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El pájaro verde, Juan Valera

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Juan Valera  El pájaro verde.

 

Este fragmento del cuento El pájaro verde de  Juan Valera nos muestra algunos de los aspectos más habituales de los cuentos de hadas. Nos encontramos a una lavandera (una pastora, una labradora) que entra en un espacio natural de incomparable belleza sin saber demasiado bien como ha llegado hasta allí. De pronto  descubre a un ser extraordinario que se baña en las aguas de un río, mostrando sus encantos al no creerse observado en su íntimo baño. En este caso la lavandera ve entrar tres pájaros que  se transforman en humanos. Por lo tanto el agua vuelve a tener un papel purificador – como también ocurre en muchos cuentos-.

Es habitual también que los personajes aparecidos sean un príncipe y sus fieles sirvientes de confianza. Recrearse en su vista es un deleite inconmensurable, pues su beldad es extraordinaria.  La lavanderilla descubre su secreto: son presos de un conjuro que los vuelve pájaros por el día sin que puedan hacer nada, mientras que de noche se transforman en tres mancebos, volviendo así a su naturaleza primigenia. En ningún momento es descubierto el personaje oculto y estamos convencidos que esta visión mágica jugara una baza importante en el desarrollo de los acontecimientos.

Después la joven es invitada a probar los mismos manjares… Cuando despierta, cree que ha sido todo un sueño.  Pero siempre aparece una señal que la guía, que le dice lo que debe hacer.  Nunca se trata de una revelación gratuita, pues si fuera así no tendría sentido.

Nosotros nos la imaginamos. Imaginamos que está desorientada, que no sabe lo que ha de hacer. Ahora eres tú el poseedor del talismán, el que sí sabe lo que ella tiene que hacer. Como narrador omnisciente, sabes quién ha lanzado el conjuro, por quién suspira el joven y cuál es la misión de la lavanderilla en esta obra. Así que, sin más dilación ponte manos a la obra.

 

   Bueno tal vez la propuesta sea muy sencilla, veamos si después eres capaz de transformar la historia. ¿Serías capaz de transcribirla a partir de los pensamientos de la lavanderilla, como si se tratase de un monólogo interior?  Sé que es una propuesta un poco rara… pero si estiras bien del hilo seguro que pasas tu cuento por el ojal.

 

Aghata

   El pájaro verde. 

 

La empujó suavemente y, cediendo la puerta, se encontró en una escalera de caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a un como invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa hecha, al parecer, de un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un surtidor tan gigantesco como el  que hay ahora en la Puerta del Sol, pero con la diferencia de que el agua de la Puerta del Sol es natural y ordinaria, y la de éste era de agua de color, y tenía, además, en sí misma  todos los colores del iris y luz propia, lo cual, como calculará el lector, le daba un aspecto sumamente agradable. Hasta el murmullo que hacía esta agua al caer tenía algo más musical y acordado que el que producen otras y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.

 

Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de aquella armonía cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una ventana de cristales. La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura. A fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres  que sin duda se acercaban.

 

Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba de la pertinaz dolencia de la princesa Venturosa. Los otros dos pájaros, no eran, ni con mucho tan bellos, pero tampoco carecían de mérito singular. Los tres venían con muy ligero vuelo y los tres se abatieron sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.

 

Al poco vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres mancebos tan lindos, tan bien formados y blancos, que parecían estatuas  peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La chica, que en honor de la verdad se debe decir que nunca había visto hombres desnudos, y que ver a su padre, a sus hermanos y a otros amigos vestidos, y mal vestidos, no podía traducir hasta dónde era capaz de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres genios inmortales  o a tres ángeles del cielo. Así es que, sin ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos sanos y nada pecaminosos Pero los tres salieron al punto del agua y pronto se vistieron de elegantes ropas.

 

Uno de ellos, el más hermosos de los tres, llevaba sobre la cabeza una diadema de esmeraldas, y era acatado de los otros como señor soberano. Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio de la hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad y le pareció el emperador del mundo y el príncipe más adorable de la Tierra.

 

Aquellos señores se dirigieron enseguida al comedor y se sentaron ante una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.

 

Desde allí pudo oír algo de la conversación y comprender que el más hermosos de los mancebos era el príncipe heredero del grande imperio del a China, y los otros dos, el uno su secretario, y el otro, su escudero más querido, los cuales estaban encantados y trasformados en pájaros durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural, previo el baño de la fuente.

 

Notó, asimismo, la curiosa lavandera, que el príncipe de las esmeraldas apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces de lo más hondo del hermosísimo pecho un ardiente suspiro.

Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel opíparo y poco alegre festín, el príncipe de las esmeraldas, volviendo en sí como de un sueño, alzó la voz y dijo:

 

-Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.

 

El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró Alejandro la Ilíada era, en comparación con ésta, más chapucera y pobre  que una caja de turrón de Jijona.

 

El príncipe tomó la cajita en sus manos, la  abrió y estuvo largo rato contemplando con los ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió luego la mano en la cajita  y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente, derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras:

¡Ay cordoncito de mi señora!

¡Quién la viera ahora!

 

Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada y muy limpia. La besó, la acarició también, y exclamó al besarla:

¡Ay linda de mi señora!

¡Quién la viera ahora!

 

Sacó, por último, un preciosos guardapelo, y si mucho había besado cordón y liga, más lo besó y lo acarició, diciendo con acento tristísimo que partía los corazones y hasta las peñas:

¡Ay guardapelo de mi señora!

¡Quien lo viera ahora!

 

A poco, el príncipe y los familiares se retiraron a sus alcobas y la lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares, los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían y la obligaban a contentarse con mirar y oler.

Para  gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares que vino a ponerse entre la mesa y la silla del príncipe. Entonces sintió, no ya un, sino dos manos invisibles que le caían sobre los hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo:

-Siéntate y come

 

En efecto, se halló sentada en la misma silla del príncipe y, ya autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario que  la novedad y lo exquisito de la comida, hacían mayor aun  y comiendo,  se quedó profundamente dormida.

 

Cuando despertó era muy de día. Abrió los ojos y se encontró en medio del campo, tendida al pie del árbol donde había querido comerse la naranja. Allí estaba la ropa que había traído al río, y hasta la naranja corredora estaba allí también.

 

<<¿Si habrá sido todo un sueño? –dijo para sí la lavanderilla-.

Quisiera volver al palacio del príncipe de la China para cerciorarme de que aquellas magnificencias son reales y no soñadas.>>

 

El pájaro verde, Juan Valera

Ed. Magoria

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Comentarios El pájaro verde, Juan Valera

Será un sueño?...hum, creo que a todos los pesimistas y decadentes creemos que todo lo bueno que sucede es obra de nuestra imaginación, porque tenemos un concepto de nosotros como los personajes secundarios, sièndo èstos los que más cautivan al lector y la mayor parte de veces el que menos parece importante es el que se queda con lo mejor...
Posdata: No se mucho de Jan Valera, per se que fué un gran crítico y escritor
querida amiga, tienes 14 años y ya eres sabia y lo que más me sorprende es esa capacidad tuya, esa curiosidad con la que lees los libros, esa curiosidad es un gran don para un escritor y tú la posees, eres muy joven, cultívala.
Un beso gigante
me gusto volver a recordar el pajaro verde lo conoci por mi maestra de primaria y desde esa vez nunca lo olvide ahora volvi a recordar ,linda historia fantasiosa aunque me deja con las ganas de saber mas de el.
GINA PAOLA GINA PAOLA 26/10/2010 a las 02:38
Una pregunta ese es un libro o una parte del libro el caballero del azor??? Urgeee!
Samantha Samantha 08/03/2014 a las 17:14

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