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Personajes literarios 2º ESO

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Personajes literarios

El pícaro
-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto, válete por ti.
Anónimo, Lazarillo de Tormes.


El personaje del pícaro y la picaresca han sido característicos de la vida y la cultura española desde hace siglos. El primero de los pícaros se llama Lázaro y es el protagonista de la novela Lazarillo de Tormes. En ella se configura el modelo de este personaje literario.
Lázaro, nacido en una familia de extrema pobreza, abandona su casa siendo un niño ingenuo y, en un mundo duro y cruel, debe aprender a sortear por sí mismo las dificultades que va encontrándose. Se gana la vida trabajando como criado de muchos amos representativos de la sociedad de la época: curas, caballeros, ciegos, alguaciles… De ellos recibirá las enseñanzas que le harán crecer y <>; es decir, casarse y tener un oficio, aunque para ello tenga que trabajar con situaciones de dudosa moralidad.
Continuando el modelo del Lazarillo, se desarrollan otras novelas españolas protagonizadas por pícaros, pero con un tono más amargo y pesimista que su precursora debido a la grave crisis que se vive durante el Siglo de Oro.
Destaca entre ellas Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1599); Vida del Buscón llamado Pablos, de Francisco de Quevedo (1526), Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel (1618); la novela ejemplar <>, de Miguel de Cervantes (1612); y El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara (1641).
En Europa, la influencia de la picaresca llega con obras de escritores ingleses, como La historia de Tom Jones, de Henry Fielding (1749), y La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1759-1767), de Laurence Sterne. En Francia, La novela cómica (1551-1657). De Paul Scarron, y en Alemania, El aventurero Simplicissimus, de H. J. C. Grtimmelshausen (1669) son representativas del género.
La picaresca femenina queda reflejada en España con La pícara Justina, obra anónima atribuida a Francisco López de Úbeda, en 1609), en Inglaterra, Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders (1722), de Daniel Defoe, que fue llevada con éxito al cine; y en Alemania, La pícara Coraje (1670), de H. J. C. Grtimmelshausen.

 

La Celestina

Es <>.

 Fernando de Rojas 

La Celestina


Celestina es uno de los grandes personajes de la literatura española. La obra, que da nombre al personaje, se publicó en el siglo XV y fue escrita por Fernando de Rojas.
El joven noble Calisto se enamora perdidamente de la bella Melibea, quien rechaza sus pretensiones amorosas. Desesperado, el muchacho, con la ayuda de su criado Sempronio, decide recurrir a una vieja bruja – Celestina- para que actúe de intermediaria entre su amada y él. Al principio, Melibea se resiste, pero termina por caer en las redes que le tiende la alcahueta.
Celestina regenta un establecimiento de mala reputación, es muy hábil, está acostumbrada a tratar con individuos de distintos grupos sociales y sabe cómo manejar a las demás personas a su antojo.
En general, los personajes de la obra no hacen gala de sentimientos elevados, sino que, por el contrario, sus mundos se caracterizan por la codicia, la envidia, el egoísmo y la falta de amor. Las bajas pasiones desembocan en un final dramático en el que la mayoría de los personajes acaban muertos a causa de sus errores.
Celestina es uno de los personajes de mayor profundidad y complejidad psicológicas de la historia de la literatura. En una época en la que la presencia de personajes protagonistas femeninos es casi inexistente, su figura se elevó con fuerza dejando una impronta en otras artes.
Celestina ha inspirado numerosas obras: la novela ha sido representada teatralmente en incontables ocasiones; en España la historia ha sido llevada al cine con éxito y se han realizado adaptaciones musicales inspiradas en la obra. Picasso pintó el famoso retrato de la alcahueta en su etapa azul (1903), e incluso, en Salamanca hay unos jardines inspirados en el huerto de Melibea, donde encontramos la estatua de la célebre hechicera.
Hoy día, el sustantivo “celestina” se usa como sinónimo de la persona que media entre las relaciones de dos amantes.


Don Juan Tenorio

Por donde quiera que fui,
la razón atropelle
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
José Zorrilla

Don Juan Tenorio.


El personaje de don Juan, de origen folclórico, es uno de los grandes mitos de la literatura universal. Aparece por primera vez en la obra El burlador de Sevilla o el convidado de piedra de Tirso de Molina (1630).
Don Juan encarna a un personaje libertino y rebelde que desafía a la autoridad, un conquistador insaciable que seduce a las mujeres de toda condición, a las que burla y de las que nunca se enamora.
Su arrogancia e irreverencia le lleva a enfrentarse con Dios y con la muerte, ante los que no se arredra… Ni siquiera se estremece ante la presencia de un fantasma, al que invita a cenar a su casa, que le conduce al infierno como castigo inevitable a su falta de arrepentimiento.
Otras versiones de este mito son el Don Juan de Moliere (1665); y ya en el siglo XIX el Don Juan de Lord Byron (publicado en 1819), el Estudiante de Salamanca de Espronceda, y la versión que ha tenido más transcendencia: Don Juan Tenorio, de José Zorrilla (1884).
Zorrilla ofrece en su obra la cara más amable del personaje, pues su amor por Doña Inés consigue salvarlo del infierno tras su sincero arrepentimiento en el momento de su muerte.
Don Juan Tenorio es, actualmente, la obra más representada del teatro español, especialmente en torno a la fiesta anual de Todos los Santos.
El mito de don Juan también se ha recreado en otras artes: El libertino castigado o Don Juan, ópera con libreto del autor italiano Lorenzo da Ponte y música de Mozart, y Don Juan de los infiernos, versión cinematográfica de Gonzalo Suárez (1991).
Las grandes estrellas de Hollywood también han sucumbido ante el mito español, como Johnny Depp en el papel de seductor en el film Don Juan de Marco (1994).


El vampiro
¡Allí, en uno de los cajones, de los que había cincuenta en total, sobre la tierra recién extraída, yacía el Conde! O estaba muerto o dormido, no lo sé –tenía los ojos abiertos y petrificados, aunque sin esa calidad vidriosa de la muerte-, se le notaba en las mejillas el color de la vida, en medio de su extraña palidez, y tenía los labios tan rojos como siempre. Pero no había en el signo alguno de movimiento ni pulso, ni aliento, ni latido de corazón.
Bram Stoker
Drácula


El personaje del vampiro se origina en las antiguas leyendas centroeuropeas. El <> habita una realidad indefinida entre la vida y la muerta en la que se mantiene mediante gracias al fluido vital que arrebata a sus víctimas cuando bebe su sangre.
El vampiro vulnerable a la luz del sol, descansa durante el día en su tumba, que abandona solo por la noche, mostrando su extrema palidez y sus puntiagudos colmillos mortales.
El mito del vampiro representa el tono salvaje del ser humano, y también se relaciona con el deseo de supervivencia; la fascinación por la inmortalidad y el miedo a la muerte son tan poderosos que el vampiro no se detiene ante nada.
Literariamente, el personaje del vampiro nació en el Romanticismo con el relato <<El  vampiro>> (1819), de John William Polodori. El referente femenino se encuentra en Camilla (1872), de Sheridan Le Fanu. Estos personajes aportan al mito las características de exotismo y sensualidad.
Drácula, del irlandés Bram Stoker (1897), se inspira en algunos aspectos en la vida real de Vlad III Draculea Tepes, un cruel y sanguinario príncipe de Valaquia, del siglo XV.
El siglo XX se reinventa el mito: sagas de vampiros modernos, incluso bellos adolescentes que se alejan de aquella imagen repulsiva y, cada vez más, convertidos en objetos de imitación e identificación. Algunos han constituido verdaderos fenómenos de la cultura de masas. Actualmente muchas novelas de vampiros han sido llevadas al cine y a la televisión: Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola (1992), El misterio de Salem´s Lot. de Stephen King (1975), Entrevista con un vampiro de Anne Rice (1976); Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist (2004) y Crepúsculo de Stephenie Meyer (2005).


Sherlock Holmes
-Tengo la ventaja de conocer sus costumbres mi querido Watson dijo-. Cuando su ronda es breve va usted a pie, y cuando es larga toma un coche de alquiler. Ya que percibo que sus botas aunque usadas no tienen nada de sucias, no me cabe duda de que últimamente su trabajo ha justificado tomar el coche.
-¡Excelente!- exclamé.
-¡Elemental- dijo él-. Es uno de aquellos casos en los que quien razona puede producir un efecto que le parece notable a su interlocutor porque a este se le ha escapado el pequeño detalle que es la base de la deducción.
Arthur Conan Doyle
<>, Espasa Calpe.


Medio siglo después de que Edgar Allan Poe crease a su investigador Augste Dupine, sir Arthur Conan Doyle dio vida al más famoso detective inglés de la novela policíaca: Sherlock Holmes.
Su retrato es el de un individuo alto, delgado, poco sociable, de hábitos austeros y trabajador incansable. Posee un carácter frío y reservado; muestra algunas excentricidades, como practicar tiro en el salón de su casa, y entre sus aficiones destacan el arte, el mundo medieval, la práctica de algunos deportes, y posee profundos conocimientos sobre química y literatura sensacionalista, concretamente sobre los crímenes más famosos del siglo XIX.
Colabora en sus investigaciones su ayudante, el doctor Watson, el encargado de escribir la biografía del detective y sus más famosas aventuras. Watson vive en casa de Holmes durante algunas temporadas – en el mítico 221 b Baker Street, en Londres-, actualmente la casa se ha reconstruido y convertido en museo.
La saga de las historias protagonizadas por el famoso detective se compone de cuatro novelas, la primera de las cuales Estudio en escarlata (1887), a la que siguieron El signo de los cuatro (1890), El sabueso de los Baskerville (1901-1902) y El valle del terror (1914-1916). Entre los relatos más famosos se encuentran <>, <>, <>, <<Escándalo en Bohemia>>, <>, y así hasta cincuenta y seis relatos de misterio.
El personaje de Holmes ha tenido una gran repercusión en el cine; tanto que ha sido representado en más ocasiones que otros grandes personajes literarios o históricos, como Drácula, Frankenstein o Napoleón. Las versiones cinematográficas han sido numerosísimas e incluyen cortos, películas, series televisivas o cómics.

El robot
Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Blade Runner (1982)
La ciencia ficción nace a comienzos del siglo XX, cuando el hombre reflexiona sobre la vertiginosa evolución de la ciencia y la tecnología. La mirada hacia el futuro obliga a interrogarse acerca de ese mundo desconocido y fascinante ¿cómo será?, ¿qué nuevas realidades surgirán?, ¿podremos viajar hacia otros planetas o galaxias?, ¿cuáles serán las formas de organización social?
La ciencia ficción anticipa los posibles problemas y sus soluciones; por lo tanto, sirve para prepararnos para esa nueva realidad.
Una de las mayores preocupaciones de la ciencia ficción es la existencia de la inteligencia artificial, es decir, de seres creados por el hombre y similares a él. El reto de crear seres con autonomía no evita el miedo de que estos se rebelen contra le ser humano.
La imaginación humana proyecta en la literatura y el cine modelos de robot que nos ayudan en el trabajo, grandes computadoras con una inteligencia sobrehumana, androides orgánicos o cyborg, híbridos entre máquina y humano. Finalmente, el robot termina desarrollando sentimientos y capacidad crítica, cobrando conciencia de sí mismo y rebelándose contra su creador y contra su destino.
Aunque parezca increíble, la palabra robota (robot en su traducción inglesa) aparece en 1920 en una obra teatro del escritor cheko Capek, para referirse a seres creados con el propósito de realizar trabajos formados y sometidos a una clase superior a la que acaba exterminando.
En la historia de la literatura y del cine han existido algunos robots muy conocidos. Algunas de las más celebres obras protagonizadas por robots son Yo, Robot y El hombre bicentenario, de Isaac Asimov o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. En el cine, son míticas películas como 2001: Una odisea del espacio, dirigida por Stanley Kubrick (1968), Blade Runner, dirigida pr Ridley Scoot (1994), y basada en la novela de Dick; Inteligencia artificial de Steven Spielberg (2001), basada en el relato de ciencia ficción Los superjuguetes duran todo el verano de Brian Aldiss; La saga La guerra de las galaxias (1977-2016), de Georges Lucas o WALL-E, film de animación producido en 2008 pr Walt Disney y Pixar.

 

El lazarillo de Tormes. Anónimo
(…) y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, (…), y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Y él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».

La Celestina, Fernando de Rojas.


CALISTO.- Amo a aquella, ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcanzar.

SEMPRONIO.- ¿Cómo es ella?

CALISTO.- Porque halles placer, he de figurártela por partes y por extenso. Comienzo por los cabellos. ¿Conoces las madejas de oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen menos. Los ojos verdes, rasgados; las pestañas, largas; las cejas, delgadas y alzadas; la boca, pequeña; los dientes, menudos y blancos; los labios, colorados y grosezuelos; el torno del rostro, poco más largo que redondo; el pecho, alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién la podría imaginar? Que se despereza el hombre cuando la mira. La tez, lisa, lustrosa; su piel oscurece la nieve. Su color es mezclada, tal cual ella la escogió para sí. Las manos, pequeñas, están de dulce carne acompañadas. Sus dedos son largos; las uñas, también, largas y coloradas, que parecen rubíes entre perlas.

SEMPRONIO.- Aunque todo esto sea verdad, tú, por ser hombre, eres más digno. Ella es imperfecta y, por tal defecto, te desea y apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has leído al filósofo que dice que «así como la materia apetece la forma, así la mujer al varón»?

CALISTO.- ¿Y cuándo veré yo eso entre mí y Melibea?

SEMPRONIO.- Yo te lo diré. Hace tiempo que conozco en esta vecindad a una vieja barbuda que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil los virgos que se han hecho y deshecho por su autoridad. A las duras peñas ablandará y provocará la lujuria si desea.

CALISTO.- ¿Podría yo hablarle?

SEMPRONIO.- Yo te la traeré hasta acá. Prepárate. Sé gracioso con ella. Sé franco. Estudia mientras me voy cómo has de contarle tu pena de modo que ella encuentre el remedio.

CALISTO.- ¡Vete ya! ¿Por qué te tardas?

SEMPRONIO.- Ya voy. Quede Dios contigo.

Don Juan Tenorio

Do JUAN:
[…]
Cálmate, pues, vida mía;
reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor, (…)
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor? (…)

 

 

DOÑA INÉS:
Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad, por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
y se arde mi corazón. (…)

Fragmento de Luna Nueva


-Vi en tus ojos que de verdad creías que no te quería. La idea más absurda, más ridícula, como si hubiera alguna manera de que yo pudiera existir sin necesitarte.
Seguía helada, sus palabras parecían incomprensibles porque eran imposibles.
Me sacudió el hombro otra vez, sin fuerza, pero lo suficiente para que me castañetearan un poco los dientes.
-Bella-suspiró- Dime de una vez que es lo que estás pensando.
Es ese momento rompí a llorar. Las lágrimas me anegaron los ojos, los desbordaron y me inundaron las mejillas.
-Lo sabía-sollocé-Sabía que estaba soñando...
-Eres imposible- comentó y soltó una carcajada breve, seca y frustrada-. ¿De que manera te puedo explicar esto para que me creas? No estás dormida ni muerta. Estoy aquí y te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré. Cada segundo de los que estuve lejos estuve pensando en ti, viendo tu rostro en mi mente. Cuando te dije que no te quería...ésa fue la más negra de las blasfemias.
Sacudí la cabeza mientras las lágrimas continuaban cayendo desde las comisuras de mis ojos.
-No me crees, ¿verdad?
-Nunca ha tenido sentido que me quisieras -le expliqué.
-Te probaré que estás despierta.
-Por favor, no lo hagas.
-¿Por qué no?
-Ayer, cuando te toqué, estabas tan...vacilante, tan cautelosa. Y todo sigue igual. Necesito saber por qué. ¿Acaso te he hecho demasiado daño? ¿Es porque has cambiado, como yo te pedí que hicieras? Eso sería...bastante justo. No protestaré contra tu decisión. Así que no intentes no herir mis sentimientos, por favor, sólo dime ahora si todavía puedes quererme o no, después de todo lo que te he hecho, ¿puedes? -murmuró.
-¿Qué clase de pregunta idiota es esa?
-Limítate a contestarla, por favor.
-Lo que siento por ti no cambiará nunca. Claro que te amo y no hay nada que puedas hacer contra eso.
-Es todo lo que necesitaba escuchar.
»
Estudio en escarlata” (fragmento), Arthur Conan Doyle
“Holmes no era un hombre de vida desordenada; modesto en su manera de ser, regular en sus costumbres, rara vez se acostaba después de las diez de la noche, al levantarme, había salido ya de casa después de haber tomado su desayuno. El día lo pasaba entre el laboratorio químico y la sala de disección, y algunas veces se daba largos paseos, casi siempre por las afueras de la población. No puede formarse una idea de su actividad cuando estaba en uno de esos períodos de excitación. Transcurría algún tiempo, venía la reacción, y entonces días enteros, desde que amanecía hasta que anochecía, se los pasaba tumbado sobre un canapé, inmóvil y sin articular palabra. Sus ojos tomaban una expresión tan vaga y soñadora, que cualquiera le hubiera tomado por un imbécil o por un loco si su sobriedad característica y la perfecta moralidad de su vida no hubieran sido una constante protesta semejante suposición.
(…)
Aún cuando se me tache de curiosidad femenil, debo decir en descargo mío que cada vez me intrigaba más aquel hombre, y a todo trance quería descubrir el misterio de que se rodeaba. No puede juzgárseme severamente, teniendo en cuenta que mi vida no tenía atractivo alguno. Mi salud no me permitía salir más que cuando abonanzaba mucho el tiempo y no tuve nunca uno de esos amigos a quienes confiarme y en cuya compañía olvidar la monotonía de mi existencia, que cada vez se me hacía más pesada y larga.”

Yo Robot Isaac Asimov
Era una tontería. Puede ser muy interesante saber que el cuadrado
de catorce es ciento noventa y seis, que la temperatura en este
momento es de 28> centígrados, que la presión del aire acusa
750mm de mercurio, y que el peso atómico del sodio es 23, pero
para esto, en realidad, no se necesita un robot. No se necesita, en
especial, una enorme masa inmóvil de alambres y espirales que
ocupa veinticinco metros cuadrados.
Pocos eran los que hacían una segunda experiencia, pero una
chiquilla de unos diez años estaba tranquilamente sentada en un
banco esperando la tercera exhibición. Era la única persona que
había en la sala cuando Gloria entró, pero no la miró. Para ella, en
aquel momento otro ser humano era un ejemplar completamente
despreciable. Consagraba su atención a aquel objeto lleno de ruedas
dentadas
De momento, vaciló con cierto desaliento. Aquello no se parecía a
ninguno de los robots que ella había visto. Cautelosamente,
vacilando, levantó su débil voz.
--Por favor, Mr. Robot, perdone, ¿es usted el Robot Parlante? No
estaba muy segura de ello, pero le parecía que un robot que hablaba
merecía toda clase de consideraciones
(Por el delgado rostro de la muchacha de diez años pasó una mirada
de intensa concentración. Sacó un carnet de notas del bolsillo y
comenzó a escribir rápidamente).
Se oyó un girar de mecanismos bien engrasados y una voz metálica
lanzó unas palabras que carecían de acento y entonación.
--Yo-soy-el-robot-parlante.
Gloria lo miró contrariada. "Hablaba", pero el sonido venía de dentro.
No había rostro al cual hablar.
--¿Puede usted ayudarme, Mr. robot? -dijo.
El Robot Parlante estaba construido para contestar preguntas, pero
sólo las preguntas que se podían hacer. Confiado en su capacidad,
sin embargo, respondió: --Puedo-ayudarle.
--Gracias, Mr. Robot. ¿Ha visto usted a Robbie?
--¿Quién-es-Robbie? --Un robot, Mr. Robot, señor -se puso de
puntillas-. Es así de alto, pero más alto, y muy bueno. Tiene cabeza,
sabe... Bueno, usted no tiene, pero él sí.
________________________________________
--¿Un robot?... -preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
--Sí, míster Robot. Un robot como usted, salvo que, naturalmente, no
sabe hablar y que..., parece una persona de veras.

 

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