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¿Qué pasaría si Aquiles o el Principito se despiertan y se dan cuenta de que están en una época distinta?

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¿Os acordáis del temible Aquiles? Pues ahí lo tenéis totalmente desoriento después de despertarse y no saber dónde se hallaba.
Miré alrededor y vi a dos personas. Esta es la mía- pensé-. Así que me dirigí hacia ellas y les pregunté dónde estaba. Los dos guardias me miraron fijamente. Su extrañeza se debía a las pintas que llevaba; no obstante y evitando que la carcajada les mudase el rostro, me contestaron que me hallaba en el museo de Valencia. Yo no conocía ese sitio, así que pregunté, por si las moscas, en qué año me encontraba y, al decirme, que estaba nada menos que en el 2018, me quedé de piedra literalmente. Había sucedido lo peor.
No quería desmoralizarme tan pronto por lo que salí del museo y comencé a caminar por la calle. Para mí todo era nuevo, así que miraba la gente, las luces, las cosas que se movían y supe que era una época muy distinta a la mía. Las casas eran enormes, a mi desde luego me pareció que llegaban al cielo. La gente vestía de forma diferente y si yo los miraba con curiosidad, ellos también a mí.
Me dirigí a una persona y le conté lo que me había sucedido. Después crucé los dedos. Pero, para mi sorpresa, ese señor me creyó y me contó que ahora se encontraban en la Edad Contemporánea y que la vida había cambiado: me señaló los coches, aquella escuela o el pequeño portátil que apoyaba en la rodilla. El hombre me animó a documentarme sobre la época en la que estaba y me dijo que si quería saber más me dirigiese a la biblioteca municipal. Como era evidente que no sabía ir, se brindó a acompañarme.
Allí, acodado ante el ordenador me pase horas y horas aprendiendo. Tenía que saber cómo se las gastaba el mundo contemporáneo. Decididamente aquello acabó por gustarme tanto, que decidí hacerme informático y logré que me contratasen. Vale, ¡que sí!, que empleé alguna de mis habilidades para lograrlo. Es lo que hay, soy un semidiós y ya que estaba en desventaja, algo tenía que hacer.
Lo cierto es que me pasé tanto tiempo y averigüé tantas cosas sobre ordenadores que descubrí cómo inmiscuirme en los ordenadores y de los demás para mirar lo que hacían. Sé que a esa habilidad, se le llama despectivamente “troyano”, y que hay personas que utilizan esas habilidades para robar datos cibernéticos.
Les juré a aquellos buenos policías que vinieron a detenerme que esa no era mi intención, que eso de vulnerar los derechos de los demás, ¡ejem!, al menos como se entiende hoy en día no iba conmigo. Los convencí con mi retórica y aunque pensaron que estaba algo loco, me dejaron libre.
Sin embargo, días después me reclutó la CIA. Qué pesados se pusieron y cuánto halagaron mis oídos para conseguir que trabajase para ellos. No penséis mal. Mi cometido no es otro que proteger a los ciudadanos contra los ataques cibernéticos de otras personas. Así que una vez más, en esta guerra cotidiana de nuevo tiempo y aunque lo haga anónimamente, vuelvo a ser el invulnerable, el gran Aquiles, ¿o acaso creíais que sería incapaz de lograr el éxito? ¡No seáis ilusos!

Albert Catalá, 1 C




 Aquiles

Esta historia trata sobre un guerrero, pero no sobre un guerrero cualquiera sino sobre un héroe casi inmortal. Nuestro héroe en cuestión se llamaba Aquiles y ¿sabéis por qué era inmortal? Porque su madre era una diosa y su padre, un moral, por tanto él era también mortal.
Su madre, como quería evitar su mortalidad, lo condujo a la laguna Estigia y, para que se hiciera inmortal, lo sumergió en sus frías aguas, pero se olvidó de mojarle el talón de donde lo tenía sujeto.
Los años pasaron y cuando Aquiles cumplió 30 años, Zeus, el Dios del Rayo, se enteró de que Aquiles no era inmortal y le lanzó un rayó con la intención de que se dirigiese al futuro, en concreto a la Edad Contemporánea. Así que nuestro héroe llegó, sin saberlo, al año 2016.
Pero cuando Aquiles se despertó en el bosque horas después de haberse quedado dormido, no se dio cuenta de lo que había pasado hasta que descubrió que todo lo que veía a su alrededor era muy extraño ya que el paisaje era distinto y no sabía dónde se encontraba.
En cuanto llegó al centro de Valencia, se sentía tan confuso que entró en el primer centro comercial que vio e intentó entrar a una tienda para luchar contra un impotente maniquí, pero, al darse cuenta de que chocaba continuamente contra algo que le impedía acercarse al guerrero y ya que este no respondía a sus imprecaciones, le pegó tal golpe al cristal y con tanta fuerza que lo rompió.
El joven no sabía que se hallaba en una de las tiendas más prestigiosas del centro comercial, también desconocía que no podía cogerse la mercancía que se exponía sin pagarla, así que comenzó a coger aquellos objetos que brillaban con una intensidad inusitada lo que alertó no solo a la gente de los alrededores que pusieron pies en polvorosa sino también a la policía quien siguió al extraño personaje hasta el bosque donde pareció desaparecer sin que pudieran darle alcance.
A la mañana siguiente y, puesto que no le quedaban provisiones, Aquiles volvió a la ciudad y se dirigió a uno de los supermercados, pero los guardias habían acordonado la zona con la intención de poder atraparlo y lo tenían rodearlo. El hombre empezó a atacarlo haciendo gala de una ira descomunal y, pese a los esfuerzos del colectivo de la policía y la guardia civil, no lograron derrotarlo. Las balas no le hacían nada, era como si cuerpo fuera de acero.
Después de tantas horas luchando contra aquel ser descomunal, un militar se acordó de una leyenda. Recordó la historia de aquel héroe que había luchado en la guerra de Troya, aquel a quien nadie podía vencer y cuyo único punto débil era el talón, así que si alguien quería derrotarlo debía apuntar a ese único punto de su anatomía.
El militar se tiró al suelo como si estuviese muerto, de manera que pasase desapercibido para el héroe, así podría dispararle al talón y acabar con aquella pesadilla. Zeus, cuyo ojo todo lo veía, y siendo consciente del peligro, devolvió a un irascible Aquiles nuevamente a su mundo.
El héroe estaba aterrado y le preguntó a Zeus qué había pasado. El Dios le sonrió y le dijo que, puesto que él no era inmortal, quería poner a prueba su fuerza y valentía y, por ese motivo, lo había mandado al futuro. Había pasado la prueba pero, al no ser inmortal, no podría vivir con los dioses y sería desterrado a la tierra. Sin embargo, horas más tarde, el Dios se apiadaría de Aquiles quien le juró que siempre actuaría con sabiduría y benevolencia, que fulminase el recuerdo de lo sucedido y que le concediese una fuerza infinita y la paciencia necesaria para volver a viajar en el tiempo y demostrarle que había merecido la pena su confianza.
Zeus se le quedó mirando y supo que esta vez la prueba sería definitiva. La arrogancia del joven no tenía precedentes. ¿A dónde lo enviaría en esta ocasión? ¿A Tokio? ¿A la duce Venecia? ¿A la poderosa Roma? ¡Ay! Bebería unos tragos y luego, con la mente más despejada, decidiría.
Iván Marco.

  

 


Erasé una vez un joven llamado Aquiles. Aquiles era un héroe uno de los héroes más conocidos y participaría en la guerra de Troya. Sus victorias eran tan famosas que se relataban de abuelos a nietos y todo el mundo lo respetaba y lo consideraba el mejor guerrero de todos. Así que él se sentía feliz y satisfecho.
Un día, como cualquier otro en la vida de Aquiles, él se hallaba con su madre y los dos estaban hablando de su padre hasta que el joven decidió salir a dar una vuelta por las inmediaciones. Se dirigía hacia el lecho de uno de los ríos cuando un fuerte terremoto sacudió las aguas y apareció aquella dulce ninfa quien le dijo que se dirigiese a uno de los puentes donde hallaría una sorpresa.
El joven se le quedó mirando, primero, sin entender, pero la ninfa que parecía querer fulminarlo con aquellos inmensos ojos, le habló con tanta contundencia que no quiso desairarla y siguió su consejo. Tal vez solo se tratase de una broma de los dioses; sin embargo, se sentía inquieto, su instinto le decía que algo iba a pasar.
Cuando llegó al lugar indicado todo estaba muy oscuro, un olor dulzón que no supo identificar lo envolvió y lo dejó sumido en la inconsciencia. Unas horas después, al desertarse, se dio cuenta de que estaba en un lugar muy extraño. Había viajado en el tiempo y estaba dentro de una librería, pero estos datos el confuso Aquiles, los desconocía. A su lado se encontraba un chico pelirrojo, que tenía los ojos tan claros que parecía que uno podía conocer los secretos del Océano si los miraba detenidamente. Tenía la piel terriblemente pálida y vestía con aquellas prendas desconocidas e incómodas.
El joven se dirigió a él sin preámbulos y le preguntó dónde se encontraba. El chico parecía muy asustado, uno no va encontrándose por las librerías guerreros de tal fiereza y casi desnudos, que más parecen héroes sacados de comics antiguos. No obstante y puesto que parecía tan triste y desorientado, le explicó que estaban en una librería y, a continuación, intento hacerle entender qué era exactamente ese lugar.
Después de escucharlo y de darle las gracias, Aquiles decidió explorar fuera del lugar. Era evidente que estaba a miles de quilómetros de su hogar y, cuanto antes supiese dónde y cómo volver, mejor. Salió a la calle y al ver aquellos gigantes de piedra, las luces parpadeantes, los ruidos y el movimiento de aquellos carros, no supo cómo reaccionar. Nunca había visto una ciudad así.
Y, para colmo, se dio cuenta de que una mujer extraña lo estaba mirando. El joven quiso saberlo todo del lugar, por lo que, como ella fue tan amable de invitarlo a seguirla y puesto que debía averiguar lo que era aquel lugar, se dispuso a seguirla. No le hizo gracia lo que le dijo. Según ella se hallaba en otra época y si quería volver a ver a sus seres queridos tendría que averiguar cómo trasladarse nuevamente al pasado.
La chica le contó su plan. Pedirían ayuda a su hermano pequeño de 12 años. Esto ya es el colmo, pensó Aquiles, aunque, en principio, no quiso desalentarla. Y, casualidades de la vida. Cuando aquel niño se presentó en el salón y, al verlo allí sentado y charlando con su hermana, se desmayó del susto, Aquiles intuyó que estaba allí por una extraña razón y que así lo querían los dioses o quien fuera que lo había enviado allí.
Una vez el chico se hubo relajado después de oír la historia de Aquiles, decidió que no tenía más remedio que ayudarlo. ¿Qué sería de este temible guerrero fuera de su guerra? Sería como un pez fuera del agua. No sobreviviría.
A la semana siguiente, los dos niños, acompañados por Aquiles cogieron un tren rumbo a lo desconocido. Una fuerza inexplicable les indicaba los lugares que debían visitar y lo que debían mostrarle a Aquiles. Así Aquiles pudo conocer algunos países, extraordinarios como Londres, Nueva York, Londres, Roma, París. Un año en el que mostraron a Aquiles los logros y las lacras de la civilización. Pasado este tiempo, llegaba la hora de las despedidas y todos lo sabían.
Así pues, lo acompañaron en su último viaje. Un viaje a Dubai en los Emiratos Árabes. Allí se encontraba el “Burj Khalifa”, el edificio más alto del mundo. Solo debían suplicarle a Selene, la inconstante diosa de la luna, sólo ella podría permitirle el salto y ayudar al guerrero a trasladarse nuevamente a su época.
Había pasado un año y Aquiles debía convencerla de que había completado su aprendizaje y que ya estaba preparado para el viaje, un viaje al corazón de la batalla que él sabía que no tenía billete de vuelta.
Aquiles no solía llorar, no era ese atributo para un temible guerrero, sin embargo, no podía contener su emoción. Aquellos jóvenes mortales, lo habían dado todo por él. Su petición le dejó de piedra, querían acompañarlo, querían vivir una aventura, no una cualquiera, una aventura tan extraordinaria que pudiese seguir relatándose de padres a nietos, cuando ellos hubieran desaparecido. Aquiles tenía el mismo sueño, ¿cómo pues iba a negarse a cumplirlos?
Alba Salvador

 

 

El Principito
El principito viajó al planeta Tierra con una nave espacial y aterrizó en España, en concreto en un pequeño pueblecito de Valencia llamado Paiporta.
Aunque era un hombre de 30 años, tenía la mentalidad y la apariencia de un niño de 12 años, motivo por el cual, no viajaba en coche, sino que lo hacía, gracias a un atributo que los mayores parecen haber olvidado, la poderosa imaginación. Y, esa magia que todavía no dominaba lo condujo a un Instituto.
El primer día de clase lo pasó bastante mal porque, al no tener un padre y una madre ni una familia que fuese a recogerlo, los niños se burlaban de él. El principito se sentía tan triste que, durante el patio se iba a una esquina y se ponía a llorar. Lloraba desconsoladamente y por eso algunas niñas lo miraban desde la distancia, sintiendo como su pena mojaba sus tiernos corazones.
Al día siguiente, cuando el principito se fue a su rincón a llorar, una de las niñas se aproximó y le dijo:
-Si quieres puedes formar parte de mi familia y, ya que no tengo ningún hermanito, te trataré como a tal. Después y algo sofocada por su atrevimiento volvió a su lugar. Cuando salió del instituto, les preguntó a sus padres si el principito podía formar parte de su familia y cómo estos le dijeron que sí, la niña, se acercó al principito y sonriéndole lo invitó a seguirlos hasta su casa.
El principito nunca había estado en una casa, porque evidentemente en su planeta era tan pequeño que no había espacio para ellas ni humanos que pudiesen habitarlas. Para él todo era una experiencia nueva y se sentía muy feliz de poder compartirla con aquella humana. Así que la niña, que se llamaba Violeta, se convirtió en su mejor amiga y también en su alma gemela.
Al día siguiente los dos se presentaron juntos en el instituto. El principito ya no estaba solo. Sin embargo, los niños continuaron metiéndose con él, hasta que la chica se armó de valor y les dijo:
-No os metáis con él, que ya tiene una familia.
La pandilla se echó a reír al principio y siguieron haciéndolo a pesar de que Violeta les explico que su familia había adoptado al principito. La chica pidió a su hermano que la llamase cuando se viese en apuros, pero el principito se negó.
Hasta ese momento, no había usado sus poderes, pero ya era hora de demostrarles a aquellos niños quién era y por qué era más fuerte que ellos.
Aquella mañana pues estaba preparado. Cuando los niños volvieron a las andadas, el principito apeló a su imaginación. Entonces los niños pudieron leer en sus ojos como en un manual de supervivencia. Descubrieron allí el poder de la amistad, el gran paso que había dado Violeta, la valentía de su acción, la fuerza de sus emociones, su desinterés. Y tal y como iban leyendo, se sentían más pequeños y avergonzados, sus propias palabras eran lágrimas, las lágrimas vertidas por un ser puro e inocente al que acogerían como a uno más.
Y ese sería el fin de la historia. Una mañana, al despertarse, el Principito no estaba, en su lugar había una pequeña flor. Los ojos de Violeta se iluminaron porque intuyó que aquella flor nunca se marcharía. Siempre le recordaría a su hermano, aquel niño de grandes ojos oscuros, que le había mostrado el enorme poder de los sentimientos.
Marta Herrera
Había una vez un principito que vivía en un cuento. Los días pasaban y él se aburría cada vez más, hasta aquel día en el que todo cambió.
-¡Venga!- se dijo, entusiasmado-¡ Otro día de aventuras. ¡Uy!, pero… ¿Qué es ese libro? ¿”Libro de la realidad”? Parece un libro muy raro. Lo leeré. ¡Manos a la obra!
Al cabo de unos minutos el libro comenzó a iluminarse más y más hasta que se tragó al principito.
-Pero, ¿qué me está pasando? ¡Socorro!¡Socorro!- Se desesperó el principito. ¡Aggggg!
(¡PUM!) Se escuchó cuando el cayó el principito.
-¡Ay! ¡Qué daño! Al menos podían haberme tragado con más cuidado, me he destrozado todos los huesos. –Se quejó el principito- Pero si esto es el mundo real. Es alucinante. (El principito se quedó asombrado, mientras observaba a aquellos niños pequeños.)
-Bueno, caminaré un poco, a ver si me encuentro algo o alguien realmente intereseante.
En realidad, el principito jugaba con cierta ventaja, ya que, como era bastante pequeño, casi nadie lo veía ni podía escucharlo, al menos eso creía.
Deambuló durante días y días. Cuando llegaba la noche dormía en el césped, abrigándose con las ramas que encontraba y pasaba bastante frío.
Y así continuó hasta que llegó a aquella ciudad y vio a aquella familia tan peculiar. Decidió pues aproximarse y verlos más de cerca.
-¡Vaya, una familia al completo! Están los hijos y los padres. Entraré en la casa a ver qué puedo averiguar.
Como entró por la noche, todos estaban durmiendo menos el padre. Al principito le resultó extraño que cogiera el choche y se fuera, mientras el resto dormía, así que decidió despertar a uno de los niños.
-Psss, ¡niño!
-¿Qué quieres, mamá? Cinco minutos más, por favor.
-¿Qué dices si soy el Principito? (Le había resultado graciosa la respuesta, sobre todo teniendo en cuenta que fuese muy poco probable que una madre despertase a su hijo a aquellas horas de la madrugada.)
-¿Qué? ¡Aggggg…! (El niño, muy nervioso, se puso a chillar.)
El Principito le cerró la boca.
-Calla- le dijo- No lo tiene que saber nadie más y ahora, ¡ayúdame a despertar a tu hermana!
-Sí- contestó, con cara asombrada.
-Oye, nina. Pssss- siguió el Principito, mientras intentaba zarandearla.
-¡Hermana! ¡No te asustes!- le apoyó el niño.
-No chilles tan fuerte!- le recriminó el Principito al niño.
-Perdón- respondió este.
La niña no se despertó, así que los dos niños (El Principito y el niño, cuyo nombre desconozco) se fueron a perseguir a sus padres con la bicicleta.
-Venga, ya estamos cerca, un poco más…. ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Nacho- dijo, pegando el acelerón de su vida.
-¡Ay! Casi estamos, Nacho, otro acelerón y llegamos.
Siguieron pedaleando hasta que llegaron al lugar donde estaba el coche del padre de Nacho.
-Mira, está ahí- dijo Nacho.
-Calla que nos va a escuchar- adelantó, tapándole la boca como pudo.
Al descubrir que su padre estaba con otra mujer, decidió confesárselo.
El Principito y Nacho se fueron, pero cuando llegaron a su casa se estaba haciendo de día. Nacho había decidido contárselo todo a su madre y a su hermana. Al principio no se lo creyeron, hasta que salió el Principito y lo explicó todo. Su madre, al escuchar la verdad se desmayó, y el Principito, al ver cuánto dolor había causado, se marchó muy triste.
Había llegado el momento de volver, aunque no sabía cómo conseguirlo. Entonces notó el mismo cosquilleo, la misma luz intermitente y supo lo que iba a pasar a continuación, antes de que hubiera pasado.
Andrés Canas

 

 

 

 


Aquiles en la Maratón de Valencia
De todos son conocidas las historias de Aquiles, pero lo que la historia no relata es que Aquiles en su afán por vengar la muerte de su amigo Patroclo y mientras estaba buscando a Héctor, visitó nuestra ciudad.
Así que voy a contaros esa historia.
En la Isla de las Serpientes del Mar negro frente a las costas de Rumania y Ucrania se levanta un templo en honor a Aquiles. Cuenta la leyenda que en ese templo existe una puerta giratoria que te lleva a diferentes épocas y fue casualmente atravesando ese puente como Aquiles llegó a la Puerta del Mar de Valencia.
Hacía pocos días que en un prestigioso periódico de la ciudad apareció una noticia en la que se afirmaba que un corredor era el mismísimo Aquiles.
Unos reporteros que estaban cubriendo la Maratón de Valencia hablaban con asombro de la gran afluencia de participantes y de los disfraces que llevaban. Todos eran extraordinarios, aunque había uno que les llamó mucho la atención.
Se trataba de un joven que iba vestido con un traje de época griego e iba corriendo por las calles. No solo seguía a los participantes sino que los pasaba con una facilidad asombrosa mientras vociferaba el nombre de alguien. Un corredor que iba a su lado, quiso saber a quien estaba buscando y se lo preguntó. Aquiles quiso fulminarlo con la mirada, pero, puesto que buscaba información, le respondió que buscaba a Héctor. El corredor se le quedó mirando y después de unos segundos de reflexión dijo que él no, él no conocía a ningún Héctor, pero tal vez en el puesto de policía, algún agente pudiese informarle. Aquiles le dio las gracias e hizo tal acelerón que el hombre se echó las manos a la cabeza, pensando que nadie podía tener esa fuerza de esprín tan hercúlea. Sin embargo, Aquiles tropezó en una de las curvas y se hizo daño en el talón.
Nuestro corredor con problemas, el intrépido Aquiles, se presentó cojeando ante un policía y le preguntó si conocía a Héctor, “El troyano”. El policía, al ver las trazas que llevaba y escuchar aquellas incoherencia, le respondió no sin ironía que le preguntase al fisioterapeuta que estaba en el puesto de emergencias de la Plaza de Toros. Tal vez él supiese quién ese tal Héctor al que estaba buscando.
Casualidades de la vida, el fisio que estaba allí se llamaba Héctor. Aquiles al escuchar su nombre se puso como loco, empezó a zarandearlo y a decirle tal cantidad de sandeces, el pobre fisioterapeuta pensó que se hallaba ante un cliente insatisfecho. Así que le dijo que se calmase y tranquilizase, que él lo ayudaría. A continuación, le entregó una bebida isotónica y le explicó que le iba a dar un masaje en las piernas que las llevaba muy cargadas. A pesar de que Héctor intentaba ayudarlo, el joven Aquiles que no entendía qué estaba pasando, continuaba amenazándolo. Según decía, lo iba a hacer picadillo por haber acabado con la vida de su amigo.
Realmente Héctor no lo escuchaba, pensaba que el joven había tenido un golpe de calor y que este golpe de calor le provocaba alucinaciones y por eso le estaba soltando aquel rollo sin sentido de que era inmortal y todo aquello sobre aquel Héctor que, por lo que parecía, se la había jugado. El fisio continuó masajeándole las piernas y como Aquiles no paraba de quejarse del pie y de los fuertes dolores que tenía cuando se aproximaba al talón hasta el punto de perder la consciencia en ocasiones; Héctor decidió llevarlo urgentemente al hospital. El más cercano era el Hospital Clínico, así que la ambulancia lo conduciría allí, lo peor fue que Aquiles perdió la conciencia por completo cuando lo subieron a la ambulancia.
En el momento en que lo subieron, Aquiles perdió la consciencia por completo. Pocos días después, Héctor llamó al hospital para saber cómo iba su corredor. Los médicos le informarían de que el tal Aquiles había fallecido al llegar al hospital y, aunque les parezca extraño, así sucedió y así nos lo contó Héctor. Aquiles murió por una rotura del talón, y de ahí el dicho de la debilidad del talón de Aquiles.
Javier Martínez, 1º G

 

 

 

El principito en la tierra
Estaba el Principito viendo una puesta de sol en un pequeño planeta, cuando, de pronto, se preguntó si en los demás planetas se podrían ver los amaneceres igual de hermosos que en el suyo.
Pensó en varios planetas y, al final, eligió la tierra, porque, desde el espacio, es imposible no ver que es el planeta azul más bonito del Sistema Solar.
Así que dibujó un cohete en su libreta mágica para viajar a la tierra. Aterrizó en un pueblo llamado Paiporta. El Principito miró por los alrededores y siguió a unos muchachos que se dirigían al mismo lugar, el lugar resultó ser un instituto. El Principito sintió curiosidad. Quería saber qué hacían los niños en el instituto, así que entró.
Una vez en su interior, el Principito quedó gratamente sorprendido ya que pronto entendió que los alumnos estaban aprendiendo muchas cosas allí, como cultura y valores, herramientas necesarias para ser buenos ciudadanos.
Pero también observó que había cosas incomprensibles, que no entendía y que no le gustaban como, por ejemplo, el comportamiento insensible y extraño de algunos alumnos, que habían perdido el rumbo y parecían extraviados. Estos detestaban el estudio y se dedicaban a molestar en las aulas, romper o destrozar las taquillas de sus compañeros o lo que era todavía peor, burlarse de otros niños.
Al salir del instituto, el Principito decidió darse una vuelta en su planeador mágico y sobrevolar la tierra. Muchas de las cosas que vio no le gustaron y lo pusieron triste. El Principito llegó a la conclusión de que los seres humanos debían poner fin a sus diferencias y preocuparse por salvar un planeta que estaba enfermo pero en el que respiraban millones de formas de vida, únicas y maravillosas. Los seres humanos tenían un difícil cometido: deberían aprender a cuidarlo y a quererlo, puesto que era la tierra que les había dado la vida y su misión era mantenerla limpia sana para que los ayudase a sentirse tal y como eran: seres únicos y maravillosos.
Triana

 

 Cuando el Principito iba en su nave vio un planeta muy extraño donde parecía que había mucha vida: humanos, plantas, animales marinos…; pero, lo malo era que existía mucha contaminación por culpa de los artilugios tecnológicos que el Principito aún desconocía. 

El Principito aterrizó en gran selva del Amazonas donde divisó mucha vegetación, a pesar de que él no había ido para ver las reservas forestales del planeta, había ido porque sentía curiosidad y quería ver a los humanos, cómo utilizaban los artefactos tecnológicos tan extraños que había visto desde el espacio.
Intentó salir de allí, sin embargo, solo se distinguía árboles y más árboles gigantescos y nada más. Decidió regresar a la nave, pero se había desorientado y llevaba horas dando vueltas sin rumbo fijo, hasta que escuchó aquellas flechas lanzadas contra lo que parecía el tubo metálico de su nave. Echó a correr y se encontró con aquella tribu entera de humanos que llevaban pintado un solo ojo en la frente.
Si no hubiera sido por su capacidad mágica y la fuerza de sus palabras, que dejó anonadados al jefe y al resto de la tribu, si no fuera por aquella flor metálica que les ofreció como gesto de amistad o por que prometió llevarles un día a visitar su planeta, los fieros guerreros se lo habrían zampado seguramente, pero, ¿para qué existen las palabras sino para apaciguar los corazones más temibles y las armas más demoledoras?
Marcos.

 

  

Estaba tan tranquilamente en mi casa jugando a la Nintendo, cuando, de repente, empezaron a escucharse sonidos en la calle. Un grupo de guerreros indomables se movía armando mucho ruido. Interrogaban a todo el mundo y secuestraban a aquellos que pensaban que podían servirles de utilidad. En cuanto averigüé qué estaba pasando, cerré la puerta con cerrojo algo incómodo.
Se rumoreaba que se trataba de viajeros del espacio que buscaban a un fugitivo. Lo más curioso de toda la historia, era que el fugitivo no era otro que el mismísimo Aquiles, quien había huido en una máquina del tiempo hacia nuestro siglo, el siglo XXI. Y no creáis que los guerreros querían ayudarlo o mantener una amable charla con el fugado, no querían salvarlo sino matarlo, para hacerse con su demoledor poder.
Siempre he tenido mala suerte en todo, sobre todo en las lesiones. Sí, me he roto tres veces la pierna; dos, el radio; cuatro, el cúbito y me he hecho una cantidad nada despreciable de 13 esguinces de rodilla y seguro que me olvido de alguno más; el caso es que fui a darme una relajante ducha y mientras escuchaba la canción de Despacito, me topé con el mismísimo Aquiles, que encima me sonreía con esa cara de bobalicón que ponía Brat Pitt en alguna escena de la peli Troya, ¿os acordáis?
Mi reacción, al principio, fue de querer poner pies en polvorosa, porque, aunque Aquiles parecía inofensivo, no podía evitar uno recordar toda la sarta de batallas y cuellos rebanados que llevaba el colega colgados en la espalda. Por tanto, me calmé y le pregunté cortésmente qué hacía en mi casa. Me respondió, muy asustado, que era la primera puerta que había visto abierta y que se había colado para evitar ser atrapado por aquellos seres inhumanos que pretendían capturarlo.
Eran seis hombres: El abusón, el fanfarrón, el fuerte, el picado, el empollón y el tonto. Tal era su estado de indefensión que le eché coraje y me ofrecí a ayudarlo. Nunca he sido un buen samaritano, pero, dada la ocasión… un poco de acción no me haría daño. Con mi ayuda y tal vez, sin ella también, logramos vencerlos, nos hicimos más fuertes que el combo de la bola de fuego con el montapuercos en el Clash Royale y todo acabó bien.
Aquiles llegó sano y salvo a su tierra y pudo salvar a su gente de la hecatombe pero, como nunca nada es perfecto en mi vida, volví a hacerme otro esguince, uno más de mi colección. Eso me hizo reflexionar, ¿a ver si iba a ser yo un descendiente de los dioses y como Aquiles, tenía un único punto débil, las rodillas? ¿Cómo sino podría ser que tuviera siempre esas caídas fatales y esas lesiones? Y días más tarde y para contar algo positivo, esta batallita me sirvió para ligar con alguna que otra chica en el patio. ¿No está mal, eh?
Jorge Pérez.

 


Todo empezó en el siglo XXI. El Principito había llegado a la Tierra en una de sus nuevas misiones y se quedó realmente sorprendido. Él se imaginaba la Tierra completamente distinta a como lo era realmente.
Cuando aterrizó, se sentía bastante perdido debido a la gran multitud de gente que había en la calle. Se dirigió a una parada de tren que vio en una calle próxima. Allí se ofrecía un cártel con un panel en que se indicaban los lugares más emblemáticos, así como el punto en el que uno se hallaba en ese momento.
Después de pasarse un rato observando el cartel, se decantó por una librería, lugar al que se dirigió a continuación. Llegó en poco tiempo. La quietud que reinaba en aquel lugar lo intimidó un poco, pero, decidió entrar.
En cuanto vio aquella multitud de estanterías y todos esos libros que había en la sala, se quedó muy asombrado. Los libros se clasificaban por secciones y había muchas: historia, teatro, infantil… etc. Se decidió por la sección infantil. Allí había un libro le llamó poderosamente la atención y decidió leerlo. El libro se llamaba El Principito y tenía un gran dibujo en la portada, que le resultaba familiar.
El Principito se quedó de piedra cuando leyó que en el libro se hablaba de aquellos personajes tan entrañables con los que él se había topado: el aviador, el rey, el Vanidoso, el bebedor, el hombre de negocios, la serpiente, el zorro, etc.
Para él se trataba de un pequeño diario y por eso se hacía muchas preguntas: ¿Quién era quien lo perseguía y después lo contaba en un libro? ¿Quién era él en realidad? ¿Estaba seguro de que él era realmente?
El Principito se guardó el libro como un pequeño recuerdo de la Tierra y volvió a su hogar a seguir con sus pequeñas misiones.
Aitana Peris.

 

 

 

 


Una vez el Principito apareció en el acueducto de Segovia. Él no sabía dónde estaba y por eso empezó a preguntar a la gente. Caminaba siguiendo el momento y lo hacía confuso, sin rumbo fijo y sin saber el motivo de su hallazgo. El acueducto le gustó por su monumentalidad y por la historia que parecía desprenderse de sus piedras, la historia de aquellos que lo habían construido y cuyas manos estarían rotas y astilladas.
Cuando parecía que estaba más a gusto, su nave volvió a moverse y, como si de una brújula se tratase, le indicó el lugar donde tendría que realizar su próximo viaje. Se trataba de un centro mágico donde los haya. Miró la desconocida dirección y poco después sintió aquella conocida convulsión. Poco después se hallaba en un céntrico bar de Paiporta, especializado en paellas. Como era un recinto más pequeño, era mucho más difícil pasar desapercibido, así que, cuando la gente se le quedó mirando con aquellas suspicaces expresiones, supo que allí no encontraría aquello que estaban buscando y volvió a pedir a su nave que lo llevase a otro lugar pero lo cierto es que la nave se había cansado de tanto viaje interestelar y se negó a moverse. Y ahora, seguro que entre estás ávidas cabecitas inquietas y llenas de neuronas, se encuentra el Principito. Tal vez no sea tan complicado pasar inadvertido entre los niños, al fin y al cabo, él también lo es, un niño con una cabeza llena de pájaros y sueños inenarrables que tal vez un día nos dé a conocer.
Pablo Jérico.

 

 

 

 

 

Era una tarde de verano sofocante. El ambiente era muy seco, algo habitual en esta Estación del año. Un hombre, que parecía bastante desorientado, se despertó en un parque infantil y dijo:
-¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde estoy?
Mientras el hombre se iba levantando, la gente a su alrededor murmuraba.
-¡Qué tipo más raro! Ja, ja, ja. ¿De qué va vestido? Si parece un guerrero romano.
El hombre miraba a su alrededor sin comprender qué estaba pasándole exactamente.
-¿Dónde estoy? Pero si yo hace un rato estaba luchando.
Para cualquiera que lo viera parecía un loco, pero lo cierto era que el hombre aquel que se había despertado en el parque y que hacía poco tiempo estaba luchando, tal y como él se repetía a sí mismo, no era otro que el mismísimo Aquiles. Desconocía por qué se había despertado en aquel lugar tan extraño y tan lleno de gente que iba vestida de aquella forma tan rara. Lo cierto es que se había despertado en el siglo XXI, aunque él no lo sabía.
Se levantó y, cuando vio a aquella simpática ancianita que se aproximaba, decidió que se trataba de un ser inofensivo al que podía preguntarle dónde estaba, así que le dijo:
-Perdone, usted me podría decir qué día es hoy y dónde estoy?
La abuela, primero se sintió incomodada por la vestimenta del traje y su forma de hablar. Recordemos además que Aquiles era un ser imponente y que podía atemorizar al más valiente con aquella mirada airada. Pero la mujer no quiso ser descortés con el desconocido y le contestó:
-Estamos a 3/ 2/ 18, en España.
Después, meditó sobre la inconsciencia de la juventud actual que hoy en día se drogan más y duran menos.
El joven decidió explorar el lugar y deambulo durante un rato por aquellos sitios que desconocía. De pronto se encontró algo asustado frente a aquel rectángulo brillante al que imprecó:
-¡Oh, Dios! Menos mal que me has buscado para llevarme de vuelta al Olimpo. ¿Cómo te llamas?
Y de repente esa cosa rectangular empezó a parpadear y la luz le dejó leer aquel cartel.
-¡Oh, Dios Mercadona! Llévame contigo, te lo suplico. ¡¡Llévame contigo!!
Aquiles veía que salía gente del dios “Mercadona”. Entró dentro pero solo veía alimentos. De repente, despertó y se dio cuenta de que todo había sido un maldito sueño. Y, para despejar la mente se dirigió a un bar con su caballo y se tomó tres o cuatro copas. Cuando salió del bar y vio que su caballo blanco como la nieve estaba pintado de verde, volvió a entrar al bar furioso y dijo:
-¿Quién ha sido el mentecato que se ha atrevido a pintar de verde mi caballo blanco?
Descomunal guerrero de las marismas se alzó.
.¿Qué te pasa, Aquiles? Tal vez haya sido yo…
Aquiles recordó al dios Mercadona y encomendándose a él, como Don Quijote se encomendaba a Dulcinea, se levantó y retó al guerrero.
Entonces recordó que el dios se le había aparecido en un sueño ¿y si no fuese real? ¿y si tampoco fuese real lo que estaba pasando?
Así que decidió que mejor no se enzarzaban y, le dijo:
-Ahora mi caballo es único y nadie puede confundirlo. Te felicito, guerrero, y te invito a un trago.
El guerrero se le quedó mirando pero, como vio que Aquiles lo decía en serio, optó por no contradecirlo. Las batallas pueden aplacarse siempre con palabras. Claro que para eso debes conocer sus secretos más íntimos y luchar contra ti mismo, esos molinos de viento, cobardes y cuyas aspas parecen calzarse de bravura cuando si los acometemos, solo es humo, desorientación y miedo contenidos.
Luis

 

 


El principito
El personaje se llama el Principito. Actualmente se encuentra en el planeta Tierra después de haber tenido que recorrer más de cinco planetas.
Nada más llegar al planeta tierra, saca su móvil y llama al aviador diciéndole que está en la tierra. Ahora mismo está en Valencia, una ciudad bañada por el mar Mediterráneo.
Menos mal que el móvil se puede mojar, porque ha aterrizado en medio del mar. Pone su GPS y va nadando hasta la orilla. En cuanto llegó a la ciudad se asustó porque vio aquellas luces en el cielo que hacían ruido y es que resulta que los valencianos estaban en plena “mascletà”, ya que eran Fallas.
El principito alquiló una casa cerca de la playa y cada día se bañaba y veía salir el sol. A él no le afectaba la frialdad del agua porque estaba acostumbrado al frío del espacio. Lo cierto es que se sentía feliz de estar en Valencia, tan feliz que decidió quedarse para siempre y no cambiar de planeta nunca más.


Leyre Ten

 

 

 Mi personaje se llamaba Aquiles, aquel ser que resultaba ser un semidios casi inmortal. Esta historia que voy a contar ocurrió hace un mes.

Él se fue a la cama como siempre pero, cuando se despertó se hallaba en un sitio extraño para él, en otra ciudad terrestre, que él desconocía.
Estuvo andando durante un rato hasta que se encontró aquel cartel que ponía Pontevedra (Galicia). Siguió andando un poco más hasta ver a aquel hombre que manejaba un teléfono móvil. Aquiles le preguntó qué era aquel aparato, pero el hombre se asustó y salió corriendo. Semanas después de aquel incidente, el semidios ya se consideraba un buen gallego. Es más llevaba móvil, traje, corbata… Todavía desconocía cómo se usaba aquel aparato pero eso no le importaba demasiado.
Al final, acabó casándose con una mujer que había conocido en un bar cercano y tuvo dos hijos que le enseñaron a solucionar lo que era su talón de Aquiles, es decir, cómo usar un teléfono móvil.


Gonzalo Ten

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Deja tu comentario ¿Qué pasaría si Aquiles o el Principito se despiertan y se dan cuenta de que están en una época distinta?

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