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Nuevas redacciones sobre Aquiles. Leyre, 1º D

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Aquiles despertó en un sitio poco conocido para él. Se trataba de un sitio lujoso, iluminado y ruidoso. Que si un atasco de coches, que si una obra, que si una mujer llamándole a la puerta de la habitación para limpiarla; en fin, los ruidos normales de una ciudad como Nueva York.
Él, asustado, empezó a preguntarse qué hacía allí o dónde estaban todos los soldados y por qué no hallaba el camino de vuelta a casa. Por otra parte, la mujer seguía allí, gritando y dando golpes a la puerta, como una loca. Tanto insistió que Aquiles terminó abriéndola. Primero se le quedó mirando a la mujer con aquellos airados ojos que relampagueaban, pero como esta nada le dijo y lo único que hizo fue entrar en la habitación con aquel carro que llevaba raros artilugios, el joven en vez de hablar y con pinta de estar bastante desorientado, salió corriendo.
Bajó las escaleras hasta recepción y se quedó observando lo que sucedía a su alrededor. Entonces fue consciente de que no iba a saber cómo volver a casa ni siquiera podría pedir ayuda ya que veía a ninguno de sus soldados, probablemente continuarían batallando en Troya. El, por su parte, se hallaba en una ciudad desconocida a la que posteriormente pudo llamar por su nombre: Estaba en Nueva York y lo peor de todo es que estaba perdido y desconocía qué debía hacer.
Salió a la calle pero todo el mundo lo miraba de manera rara y nadie quiso prestarle ningún tipo de ayuda o, al menos, eso pensó él al principio; sin embargo, su suerte cambiaría. Después de varias horas corriendo por la “Gran Manzana” y de que casi lo atropellaran; después de que lo echaran de varios sitios se chocó con aquel chico moreno con gafas que iba pegado a aquellos papeles tan raro. Leía en voz alta y parecía totalmente enfrascado en su lectura, hasta que, al levantar la vista, se le quedó mirando con aquellos ojos estupefactos y, a continuación, le sonrió.
El chico, que se llamaba Iván, lo había reconocido porque justamente estaba leyendo la historia de Aquiles y Troya. Al darse cuenta del estado de desmoronamiento de su héroe, sintió pena por él y decidió que era su deber ayudarlo.
En primer lugar intentó comunicarse con Aquiles para que pudiera volver a su época, pero, puesto que el héroe no estaba ya en la historia, sino a su lado, tuvo que desechar esta opción. ¿Cómo podría pues ayudarlo a volver a su época para que continuase combatiendo tal y como decía la historia a la que estaba enganchado?
Pese a que el idioma era distinto, el joven guerrero le hizo entender a Iván lo que le había pasado y este le dijo que en muchas historias, si el héroe quería volver a su Tiempo, lo mejor sería que volviese a su habitación antes de las doce de la medianoche, allí podría volver a convocar a los Hados para que le ayudasen en su cometido.
Con su ayuda, Aquiles consiguió estar a la hora en punto. Una vez dentro de la habitación y mientras el chico esperaba fuera, el héroe se quedó mirando aquel chisme que le había entregado y donde aparecería la hora exacta para retornar a su época. Mientras Iván esperaba fuera. En cuanto llegó el momento y el reloj tocó las doce en punto, Aquiles vio como su cuerpo parecía desvanecerse, iba a chillar porque estaba aterrorizado, cuando él chaval le pidió que no lo hiciese, que tuviese paciencia.
A la hora en punto, Aquiles desaparecería por completo. El joven satisfecho salió de la habitación con una sonrisa espléndida en la cara, seguidamente dio media vuelta y mientras caminaba, continúo leyendo el libro, con la esperanza de que Aquiles venciese la maldición que pesaba sobre él y lograse la victoria.
Leyre, 1º D

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