé a seguirlo, a pesar del frío, pero corría demasiado deprisa para mis pies entumecidos. A pesar de ello intenté seguirlo. Decidí correr. No sé durante cuanto tiempo corrí, pero mis piernas no podían más.

Entonces le vi, estaba ahí parado, mirándome. Magicamente todo su cuerpo se transformó en polvo, polvo que corría hacia un agujero que se encontaba en la pared en ruinas que había al final del descampado.

Cogí aire y corrí una última vez. De pronto desapareció. Quería verlo otra vez, así que intenté mirar por encima de la alta pared pero, al no ser de muy alta estatura, no pude ver nada.

Así que me asomé por el pequeño agujero por el que se había introducido. Había una luz tibia en el interior, las paredes tenían miles de dibujos; dragones, dinosaurios... La pared estaba llena de imágenes, imágenes que hablaban de leyendas, princesas de los cuentos y seres de fábula. En ese momento oí unos pasos detrás de mí y me giré. Era el mismo hombre y yo, empecé a sentir miedo, mucho miedo. Tenía los ojos iluminados en rojo.

Comenzó a decir palabras en un idioma desconocido para mí y, a continuación, me tiró unos polvos.

-Alba, Alba, Alba- gritaba mi amiga despertándome.

Me levanté rápido, de un salto.

Miré a mi alrededor. Estaba en su casa, aún disfrazada.

Le miré asustada.

-¿Solo ha sido un sueño?- pregunté aliviada.

-¿Qué sueño?- me preguntó riendo.-Ayer te encontramos dormida en el descampado de mi calle, después de que te separaras de nosotros. Nosotros te recogimos y te trajimos aquí.

-Entonces ¿fue o no fue un sueño?- dije, desesperada.

Me acerqué a la ventana. Allí estaban las ruinas.

-¿Sabes algo de esas ruinas?- le pregunté a mi amiga.

-Sí, claro. Ahí vivía Akira, cuando aún era aquello una casa. Él decía que solo estaba aquí para rescatar a su caballo, pese a que la gente ni le escuchaba y decían que estaba loco.

.-Fue él, él estuvo conmigo anoche.

-¿Contigo?- soltó una carcajada- Tú tambien te debes de estar volviendo loca. El señor Akira murió hace cinco años, la noche de Halloween.

-¿Encontró a su caballo?

-¡Que va!- me contestó- Murió diciendo que aún no le había encontrado.

-Yo creo que ahora sí- murmuré.

Miré de nuevo por la ventana. El caballo estaba ahí, y el señor Akira también. Se montó en él, miró hacia mí, y sonrió, como queriendo darme las gracias por haberle devuelto a su caballo.

Juntos se hicieron polvo, y junto con el aire, desaparecieron para siempre.

Alba Martínez 3ºC

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Era una típica noche de Halloween. Nos encontrábamos mis amigos Juan, José. Pedro, Pablo y yo en Madrid y estábamos haciendo las típicas gamberradas que solían hacer los chavales la noche de Halloween.

Lo cierto es que no parábamos de reírnos y decir:
-Venga, la última.
Eso íbamos pensando cuando, de golpe, comenzamos a ver reflejos de luces azules en la oscuridad y Pedro gritó:
-Huyamos, es la policía.
Así que sin pensárnoslo dos veces echamos a correr en dirección al cauce del río Manzanares.
En cuanto llegamos, fuimos hacia el cauce para que la policía no nos descubriese. Una vez allí, continuamos andando hasta llegar al principio de un paseo paralelo al cauce.

Estaba muy oscuro porque la iluminación no funcionaba. Era un paseo nuevo y todavía no había sido inaugurado. Caminábamos despacio, casi tanteando el suelo que pisábamos ya que apenas podíamos ver el camino. En un momento dado, nos topamos con una joven que iba disfrazada de bruja. La descubrimos por los reflejos de su bola de cristal. La chica se nos quedó mirando, sonrió y nos dijo con voz chulesca:
-Hola chicos, ¿habéis visto por aquí a la policía?
Todos nos miramos unos a otros con cara de circunstancias. Su mirada centelleaba, como la llama de una vela.
-Uno de vosotros aparecerá inconsciente en una iglesia abandonada-. Esas fueron las palabras que pronunció mientras miraba la extraña bola de cristal que sostenía entre sus manos.
Nosotros no quisimos seguirle el juego, y continuamos caminando. Cuando ya nos hallábamos lo suficientemente lejos, nos echamos a reír. ¡Menuda tontería nos había soltado esa pava! Apenas dábamos crédito a lo que había dicho; es más, seguimos nuestro camino. Sabíamos que debíamos ir hacia las motos que estaban aparcadas cerca de un paso de peatones. Dimos media vuelta y nos dirigimos hacia allí.

Casi habíamos llegado cuando escuchamos rugidos de motos que se aproximaban a gran velocidad. Juan pensó que le daría tiempo a cruzar antes de que llegasen, pero, cuando estaba cruzando el paso de peatones, un motero lo cogió del cuello y lo fue arrastrando con la moto, hasta que desaparecieron. José, Pedro y Pablo no podían dar crédito a lo que habían visto. Como balas se dirigieron hacia sus motos. Debían darse prisa si querían encontrar a su amigo.

Unas horas después, el chico apareció inconsciente en medio de una iglesia abandonada.
Tardó mucho tiempo en recuperar el conocimiento y, cuando lo hizo, vio a un hombre calvo con una barba muy poblada y unas gafas de sol. Iba vestido con una chaqueta vaquera sin mangas, una camiseta blanca, vaqueros negros y botas militares.
El chico se sentía aterrado, pero, se armó de valor y preguntó:
-¿Qué hago aquí?
El motero se quedó mirándolo fríamente y respondió:
-Todas las noches de Halloween solemos asesinar a un adolescente, esta vez te ha tocado a ti.
De pronto se vio rodeado de moteros, dispuestos a asistir al triste espectáculo de su final.
El que había hablado con anterioridad sacó su escopeta y apuntó a su sien. El corazón dejó de latirle, cuando apretó el gatillo.
Juan chilló y ese chillido resonó como un eco en medio de la noche. Toda su familia se despertó y se dirigió a su habitación. Fue entonces cuando se dio cuenta de que todo había sido una pesadilla.

Cuando sus padres se marcharon, un resplandor en la ventana le hizo girarse y allí estaba ella.
Le señalaba la bola de cristal mientras lo miraba con aquellos ojos tan fríos e inexpresivos.

Javi 

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Volvía a casa por el mismo camino. Como siempre, estaba muy oscuro pero era el más rápido y quería llegar pronto a casa. Iba echando ojeadas al depósito de gasolina de la moto, ya estaba en reserva. No me hubiera gustado nada que se hubiese quedado parada en medio de aquel camino alejado de las luces de la ciudad. Calculé más o menos que quedarían unos diez o quince minutos para llegar a casa.
De pronto, la moto se paró y me quedé tirada en aquel camino a medio asfaltar. Ahora tardaría media hora o más en llegar a casa ya que tendría que llevar la moto a rastras. Miré la hora… las 2:37 de la madrugada. Saqué el móvil pero estaba sin cobertura, así que ni siquiera podía avisar a alguien para que viniese a por mí.
No quise descorazonarme, albergaba la esperanza de encontrar alguna casa o gasolinera, pero no se veía nada y a cada paso que daba me estaba poniendo más nerviosa. Tenía miedo de que apareciera alguna persona entre los huertos…, un desconocido que me pillase allí, desvalida e intentase hacerme alguna cosa. Mi mente se pobló de pronto de imágenes espeluznantes, como si todas las pelis de terror que había visto se agolpasen de pronto.
Así que caminé despacio, de forma sigilosa e incluso me giraba mirando hacia atrás. La oscuridad era capaz de ofuscarme la razón y no podía pensar con claridad.
«No mires más hacia atrás, no mires, no mires…» me decía a mí misma, pero no podía evitarlo. Recordé la linterna del móvil y la encendí. Entonces pude ver aquella figura. Se trataba de un hombre alto y flaco, llevaba una sotana que le cubría de la cabeza a los pies, y lo único que podía verse era su rostro inexpresivo.
El hombre se aproximaba lentamente .Yo intenté arrancar la moto, pero me fue imposible y, en ese mínimo lapsus de tiempo, ya había puesto su mano sobre mi hombro.
-Sígueme- dijo con voz tenebrosa.
No sé por qué razón lo hice, quizás porque no me quedaba otra alternativa. Me condujo en medio de las tinieblas de la noche hacia una iglesia. Jamás había visto ese edificio, pese al lugar en el que se hallaba, parecía moderno. Lo comparé con las ropas de antigualla que llevaba y nunca lo hubiera imaginado oficiando una misa o un ritual en un lugar como aquel.
Pronto descubrí que no estaba solo. Ella salió de la penumbra. Se trataba de una chica muy joven que parecía estar esperándolo. Llevaba una bola de cristal que brillaba con tal intensidad que me cegó los ojos.
-Bienvenido, maestro- dijo la muchacha.
Entramos dentro y pude observar infinidad de crucifijos. La oscuridad se había disipado, pues la bola cada vez brillaba con más fuerza, resplandecía y eso hacía que las imágenes de su interior cobrasen vida.
-Debo irme, me esperan en casa- les dije, asustada.
La puerta se cerró de golpe y el cura empezó a hablar:
-Te dejaremos marchar con una condición- y caminó seguro hacia un altar lleno de velas apagadas-. Aquí hay cien velas que tendrás que encender en un minuto, si no lo consigues, morirás.
-Eso es imposible- les dije, asustada.
La joven me dio una cajita de cerillas y de pronto las luces, que iluminaban la sala, se apagaron…
-Tu tiempo empieza ya- me dijo la muchacha y corrí hacia el altar.
Encendí las velas que pude. Sabía que era imposible pero debía intentarlo. No lo conseguí.
-Has fallado, pagarás con tu vida- dijo el sacerdote con una voz ronca.
Sacó un cuchillo de entre su sotana e hizo primero un corte en mi brazo, quise huir pero, a continuación, lo clavó en mi corazón.
Desperté de un sobresalto. No podía creerlo. ¿Había sido un sueño? Era tan real… Observé mi brazo y vi el corte del que aun caían gotas de sangre.

Cris

 

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El misterio del bosque

Una noche tenebrosa y fría, Carlos, un hombre desolado por la muerte de su mujer, cogió su querida moto Ella, y juntos recorrieron un largo camino entre las oscuras y vacías sendas de las montañas más cercanas a su casa, donde solía ir con su mujer.
De repente, su moto se paró y no hubo manera de arreglarla, así que la escondió entre dos arbustos, y siguió su camino a pie. Asustado y desorientado por la situación, empezó a correr a través del bosque que le rodeaba. Repentinamente, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Minutos después, abrió los ojos y vio una gran esfera que relumbraba el camino, sobre una misteriosa caja.
Se acercó sigilosamente y se colocó delante de aquella extraña cosa. Inesperadamente, apareció una mujer con un físico peculiar. Carlos sintió un ligero escalofrío que recorrió su cuerpo de arriba abajo. Esta mujer, resultó ser una hechicera. En el interior de la bola mágica, surgió una luz, que reflejaba el rostro de su fallecida mujer, diciendo que estaba en peligro, y debía huir de aquel amenazador lugar. De manera que Carlos, atemorizado por lo ocurrido, intentó salir corriendo, pero algo se lo impedía.
De pronto el resplandor se apagó y comenzó a escuchar voces que le resultaban familiares. Se dio cuenta de que se hallaba en una escalofriante iglesia, con extraños cuadros colgados en los muros. Los cuadros estaban pintados con sangre humana y manifestaban imágenes de muerte que representaban personas yacentes pero, que en otro tiempo, habían estado vivas. No podía entenderlo.
Entonces, una mano fría se posó sobre su hombre. Se dio la vuelta y vio a su mujer. Esta le miro tan apenada, que Carlos sintió que iba a desfallecer. Le dijo que no debería haber ido nunca a aquel bosque y que aquella mujer que lo había conducido hasta la iglesia en realidad era una bruja, una despiadada bruja que mataba a todo aquél que descubría la asombrosa bola de cristal. En ese momento, Carlos supo que él era una víctima más y que estaba muerto, pero a él no le importó. Se sentía feliz, feliz de haberse reencontrado con su amada esposa, el único ser que podía devolverlo a la vida.
Cristina

 

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Era de noche y yo volvía a todo trapo a aquella iglesia en la que había escuchado unos extraños ruidos de catatumba. Quería recuperar un objeto que había perdido –bendita torpeza-, y comprobar que paso si los sonidos persistían. A pesar de mi gran habilidad para la indiferencia, era difícil, no sentirse, como mínimo, algo espantado.
Cómo llegué a ese lugar en primera instancia ya es otra historia de la que, obviamente, me arrepentí a posteriori. El caso es que estaba ahí, que había vuelto y que no deseaba otra cosa que largarme cuanto antes. Dado que ese día la moto le correspondía a mi hermano, mi único posible medio de huida era una vieja bici verde oxidada- cuya marca era “La bruja”-, algo no muy reconfortante dada la situación. Pues bien, cuando fui a por ella de vuelta, me encontré con que tenía una cadena atada a la rueda delantera, motivo por el cual quedaba inservible. Definitivamente, era el momento de hacer gala de mi magnífico y admirable físico –cultivado a base de muchas horas de zapping en el sillón de mi casa y de una ingesta de pizza abrumadora y casi incesante- y echar a correr.
Pero, cuando tus amigos son lo que popularmente se conoce como “unos cabrones”, uno no puede evitar plantearse que hayan sido ellos quienes anden detrás de cualquier traspiés que pueda sucederle a uno. Yo lo tenía clarísimo, porque conocía de primera mano de qué pasta estaban hechos.
No obstante y antes de emprender mi imperativa carrera, mi corazón se aceleró y dio un vuelco al vislumbrar una silueta, aparentemente humana, situada justo detrás de mí y de la que procedían unos sollozos desapacibles, incluso, a mí al menos me lo parecieron en ese momento, fantasmagóricos.
Fue entonces, cuando estaba a punto del colapso, cuando pude distinguir con precisión de quién era la silueta. Se trataba de mi inquebrantable amigo Pepe –el hijo del carnicero- , maestro en toda clase de ardides y pesadas bromas. Y lo comprendí todo. Comprendí que me la habían gastado gorda, y que pensaron que sería una gran idea jugármela y más si la jugarreta se desarrollaba la noche de las brujas.
Serán cabrones…
Y esto es todo, una historia urdida que acaba tan súbitamente como había empezado, escrita de mi puño y letra, en una noche oscura y tenebrosa, en la que un amigo salía corriendo detrás de otro, llamado Pepe, quién corría y corría, como alma que se lleva el diablo.

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Era una noche de Noviembre, teníamos mucho frío, porque era la primera vez que refrescaba tanto y nos cogió desprevenidas, ya que Laura y yo, sólo llevábamos una camiseta de manga corta y unos vaqueros algo desgastados. Por suerte, Laura encontró en su moto dos chaquetas bastante finas, pero abrigaban lo suficiente para llegar a casa y no estar resfriadas al día siguiente.
Nos dirigíamos hacia la moto cuando, de pronto, empezó a llover sin intención de parar, miramos a nuestro alrededor pero, por desgracia, no encontramos ningún techo bajo el cual resguardarnos.
De repente, Laura empezó a correr, en dirección a una iglesia cercana, y me dijo que la siguiera. Casi sin aliento llegamos y, cuando nos encontramos frente a la puerta, Laura llamó. La enorme puerta se abrió sola, lo que me pareció muy extraño además, por si fuera poco, se oyó un agudo sonido proveniente del interior. Estábamos empapadas así que decidimos entrar y, en cuanto lo hicimos, la puerta se cerró detrás de nosotras.
Estaba todo tan oscuro que no conseguí ver nada, ni siquiera a mi propia amiga, aun así observé una luz parpadeante al fondo del largo pasillo que conducía al altar.
Reconozco que tenía miedo, pero mi instinto me decía que debía continuar y dirigirme hacia la luz. A medida que avanzaba, veía sombras y escuchaba ruidos muy extraños, quise gritar, pero el pánico me atenazó.
Cuando llegué, allí estaba también mi amiga. De inmediato, todo se iluminó con una luz azul parpadeante y ambas nos vimos rodeadas de espíritus flotantes, cuyas manos heladas intentaban tocarnos el rostro. El monótono eco de sus voces se colaba en nuestro cerebro e intuimos lo que sucedía. Pretendían hipnotizarnos.
Suerte que Laura me cogió de la mano a tiempo, y salimos corriendo de aquella siniestra iglesia. Ya no nos importó la lluvia, cogimos la moto de Laura y ésta aceleró para llegar lo más pronto posible a nuestras respectivas casas, sanas y salvas.
Tuvimos insomnios durante un par de semanas, pero al fin y al cabo todo quedó en un tremendo susto.

María

 

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Halloween

Estaba subido en mi Harley por un camino por el que nunca había ido. Era un bosque por el que no pasaban muchos coches. Debían de ser las tantas de la noche y estaba todo tan oscuro que apenas veía más allá de los faros de mi moto.
Me empezaba a sentir incómodo en aquella carretera; notaba que había alguien más. Miraba insistentemente a mi alrededor y no veía a nadie.
Las luces empezaron a parpadear cuando vi a una mujer toda vestida de negro, con una especia de túnica que le cubría la cabeza. Me llamó la atención su larga melena negra y rizaba que resaltaba aun más su piel pálida. Estaba justo delante de mi moto y había salido de la nada. El susto fue tan tremendo, que perdí el control y caí fuera de la calzada.
Al despertarme, noté como la sangre se deslizaba por mi cara. La joven que había visto ya no estaba pero aún así notaba una presencia cerca de mí, observándome, por lo que me adentré en el bosque, huyendo de algo que ni podía ver.
Después de estar un rato deambulando por el espeso bosque, encontré una capilla abandonada y entré para refugiarme; pero, incluso allí noté esa presencia extraña. Pronto empecé a oír una voz muy débil al fondo y, cuando me giré en esa dirección, la puerta se cerró de golpe.
La voz era de una mujer, por lo que supuse que era la joven de la carretera. Estaba recitando una especie de nana; la intuía, pero allí no había nadie. ¿Me estaba volviendo loco?
No conseguía abrir la puerta, por lo que decidí coger un viejo tablón de madera que había en el suelo para tratar de defenderme. Aquella voz era una letanía que cada vez se escuchaba más y más fuerte.
Me giré y vi a la mujer a mi lado, señalando hacia el altar, me volví temblando del miedo y noté un intenso dolor en mi espalda hasta que caí desplomado al suelo.
Me desperté tres semanas más tarde en el Hospital de Santa Clara con una cicatriz en forma de cruz en cada palma de la mano.
Al parecer un pastor me encontró gravemente herido y me llevó al hospital. Nadie entendía cómo había llegado hasta esa vieja capilla ni qué me ocurrió.
Yo no iba a contar mi historia, porque sabía que nadie me creería, pero supongo que el que todo hubiese ocurrido en la noche de Halloween no es pura casualidad.

Andrea

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Cuenta una leyenda que hace muchos años, a las afueras de Gandía, vivía una chica un poco extraña. Era muy blanca de piel y tenía los ojos claros, tan claros como el agua. Siempre vestía túnicas de colores oscuros, lo que hacía que resaltase todavía la palidez de su piel. A veces la veían en un rincón de su casa con una bola de cristal entre las manos y todos creían que estaba un poco loca.
La casa donde vivía era un edificio altísimo que habían demolido tiempo atrás y donde se decía había ocurrido un terrible asesinato. La gente del pueblo contaba que en garaje había una moto negra, que había pertenecido a su anterior dueño, y que, todavía se escuchaba por la noche el ruido del motor. Era todo muy extraño e inquietante y las viejas del pueblo siempre estaban inventándose historias terroríficas y, en medio de esas historias, siempre situaban a aquella chica.
Sin embargo, cuando llegó al instituto, se hizo amigos muy pronto y, durante las horas del día, siempre estaba rodeada de amigas que la consideraban una más… Todas, desde luego, menos Esther.
Esther la miraba con mala cara y escrudiñaba todas y cada de sus acciones, en un intento de desprestigiarla, quería que le echasen a ella siempre la culpa. Esa tarde, al llegar a casa, la joven se encontró la moto aparcada en la puerta y decidió entrarla en el garaje. Al día siguiente, por la mañana, la cogió para ir al instituto. Poco o nada le importaba a ella de dónde procedía la moto, lo que sí le importaba era que ahora era suya. En cuanto la vio Esther se le mudó el rostro y se puso roja de ira. Se moría de vergüenza porque ella jamás podría tener una moto como esa. Además, al verla con la moto, todos los chicos la rodearon, convirtiéndola una vez más en el centro de atención. Todos querían saber de dónde había salido la moto y, aunque ella no lo sabía, se inventaba las mil y una historias para captar la atención de los populares y sentirse reconocida y protegida.
Tocó el timbre y eso significaba que las clases se daban por concluidas. Entonces, Esther sintió miedo, un miedo irracional, porque la chica la seguía con la moto. Todos sus miedos se arremolinaban a su alrededor. Estaba casi paralizada. Lo curioso fue lo que sucedió a continuación. En cuanto llegó a su altura, la chica se adelantó y con determinación le tendió las llaves de la moto. Esther iba a hablar pero, cuando levantó la cara, arrepentida por su comportamiento, allí no había nadie.
Nunca se supo nada de la joven y, aunque su capucha apareció colgada en el vestíbulo del gran edificio, nadie osó tocarla. Y, aunque no lo creáis allí sigue colgada; una capa de seda negra, llena de polvo, sin lustre ya, pero que conserva aún el calor de la vida.

 

Sueños inesperados

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Todo comenzó la mañana anterior a Hallowen.
Ese día me desperté temprano con la ilusión de ayudar a mi madre a hacer todos los preparativos para la gran fiesta. Todavía me sentía algo somnolienta cuando me dirigí al baño, como hago todos los días, pero lo que yo ignoraba era que ese día sería diferente.
Las luces comenzaron a desprender aureolas rojas descontroladas. De repente me pareció ver a una chica con una bola de cristal. Tenía la cara deformada por unos cortes que le cubrían todo el rostro. Estaba aterrada, y ese pavor se acentuó porque la puerta se cerró de pronto.
Entonces me senté en el suelo y comencé a agarrarme las piernas, mientras lloraba y gritaba, como si estuviese viendo un fantasma. Menos mal que apareció madre y, de un empujón, abrió la puerta.
Me levante con rapidez y corrí hacia ella para darle un fuerte abrazo. Ella me preguntó que por qué me había encerrado yo sola en el lavabo. Le dije que yo no había hecho nada, que la puerta se había cerrado sola, pero ella no me creyó.
Decidí ir a mi habitación para descansar un poco, porque no podía creerme lo que había visto, incluso todavía tenía miedo de ir al lavabo. Eso era una tontería, además todos sabemos que al baño es necesario ir todos los días.
Entonces pensé que todo había sido una mala pasada y, al final, conseguí dormirme. No obstante, durante el rato que estuve dormida tuve pesadillas. Soñé que estaba pasando por una de las calles más terroríficas de mi localidad: La calle Dragón. Esa calle se había hecho famosa por lo que había pasado allí tiempo atrás y todo el mundo la evitaba.
¿Lo que pasó? Allí ocurrió una gran desgracia: una chica joven de unos 20 años murió a consecuencia de una pócima que había creado y que le cayó encima, quemándola totalmente.
Me desperté de golpe y pese a sentirme aterrada decidí ir a la calle que había aparecido en mis sueños de forma tan insistente. Era como si alguien o algo me llamase, una obsesión de la que no podía desprenderme y que me despertaba muchas veces a media noche. Ya era hora de que me enfrentase a mi destino.
Y cuando al fin llegué pude verlos con claridad. Allí estaban aquellos dragones, los mismos que estaban situados enfrente de la terrorífica casa donde supuestamente había vivido aquella chica.
Y allí estaba también: aquella extraña bola de cristal. Empezó a rodar y yo, impelida por no sé qué extraña fuerza, la seguí hasta la casa. A continuación, entré. Todo estaba negro y quemado, como si el tiempo se hubiese detenido. De pronto ocurrió: aquella mano fría en mi hombro, aquel olor característico que hasta notaba en sueños. Ante mí se hallaba la bruja de la bola de cristal.
No sé lo que pasó a continuación. No puedo saberlo, porque es como si el tiempo se hubiese detenido. Solo sé que estaré siempre a su lado, porque estoy muerta y se supone que nosotros no tenemos ya conciencia de lo que hemos vivido o soñado y somos incapaces de encontrar el camino de vuelta ¿o tal vez, no?
Adriana

 


El sendero de la verdad

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Tenía miedo. Todo estaba oscuro. Miles de lágrimas caían de mis ojos. Oía sirenas de ambulancia y coches de policía. Escuchaba voces de gente misteriosa repitiendo una y otra vez que no había esperanza. Llovía a cántaros y el suelo temblaba cada vez que escuchaba un trueno.
Me hallaba en el sótano. Estaba acurrucada en un rincón enmohecido cubierto de un espantoso olor a humedad. Mi cuerpo entero temblaba sin cesar. Estaba rodeada y cubierta de un líquido espeso. Sangre. La pierna me dolía y me escocía como si me estuvieran clavando miles de cuchillos afilados. No podía moverme. Me di cuenta entonces de que me habían disparado.
Entre las cajas que se hallaban diseminadas por la habitación divise un objeto brillante. Intenté desplazarme a rastras hasta el objeto. Avanzaba lentamente, con dificultad. Quería gritar pero mi garganta solo emitía un débil jadeo. Me encontraba ahora a escasa distancia de mi objeto. Alargué mi brazo derecho con todas mis fuerzas hasta que pude cogerlo. Era una pistola. Sabía con seguridad que se trataba del arma con la que habían disparado a mis padres y me habían herido a mí. Tenía pues ante mí, el arma homicida. Examiné detenidamente la pistola que sostenía con mis manos. No tenía balas.
Fue justo en ese momento cuando escuché golpes procedentes de una de las ventanas, situada en el jardín trasero y que era la que estaba más cercana a mí. Me estremecí. De pronto el cristal cedió en mil pedazos. Un hombre con la cara cubierta con un pasamontañas atravesó la ventana hecha añicos y se dirigió hacia donde yo me hallaba empuñando un revólver.
-No haré daño a nadie más, si me la das; en cambio, si no me la das… te mataré a ti y a toda tu familia- me dijo, agudizando la dureza de su voz, ya de por sí, fría, inexpresiva.
-¡No tengo familia, idiota! Tú has acabado destruyéndola- le susurré con voz ronca, mientras mis ojos no paraban de producir lágrimas cada vez más amargas.
-Pues en ese caso- me contestó despreocupado, mientras cargaba su arma- acabaré contigo y con todos tus amigos y conocidos y si no tienes… pues… morirás sola.
La furia me quemaba por dentro. ¡Qué fácil era chantajear cuando tienes un arma a tu disposición!
Sabía perfectamente que las palabras de ese hombre no eran irónicas. Él era capaz de acabar con la vida de tantas personas como quisiera, ya lo había demostrado matando a mis padres.
-No te lo repetiré más, niñata; dame eso o disparo- me amenazó.
En ese instante, un policía abrió la puerta del sótano.
-¡Alto!- gritó el policía- Suelte el arma- continuó.
Desobedeciendo las órdenes del policía, el hombre salió corriendo.
El guarda pidió refuerzos, pero ya era demasiado tarde: el asesino –como la niebla- se había desvanecido.
Me curaron la pierna y me llevaron a la comisaría. Desde allí me enviaron a un orfanato situado a las afueras de la ciudad.
Esta mañana he cogido el periódico. Mientras hojeaba las noticias del día, un titular llamó mi atención:
“Después de dos años, se cierra la investigación del asesinato de Marcos Navarro y Ana Rodríguez por falta de pruebas”.
Lo arrugué, con todas mis fuerzas. Luego pensé que nadie podía hacer nada más. El asesino se había esfumado y se había llevado con él, la vida de mis padres. ¿Por qué? Nadie, ni siquiera yo misma, sabía la respuesta y estaba segura de que nunca lo descubriría. Ni siquiera tenía un móvil, el motivo que provocó la refriega y la muerte de mis progenitores. ¿Qué quería de ellos? Las preguntas se colgaban a mi boca como mordazas, impidiéndome respirar y sin dejar ningún resquicio que me mostrase el “sendero de la verdad”.
Miré por la venta. Observé a las familias que se paseaban por la calle y un halo de nostalgia me invadió. Me imaginé a mí misma, paseando junto a mis padres, por las calles de la ciudad y mientras seguía observando a los peatones y las gotas de lluvia mojaban mi rostro, cerré los ojos y me sumergí en los recuerdos de un pasado que quizá pronto pudiesen desentumecerse y regresar a través del túnel del tiempo.

Raquel

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Un desierto de sorpresas
Una noche fría y oscura Antonio y Lucrecia atravesaban el desierto en busca de el remedio que aliviase sus penas. Desesperados recorrían el sendero en moto con la apremiante esperanza de poder lograrlo, sabían que habían hecho un largo viaje y que ahora no podían perder la fe. Un año después de la muerte de su hijo en aquel incendio, unas amistades les habían dicho que, en lo más recóndito del desierto, vivía una tribu capaz de convocar a los espíritus. Llegaron a una cabaña mugrienta y les contaron sus penas a aquellos seres que parecían salidos de ultratumba.
De pronto el que parecía el jefe salió del interior de la cabaña y con un simple silbido hizo que apareciera toda la tribu y, después de escucharlos, decidió preparar el ritual.
La pareja pensaba que si convocaban a los espíritus podrían comunicarse con su hijo, ese era su único anhelo, escuchar su voz y saber lo que había sucedido exactamente, sin embargo, no todo era lo que parecía. Kashawi, el jefe indú solía convocar a unas perversas brujas que se encargaban de torturar a los muertos, hasta que los convertían en polvo. Mediante ese polvo las brujas se alimentaban y se volvían más fuertes, más terroríficas y malvadas.
Mientras la más anciana los escuchaba, ellos pensaban que se hallaban ante un ángel, nada en sus gestos o mirada, hacía pensar otra cosa. En realidad, lo que ella buscaba era conseguir la información para poder buscarlo en el Más allá. En cuanto averiguaron sus intenciones, salieron huyendo.
Muchos fueron los kilómetros que recorrieron con la moto como única compañera, un mudo testigo de su desgracia. Finalmente el trayecto los condujo a aquella aldea cristiana.
Ver a aquellas personas normales. Cada una de ellas podía contarles una historia desgraciada, en cada uno de aquellos ojos se palpaba el terror que sentían por las brujas. En su mundo habitual convivían con muchas familias y ellos eran conscientes de que ninguna de ellas daría crédito a su historia, pero allí todo era diferente. Se contaban historias pavorosas y se hablaba de familiares fallecidos que se habían convertido en polvo. La única manera de deshacer los maleficios era mediante rezos. Zuhaila, la sacerdotisa madre, iniciaba una letanía de rezos y el resto de los asistentes la seguía en ese último intento desesperado pero fehaciente de salvar las almas de los difuntos.
La gran sacerdotisa logró librar a todos del mal, ya que las brujas solo podían vencerlos con la virginidad de las palabras cristianas, transparentes y tan puras como habían sido las almas de los difuntos condenados. El único consejo que se les daba a las víctimas era que creyesen fervientemente en la posibilidad de recuperar a sus hijos.
Antonio y Lucrecia decidieron recuperar el tiempo perdido. Rezaban día a día para vencer la máscara de la vieja bruja con el deseo de recuperar el alma de su hijo y todavía hoy continúan sus letanías sin perder su fe inquebrantable, la fe de sentir el vuelo de un pájaro, un alma libre e inocente que merece ser libre e iniciar el camino de retorno a la vida.

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Un Halloween, ¿sin miedo?

Lo que me dispongo a contar es una historia que sucedió de verdad, o quizá no. Probablemente, sea, como otros muchos, un relato que sencillamente cuenta algo que podría pasar en un futuro. Eso no me preocupa, lo dejo al alcance del lector...

Como muchos otros años, iba tan feliz y despreocupado el día de Halloween. Siempre he creído y ciertamente sabido que este festejo es una burda estratagema comercial para vender dulces y demás productos, además de una mera pantomima que, sin pecar de ser paradójico, hay que dar mucha importancia. Sinceramente, siempre he creído en los espíritus, y no me refiero a los fantasmas ni a los duendes, sino a los espíritus de verdad. Una de las otras razones por las que no celebro esto (aparte de la antes mencionada), es que se basa en una patética tradición que, sin querer ser contradictorio una vez más, no es ni de lejos patética. La noche siempre se iniciaba porque muchas personas hacían rituales con animales, e incluso, con niños, para que los espíritus (juzguen ustedes si eran diabólicos o no), concedieran deseos a las personas que participaban en dichos ritos. Acabado de decir esto, comenzaré con lo verdaderamente importante, la historia:

Como ya he dicho, era día de Halloween, y como sabemos, el mundo del espiritismo está muy presente en la actualidad, y todavía más en Halloween. Yo me dirigí al bosque para pasear un rato. Mientras deambulaba tan tranquilo, descubrí en un claro del bosque a un puñado de hombres y mujeres.

Enseguida me percaté que de allí se hallaba el gran adivino, Sandro Rey y comprendí que esas personas eran espiritistas. Habían preparado una estrella de cinco puntas (símbolo satánico donde los haya) dentro de un círculo formado por cirios encendidos. Sin tiempo para pensar que hacer, vi un espectáculo horripilante ante mis ojos. Los espiritistas comenzaron a gritar y a hacer danzas sádicas, golpeándose y cortándose, y dejando brotar sangre de sus cuerpos. Empezaron a chillar con voz agresiva nombres como Satanás, Belcebú y Lucifer. Acto seguido, con un rayo espectral, aparecieron ante mí sombras que intentaron atacarme.

Algo pasó a continuación: un ente luminoso, que irradiaba bondad y tranquilidad, salió de la nada y se enfrento a esos espíritus malignos, hasta que consiguió expulsarlos. Volvía a casa, aún conmocionado por lo sucedido; sin embargo, en cuanto me metí en la cama, me quedé profundamente dormido.

Terminado el día de Halloween, me levanté y me dirigí a la cocina. Encima de la cama estaba el periódico. En primera plana, aparecía la noticia de un grupo de espiritistas que habían muerto por causas desconocidas. Fue entonces cuando lo comprendí: con el diablo no se juega. ¿Y quién fue el espíritu que me protegió? Cada cual que opine lo que quiera, lo cierto, es que yo me encomendó desde ese día a él. ¿Un ángel guardián? ¿Un ángel vengador que lucha contra fuerzas demoníacas? ¿Tal vez, un iluso, desconocedor de lo que allí se estaba realizando, pero, salvador donde los haya, de hombres y damiselas en peligro? ¡Quién sabe! Eso se queda en el aire, donde el lector pueda alcanzarlo con las incombustibles alas de la imaginación.

Juan

 

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Un recuerdo fatal
Estaba en la cama y me vino a la mente un recuerdo del que nadie quería acordarse. Una noche nos fuimos al cine mis amigas y yo. Cuando salimos, todas se fueron en coche, menos Marta y yo. Llegamos a su casa y, de pronto, en la esquina se escuchó un grito seguido de un disparo. Fuimos corriendo y Marta se fijó en las sombras que habían dejado atrás a una mujer en el suelo, mientras que yo solo las vi pasar porque fui a socorrer a la mujer. Marta llamó a la policía y, casi de inmediato, se personó en el lugar de los hechos una rara ambulancia, mientras yo estaba taponándole la herida en el costado. Yo no soy médico pero tenía pinta de ser bastante grave e intuí que sería difícil que la mujer saliera con vida del trance.
Marta se quedó intrigada porque una de las sombras le resultaba familiar, como si la hubiera visto otras veces. Sin darnos cuenta nos habíamos involucrado en un caso bastante grave, incluso nosotras mismas éramos sospechosas de intento de homicidio.
Yo me asusté un poco porque, cuando volvía del hospital de visitar a la mujer, empecé a sentirme observada y, al darme la vuelta, me di cuenta de que alguien me seguía. Primero estaba bastante lejos, pero después me pisaba los talones. Hice como si tuviera prisa, giré en una esquina y eché a correr hasta llegar a mi casa. Una vez dentro, mandé unos cuantos mensajes a Marte hasta que me llamó y me contó que a ella le había pasado lo mismo que a mí. Fue un poco extraño porque el que me perseguía era la misma persona que perseguía a Marta.
Pensé en contárselo a mis padres pero estuve hablando con Marta y la decisión que tomamos fue que sería mejor ir a la comisaria y contarles tanto lo que sabíamos como lo que nos había pasado, sin embargo, no nos creyeron, creyeron que estábamos un poco chifladas y que nos habíamos inventado toda la historia para llamar la atención. Decidimos pues volver a casa y decirles a nuestros padres lo que nos había sucedido.
Puesto que teníamos miedo decidimos tomar el autobús sin saber que esa sería la peor decisión que podíamos tomar porque el hombre que nos había seguido el día anterior se encontraba allí en el mismo autobús que nosotras. Yo no lo vi, fue Marta quien se dio cuenta porque se fijó en un hombre que no paraba de mirarla.
Lo cierto es que ella últimamente estaba muy extraña y no quería saber nada de nadie. Yo le decía que lo que me contaba no tenía ni pies ni cabeza pero ella no cesaba de decir que unas sombras la seguían y que, por ese motivo, le había pedido a su madre que la cambiase de instituto.
Se habían trasladado pero también allí le sucedía lo mismo. Recapacité sobre su situación y, al día siguiente, mientras notaba esas presencias extrañas, las miré con atención. Observé a cada una de ellas con la intención de averiguar a quién pertenecían, incluso volví a hablar con mi amiga. Le pregunté sin rodeos si había vuelto a ver la sobra que la perseguía, si todavía la sentía presente.
Ella calló, pero días más tarde, la oí susurrar “la sombra, la sombra”. Enseguida miré al suelo detenidamente y entonces me di cuenta de que el profesor había abierto la puerta del aula. Fue muy extraño porque la sombra que se encontraba fuera de clase era la misma que nos había perseguido durante todo ese tiempo. Antes de que el profesor cerrase la puerta ya se había marchado, sin embargo, lo realmente increíble era que no era la única, porque detrás de esa sombra se distinguían otras.
Me obsesionó la idea, pero, como Marta finalmente volvió a cambiarse de instituto y poco a poco volvió a ser la misma, yo también intenté zanjar el asunto y enterrar lo sucedido.
No obstante, esas sombras jamás desaparecerán de mi retina, eran tan extrañas que no he podido olvidarlas, aún están ahí, en mis pesadillas. Lo único que sé es que el caso no se resolvió y que, al cambiarse mi amiga de instituto, ya no volví a verlas. De lo que sí estoy segura, es de que detrás de esas sombras estaban los hombres que habían intentado matar a esa mujer de la que nunca volví a saber nada.
Patricia, 2º ESO.

 

Un sueño sin retorno

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Quién diría que de repente un niño de un sueño no despertaría.
Bueno, pues todo empezó cuando tenía 3 años. Era un niño muy listo para su edad y le gustaba hacer garabatos en una hoja, aunque nadie entendiera los dibujos, estos tenían un significado.
Con el paso del tiempo sus dibujos se volvieron más nítidos y, a la vez, extraños. La diferencia eran las alas, siempre les colocaba unas alas en la espalda y algunas eran preciosas; otras, todo lo contrario.
Un día, su madre recibió una llamada del colegio de su hijo; la profesora, cuando habló por teléfono con la madre le recomendó que llevase un psicólogo porque los dibujos no eran normales. La madre decidió hacerle caso y se presentó, acompañada de un amigo suyo que era psicólogo. Este le hizo muchas preguntas al chaval que demostraron que el niño estaba bien.
Sus padres le preguntaron:
-¿Por qué dibujas alas en tus dibujos?
A lo que el niño respondió:
-Porque hay personas que las tienen.
Sus padres decidieron dejar el tema.
El niño se pasaba parte de las noches en vela. No podía dormir, se preguntaba por qué nadie más era capaz de ver alas en las personas, eran alas similares a las de las aves.
Un día, en el parque se acercó una niña de aproximadamente su edad con esas extrañas y hermosas alas y le preguntó:
-¿Por qué tienes alas?
Ella le contestó:
-Yo soy un ángel y tú tienes un don, el don de reconocernos. Nadie más puede vernos.
Aquella noche el niño empezó a encajar las piezas y a resolver sus dudas. Durante los próximos días fue al parque en busca de esa bella niña, para poder seguir preguntándole dudas, pero no la volvió a ver. De vuelta a casa se encontró con dos niños que llevaban esas horribles alas oscuras; él, sin saber a qué se enfrentaba, se acercó a ellos. Estaban jugando con un balón. Les preguntó:
-Hola, ¿puedo jugar?
Ellos se miraron y sonrieron de una forma malévola y luego le contestaron:
-Sí.
Los niños jugaron con él. Mientras estaban jugando se presentó un hombre aterrador, quien, en un extraño idioma, los llamó y, cuando los niños se fueron, el hombre se le quedó mirando al niño. Era una mirada dura y penetrante, capaz de traspasar el alma.
El niño cayó al suelo como si se hubiera desmayado y entró en coma y esta es la pregunta que se hacen todos, la que tanto angustia y a todos tiene en vilo, una pregunta que sigue lanzándose al aire y que espera su cálida respuesta: ¿cuándo despertará?
Alba  1º ESO

 

Un susto de muerte

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Me llamo Pablo y tengo 24 años. Os voy a contar una historia que me sucedió a mí hace unos 5 años, cuando yo tenía 19 años.
Acababa de llegar a la universidad. Estaba muy nervioso porque no conocía a nadie y allí había muchísima gente. Me sentía cohibido y desorientado. Mi mejor amigo se llamaba BlanKei, un nombre un poco raro, aunque eso no me importaba. También me hice muy amigo de Luna. Me lo pasaba genial con ellos.
Los conocí el 3 de enero del 2006. Lo sé, aún no habían empezado las clases, pero fui para ver la universidad. Estaba yendo hacia clase de filosofía cuando me tropecé con una chica guapísima. Era rubia, con los ojos azules y una mirada encantadora, capaz de hechizar a cualquiera. Estuvimos hablando un rato y fuimos a dar una vuelta por la universidad. Fue entonces cuando vimos a un chico alto, moreno, con ojos del color de la coca-cola. Nos pusimos a hablar y decidimos ir a dar una vuelta por Valencia. Los tres hicimos muy buenas migas.
Cuando empezaron las clases, no noté el temible cambio a la Universidad. La verdad es que estaba bien preparado. Todo me iba muy bien: los estudios, los amigos, la familia. Hasta el 16 de marzo. Ese día llegó un chico nuevo a clase. Se llamaba Vicente. Era sucio, mal educado y pesado. No tenía amigos y cuando los conseguía, los utilizaba.
Nosotros tres (Blankei, Luna y yo) pasábamos totalmente de él. No queríamos tener problemas. Pero parecía que la suerte se nos iba acabando y no parábamos de tener problemas con él. Yo opté por chivarme -creedme, no lo hubiera hecho si lo hubiera sabido-. Vicente juró que nos pasaría algo malo, muy malo. Yo pensaba que iba de broma, pero… ¡Qué va! Iba en serio.
Un día, de pronto, mis mejores amigos dejaron de venir a clase y Vicente, también. Era muy raro. No me habían dicho nada. Fui a sus casas y sus padres, asustados, me dijeron que no sabían nada de ellos, que hacía días que no los veían.
Me fui corriendo a llorar a mi habitación, pero pronto pensé:
-¡Qué tonto soy! Mis amigos están sufriendo y yo soy tan buen amigo… que no voy en su ayuda. Ellos son mi vida y nunca, repito NUNCA, me daré por vencido hasta que los encuentre sanos y salvos.
Así que salí corriendo de mi habitación sin dar explicaciones a nadie y fui en busca de pistas. Me encontré, al salir de mi casa, un sobre que ponía:
-Ahora dormidos están en la habitación, pero dentro de tres horas lo estarán para siempre.
Enseguida pensé que estarían en el hotel sucio y viejo de la calle 23. Así que fui corriendo en esa dirección pero, cuando llegué, me di cuenta de que había 379 habitaciones y no me daría tiempo de registrarlas todas. Pensé en el número 163 por el 16 de marzo (el tercer mes). Pero allí no había nadie. Fue entonces cuando pensé que estarían en la número 316, ya que el 3 del 1 del 6 fue el día que los conocí. La puerta estaba cerrada y parecía que había algo que la obstruía. Un armario, pensé.
Me puse a llorar, pero los pañuelos y los puñetazos que daba a la puerta, no me consolaban. Así que decidí armarme de valor y con todas mis fuerzas, tumbé la puerta. Vicente llevaba un cuchillo en la mano y se disponía a clavárselo a Laura. Pero yo salté sobre él y se lo quité. Cuando ya me disponía a pegarle, oí:
-Corten, corten. Pablo, ¿qué haces?
-¡Salvaros!- Contesté yo, furioso.
-¡Te dije que me las pagarías!-dijo Vicente.
-Me habéis dado un susto de muerte. Menos mal que estáis bien- contesté yo aliviado.

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Pesadilla
Todo empezó una mañana de Halloween. Estaba muy tranquilo observando desde la ventana del Instituto el paisaje, no sabía el porqué pero esa mañana me sentía muy cansado, por eso, en cuanto terminaron las clases, me fui a casa. Ese día no tenía ánimos para irme con los amigos, como hacía muchos días.
Pasé por delante de un cementerio, pero no me acerqué a ninguna tumba para ofrecer mis respetos a los muertos, porque nunca había sentido ese fervor que por los ancestros mostraban otras personas. Casi había llegado cuando algo extraño me detuvo. Observé desde lejos una Harley Davidson y a la persona que estaba sentada., no obstante, no le di ninguna importancia a su insistente mirada. Cuando la moto pasó cerca de mí, me miró y, aunque desapareció en la niebla, su intensa mirada de odio, me inquietó. Supe que lo esa persona sentía en lo más recóndito de su alma y me quedé helado, conmocionado, como si el tiempo se hubiese detenido ante esa mueca tétrica. La figura que desdibujó la niebla llevaba unas vestimentas oscuras y por eso me chocó aquellas manchas de sangre que cualquiera hubiera confundido con una piel desgarrada y en carne viva.
Recobré la cordura y los sentidos y me dirigí a casa. Me extraño no ver a nadie, la oscuridad parecía haberse adueñado de las paredes, la cómoda estilo Luis XVI o los sillones vivos y multicolores. Llamé a mis padres y, al no escuchar respuesta alguna, me dirigí a su habitación sin poder imaginarme el horror que me esperaba. Allí estaban, sin un aliento de vida. Descubrí que mi madre estaba descuartizada de pies a cabeza y que a mi padre le habían desgarrado las extremidades inferiores. Su cuerpo formaba una palabra: “Loco”.
Enseguida salí de casa, desesperado, y me dirigí al negocio de mi hermana que trabajaba de médium; tal vez su bola de cristal adivinatoria pudiera desvelarme lo sucedido. Era muy tarde, pero ella no se habría marchado aún, ya que su consulta se llenaba y mucho más una noche como aquella.
Y allí estaba, imperturbable en apariencia, cubierta con su capucha negra y ese hálito que tanto impresionaba a algunos de los incautos que se dirigían a su tienda. La verdad es que ella se tomaba muy en serio su trabajo, pero yo consideraba patrañas sus alucinaciones. El olor a incienso que la rodeaba, estuvo a punto de marearme una vez más, pero intenté reponerme ya que necesitaba su ayuda. Sus palabras, lanzadas como dardos, me confirmaron que sabía lo que pasaba.
-Nuestros padres han muerto, lo sé. Lo pude ver en la bola de cristal, pero era demasiado tarde ya y no pude evitarlo, lo siento. Es una terrible desgracia.
Muy triste, la abracé y comencé a llorar desconsoladamente.
Cuando al fin pude tranquilizarme, le pregunté:
-¿Sabes quién es el asesino?
Ella me miró fijamente y dijo:
-Tú ya conoces al asesino y ten cuidado, porque ahora viene a por ti. Es el hombre que viste en la moto, el de esta mañana.
Quedé inmóvil durante unos segundos, pero, antes de que pudiese replicar nada, añadió:
-Viene a por ti. Huye de este lugar- decía, mientras miraba su bola de crista. Está muy cerca de aquí, yo le entretendré lo que pueda, pero tú, hermanito, huye. ¡¡¡HUYE!!!
No acababa de pronunciar las palabras cuando empezaron a aporrear la puerta. Era él. Me escabullí por la puerta trasera y salí de la tienta, con el corazón a mil por hora. Desesperado y sin saber qué hacer o a dónde dirigirme, volví a casa, pero antes de llegar, topé con una pequeña pared, en la que el asesino había vuelto a escribir aquellos extraños círculos de sangre que, una vez más, formaban la palabra “LOCO”.
No me detuve, aceleré mis pasos y por fin llegué a casa. Y cuál no sería mi desaliento cuando vi los rasgos inconfundibles de su letra y la sangre remarcada por toda la pared. Palabras duras, que confirmaban mis peores pesadillas:
HOY ES HALLOWEEN. TUS PADRES FUERON LOS PRIMEROS EN DESATAR LA FURIA DE LOS MUERTOS Y LO HAN PAGADO CON SU VIDA Y AHORA TÚ, POR NO OFRECERLES TRIBUTO Y RESPETO, CORRERÁS SU MISMA SUERTE.
Cuando acabé de leer la frase, rompí a llorar. Entonces sentí la frialdad de algo cortante que atravesaba mi pecho. Dirigí mi mirada hacia mi esternón y pude ver aquella mano empapada de sangre. Antes de caer al suelo y quedar sin aliento, le vi la cara al asesino, era una cara tan horripilante, que creí que había llegado mi hora.
No sé cuando tiempo estuve inconsciente, en ese duermevela que me hacía delirar inconsistentes pensamientos sin ilación alguna; lo cierto es que desperté y allí estaban ellos, mis padres, muy preocupados. Todo había sido una horrible pesadilla.
Desde ese día, me dirijo al cementerio a diario y ofrezco mis respetos y oraciones a los difuntos. Durante los minutos que estoy rezando, el mundo se paraliza y mi corazón, tan prisionero de las emociones, se detiene. Yo sé que él me observa porque sigue asistiendo mis sueños, porque, cuando llega la mañana, de momento, me libera del peso. Sin embargo, de noche, el rostro horripilante de la noche se acerca a mi cama y susurra con esa voz desproporcionada y helada: “LOCO”.
Arturo

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La historia más aterradora que conozco es la que le sucedió a una niña de 10 años de edad. Todo empezó cuando los padres de la pequeña tuvieron que salir de viaje. A la niña la dejaron con la vecina para que la cuidara y, no contentos con eso, le compraron un perro, para que no se sintiese sola. Ella le dedicaba muchas horas al animal, realmente lo mimaba y cuidaba y, cuando llegaba la noche y se sentía desvalida, sacaba la mano para que el perro se la lamiera. De este modo se sentía acompañada. Pero, la última noche de la semana, la pequeña escuchó un ruido extraño detrás de la puerta de su habitación y tuvo mucho miedo. Sacó la mano una vez más y se sintió reconfortada. Allí estaba su buen amigo, lamiéndole la mano y tranquilizándola. En un momento dado alguien golpeó la puerta con fuerza. La chiquilla encendió la luz y se encontró a su querido animal, su fiel compañero de juegos, muerto en medio de la habitación. Corrió lo más rápido que pudo y se encerró en el baño, mientras lloraba desconsoladamente; allí, en el espejo encontró una nota escrita en sangre que decía: “No sólo los perros lamen”. A la mañana siguiente, la policía confirmó que la sangre del espejo pertenecía al pobre animal, y la pregunta que saltó, como una bofetada, fue: ¿quién había lamido la mano de la niña, si el perro estaba muerto? Dicen que ese fue el inicio de la locura de la niña y que nunca se recuperó.
Hace tan solo un par de años un viejo agricultor volvía a la terminal del ómnibus, después de un largo y cansado día de trabajo. Llovía con fiereza y por eso, la visibilidad del camino era casi nula. Después de unas horas de trayecto, el hombre llegó al primer semáforo. Había recorrido un largo trecho, atravesado zonas rurales y caminos deshabitados y ahora volvía a aparecer las luces de la ciudad. Quería llegar rápido a su casa, así que se saltó el semáforo y siguió. Iba tan absorto en sus pensamientos que no vio a la chica que pasaba por el camino. El coche pasó sobre ella como si de una piedrecita se tratara, lo que provocó que la desesperación se instalara en su rostro. Al ser de noche, la calle estaba vacía y no se divisaba a nadie. El hombre pues intentó continuar, como si nada hubiera sucedido. Mientras seguía su trayecto hacia la terminal, preocupado por su alguien lo había visto, escuchó un sufrido y continuo llanto. “Qué extraño”- pensó- Todas las personas habían bajado antes”. Pero, cuando se dispuso a mirar por el espejo retrovisor, la visión que tuvo lo aterró. La chica, a la que había atropellado, estaba allí en el asiento trasero y lloraba desconsoladamente.

 

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Comentarios Algunas de las redacciones de miedo de otros años.

¡Gracias Mari Carmen por seguir teniendo mi redacción como referente!
Alba Martínez Arribas Alba Martínez Arribas 08/10/2017 a las 20:41

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