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Las mil y una noches: Sinbad el marino

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Primer viaje de Simbad

 

Las mil y una noches es un libro que no puede faltar en nuestra mesilla de noche.

Un libro mágico, si se me decirlo, para todo fabulador, un libro que nos susurra historias de amor, cuentos maravillosos, relatos de viajes, artimañas de pícaros, fábulas, etc.

La cálida voz esa joven de esa joven que estira del hilo para eludir la muerte, nos tiene hechizados, su voz es un veneno dulce que nos embriaga. El rey ha caído en su trampa. ¡Brujería! ¿Eso crees? Pues no, es el bálsamo de las palabras, el poder de la literatura que cura tus heridas, que te lleva al paraíso. Te olvidas de todo mientras vuelas en esa “alfombra mágica”. Escuchas ensimismado y no quieres que nadie acalle esa voz dulce y poderosa.

En este caso, Sherezade nos cuenta la historia de Simbad, el marino; el joven que se curte en las artimañas de la vida, gracias a sus viajes. Él pobre sufre toda clase de infortunios, a cual más espeluznante. El joven debe aguzar el ingenio si quiere salir victorioso; es su coraje y también el “azar” o sea un “pelín de suerte”, lo que decanta la balanza a su favor.

Al principio, la narradora nos refiere cómo se hizo marinero, para que entremos en materia y nos confabulemos con el personaje.

Cuenta que dilapidó la fortuna de su padre; la inexperiencia y el “poco seso” hacen estas cosas, provocan la caída. Pero después de la tempestad, se supone que llega la calma. Así que decide que ya es hora de hacer algo por su vida y se lanza al mar, en busca de fortuna. Sus compañeros dan alaridos de pena, el joven ha muerto en el naufragio. Ha sido terrible, el gran batracio se ha tragado a Simbad, lo ha descuartizado. Pues no… ¡Qué poca confianza en las posibilidades del ser humano! Simbad se salva… Sus aventuras son dignas de figurar en el libro Ginness de los Récords. A la desgracia inicial,  le suceden las sorpresas, a cual más terrorífica… El héroe se desespera, pronto sus huesos serán triturados por los monstruos, las espeluznantes criaturas, dignas de la peor de las pesadillas, que le salen al paso. ¡Milagro!¡Milagro! Aparece un buen samaritano, se devana los sesos y consigue hallar una solución, hasta el próximo contratiempo. Sus amigos no pueden creerlo, pero se ha salvado.

Lo que te propongo es sencillo y además es muy común. Te invito a que ahora seas tú el marinero, el que sufras el naufragio y llegues a la isla, el que burles el destino aciago. Ten un poco de coraje, no seas miedica. El marco espacio temporal, no es de mi incumbencia, no te lo voy a dar todo hecho. Tú decides... Es importante que crees la atmósfera adecuada, que lances al lector el guante adecuado. Debes conseguir que él se sienta “cómodo”, en esa alfombra mágica, que sus ojos se abran como platos y que, ¡ay!...esté a punto de caerse del susto y luego… ¡huf!, ¡por los pelos!, el marinero  se salva,  encima ha aprendido la lección, se ha enriquecido, ya no es ningún memo, ahora es todo un héroe.

 Aghata

Habéis de saber ¡oh nobles y respetables personajes!, que mi padre era mercader y gozaba de gran prestigio entre la gente en general y entre los mercaderes en particular; y había llegado a reunir hacienda considerable y riquezas incalculables.

Y murió mi padre, siendo yo pequeño, y me dio cuantiosa herencia de dinero, propiedades y predios. En todo lo cual puso yo mano cuando alcancé la mayor edad.

Y al verme dueño de tantas riquezas, empecé a darme vida regalada y a comer de lo mejor y a beber a ese tenor y a juntarme con los muchachos de mi edad, y a salir con ellos de bureo, luciendo trajes suntuosos sobre mi cuerpo.

Hacíame yo la ilusión de que aquello iba a durar siempre y me habría de reportar grandes bienes, así que perseveré en ese plan de vida por espacio de algún tiempo. Sin que pensase en mudar de bisiesto.

Pero al cabo de ese tiempo que digo, hube de entrar en razón y traté de subsanar mi error, y entonces me encontré que mi hacienda volara y mi estado cambiara y de todo cuanto antes poseyera, ya nada me quedaba.

Quédeme entonces como alelado, lleno de asombro y de pánico; y en estando así, en tal estado de ánimo, hube de recordar cierta historia que una vez oyera, referente a nuestro señor Soleimán, el hijo de Saúl- sea sobre ambos la paz-, y recordé también aquel su dicho: “Tres cosas hay que son mejores que otras tres: el día de la muerte, que es mejor que el del nacimiento; el perro vivo, que es mejor que el león muerto, y el sepulcro, que es mejor que el palacio”.

Fui, pues, y procedí a reunir cuanto aún conservaba de muebles y ropa y todo lo vendí. Vendí después también mis tierras y todo cuanto mi mano poseyera, y con el producto de esas ventas, vime dueño de tres mil dirhemes, y entonces se me ocurrió la idea de echarme a viajar por los países de la gentes, como dijo el poeta.

“Puede el hombre encumbrarse por medio del trabajo;

quien a la fama aspire, ha de ser esforzado;

y no entregarse al sueño ni al  mimo y el regalo.

Quien la perla codicia, ha de hundirse en el mar;

Riqueza sin desvelos no se pude lograr;

Y el que otra cosa, nada conseguirá”.

 

Pensé un poco en ello y luego fui y merqué variedad de cosas y objetos, propios para el comercio, y también de las cosas necesarias para un viajero.

Diole a mi alma por elegir los viajes por mar; así que me embarqué a bordo de un navío en el puerto de Bazra en unión de una partida de mercaderes y fuimos navegando por espacio de varios días y noches, hasta que costeamos una isla y el capitán de la galera decidió fondear en ella y echó el ancla y apretó las amarras.

Bajaron a la isla todos los que en barco y armaron allí unos fogones improvisados y encendieron lumbre y se repartieron los quehaceres, encargándose los unos de cocinar y los otros de limpiar.

Pero estando en esos menesteres he aquí que el dueño del barco, que de él no se había esperado, nos lanzó un gran gritó que hirió con fuerza nuestros oídos.

-¡Oh pasajeros de la seguridad¡, corred aprisa acá y montad en el barco, dándole a todo lo demás de lado, no os preocupéis de vuestros efectos, abandonadlos y venid acá con solo vuestras almas, si de la perdición queréis salvarlas; pues habéis de saber que esa que o s parece isla no es tal, sino un gran pez, que se tumbó a descansar en medio de la mar y luego la arena lo cubrió, tomando entonces apariencia de isla, por las plantas y árboles que le crecieron encima; pero ahora, en cuanto sienta el animal el calor del fuego que habéis encendido sobre su cuerpo, empezará a rebullirse y sacudirse y echará a bogar por en medio del mar y allí os ahogaréis todos, sin remisión. Así que daos prisa en buscar vuestra salvación y a libraros de la perdición.

Luego que tal oyeron los pasajeros, lo dejaron todo y corrieron desolados a montar en el barco, abandonando sus improvisados fogones y sus provisiones; pero a pesar de la prisa que a huir se dieron, hubo algunos que no llegaron a alcanzar el barco, pues no le dio tiempo; que de repente sacudióse la isla entera y se sumergió en las entrañas del mar, con todo cuanto llevaba encima y luego cerróse sobre ella el mar embravecido, siempre por encontradas olas combatido.

Fui yo del número de aquellos que con el pez se hundieron en lo profundo del mar, donde se ahogaron los más, pero a mi quiso Alá librarme de morir ahogado y me deparó un gran tronco de árbol, de los que llevaban allí, para lavarlos.

Asíme a él y me monté de espaldas y empecé a azotar el agua con los pies como si fueran remos; y las olas me zarandeaban y traían y llevaban de acá para allá, y así impelido a diestro y siniestro de las olas y el viento, fui a parar al pie de una isla elevada, en la que había árboles que hasta el mar tendían su ramaje.

Asíme yo a las ramas de uno de aquellos árboles copudos y me agarré a ellas con fuerza, luego me vi a salvo de sucumbir y conseguir llegar hasta la isla y afianzar la planta en su orilla.

Y había en aquella abundancia de fruta y de fuentes de agua dulce y comí aquella fruta y bebí de aquella agua, dulce y grata.

Luego seguí en ese estado por espacio de días y de noches; y mi alma se fue serenando en ese tiempo y recobrando mi cuerpo su fuerza y el movimiento; hasta que pude coordinar mis pensamientos y explorar bien la isla y recrearme entre los árboles que la cubrían, admirando las cosas que creó Alá, ¡loado sea por toda la eternidad¡

Híceme de una rama de aquellos árboles una cayada, para en ella apoyarme.

Y seguí de ese modo recorriendo la isla hasta que un día de los días, hube de divisar en lontananza un gran bulto que al pronto parecióme una fiera o alguno de esos monstruos que el mar engendra.

Dirigí, sin embargo, mis pasos hacia él y, al acercarme más, pude ver que era un gran corcel que estaba atado allí, en aquel pico de la isla, en la linde de la marina.

Acérqueme más al animal, y éste dio un relincho tal y tan feroz que me asusté y me dispuse a retroceder.

Cuando he aquí que de pronto veo salir un hombre de debajo de la tierra; y aquel hombre se puso a darme gritos y a seguirme y me dijo:

-¿Quién eres y de dónde vienes y cuál es el motivo de que a esta isla hayas venido?

Contéle ya todo cuanto me ocurriera, del principio al fin, y él, al oírme, se maravilló y me tomo de la mano y me dijo:

-Ven conmigo

Y me llevó a un sótano muy espacioso, grande como un salón. Y ya allí, me hizo sentar en  su extremo superior, y me sirvió de comer; y yo, con el hambre que tenía comí hasta que me sacié y luego le dije:

-¡Oh mi señor!, no me lo tomes a mal, pero ya que conté mi historia con toda verdad, te agradecería que tú también me dijeras quién eres.

-Nosotros- respondió él- componemos una partida distribuida por toda esta isla, y somos palafreneros del rey Al-Mahrachán y tenemos bajo nuestras manos todos sus corceles y caballos.

Todos los meses, con la luna nueva, venimos a esta isla trayendo yeguas de pura raza y las atamos, al rayar la aurora, al tronco de los árboles y luego nos bajamos a un aposento soterrado, donde a la vista de todos nos ocultamos.

No tarda luego en acudir un alazán de los que engendra el mar, atraído por el husmeo de la yegua, y al ver que por allí no hay nadie, se lanza sobre ella y la monta y hace con ella su cosa; y luego que termina, desmonta y tira de ella para llevársela consigo, más como está atada, no puede conseguirlo.

“El alazán entonces empieza a relinchar y a darle topadas y a cocearla, pero nosotros, que hemos oído sus relinchos, comprendemos que ya cabalgó y en seguida acudimos y empezamos a darle gritos, hasta que lo espantamos y, sin más, corre ligero a zambullirse en el mar.

La yegua luego queda preñada y cumplido  su tiempo da a luz un macho o una hembra que vale un tesoro y en toda la haz de la tierra no tiene rival que comparársele pueda.

“Este es, por cierto, el momento en que suele venir el alazán y, si es servido Alá, te llevaré a la corte del rey Mahrachán, y nuestro país te mostraré para que lo puedas ver. Y haz de cuenta que, de no haber tenido la suerte de dar con nosotros, habrías perecido miserablemente, sin que nadie tuviese noticia de ti ni de tu muerte; pero ahora ya me encargo yo de que puedas volver sano y salvo a tu tierra.

Invoqué yo sobre él las bendiciones del cielo y dile las gracias por su bondad para conmigo.

Pero en tanto platicábamos así ambos, he aquí que el garañón sale del mar y lanza un relincho que todo lo hizo retumbar.

Lanzóse después sobre la yegua y la cabalgó; y luego que terminó su operación, descabalgó y empezó a tirar de ella con la intención de llevársela consigo; mas como estaba atada, no lo pudo lograr y empezó a cocearla y embestirla; dando de paso unos relinchos que aturdían.

Pero entonces el palafrenero enristró en su mano la espada y embrazó la adarga y salió a la puerta de aquel subterráneo y empezó a gritarles a sus compañeros, diciendo:

-Echaos sobre el semental y batid las adargas con las espadas.

Acudieron ellos al punto con lanzas y armando gritería desusada, con lo cual se espantó el alazán y huyendo a toda prisa se sumergió en el mar, igual que un búfalo, y bajo sus aguas quedó oculto.

Sentóse el palafrenero un rato y aguardó a que llegasen sus compañeros, los cuales traían cada uno yegua que acababa de ser montada como la primera.

Y al verme en compañía del palafrenero, preguntáronme quién era y qué hacía allí; y yo todo se lo referí, acercáronse entonces a mí y tendieron los tapices en el suelo y comieron y me invitaron a comer con ellos, y todos comimos hasta quedar satisfechos.

Terminado el yantar, se levantaron y montaron en sus caballos y nos nevaron con ellos, apurándome a lomos de un corcel, después de lo cual empezamos todos a cabalgar, y cabalgando fuimos, sin parar, hasta llegar a la corte del rey Mahrachán.

Pasaron ellos luego a presencia del monarca y le contaron mi historia y él mandó que me llevaran ante su trono y así lo hicieron ellos, quedándose luego plantados ante el soberano.

Saludé yo al rey Mahrachán con “la paz sea contigo” y él me dio la bienvenida y me devolvió el saludo con mucha cortesía y me preguntó por mi situación, contándole yo entonces, con todo pormenor, desde el principio al  fin, cuanto me había ocurrido y cuantas cosas había visto.

Oído lo cual, el rey me dijo:

-¡Por Alá, hijo mío!, que tuviste suerte al encontrarte con mis gentes, pues, de no haber sido así, difícilmente salieras con bien de allí, pero pues así lo dispuso Alá para tu beneficio, loamos su nombre agradecidos.

Luego el rey dispensóme grandes agasajos y honores y me acercó a su persona y me mostró especial afecto en sus palabras y en sus gestos y me nombró su apoderado en el puerto, para que tomase nota y apuntase todos los barcos que en él fondeasen.

Y yo iba a verlo con regularidad, para recibir sus órdenes, y él me trataba siempre con bondad y me dispensaba toda suerte de favores y mercedes y me regalaba ricos trajes de gala.

Gozaba yo, pues, de mucho crédito con el rey e intercedía con él por su pueblo y de medianero entre él y ellos.

Según así largo tiempo, y siempre que salía yo al puerto, preguntaba a los mercaderes  y viajeros y marineros si venían de Bagdad, con la mira de hallar alguna ocasión de tornarme a mi tierra natal; pero nunca encontraba ninguno que conociese esa ciudad ni tampoco supiera de alguien que de ella viniera.

Con todo lo cual, andaba yo muy mohíno, pues dizque estaba ya harto de mi largo extrañamiento: sólo que disimulé por algún tiempo, hasta que, un día de los días, al presentarme ante el rey Mahrachán, encontréme allí con un grupo de hindúes y los saludé, deseándoles la paz,  correspondiéndome ellos con igual saludo.

Luego me preguntaron por mi país y yo les di noticias de él y a mi vez por el les pregunté.

Dijéronme ellos entonces que eran de varias castas, siendo los unos de la segunda, o sea de la más rancia nobleza, que a nadie hacen fuerza ni a nadie consienten tampoco que a ellos se la infieran; y los otros brames, los cuales no prueban el vino, pero llevan una vida de placer y delicia y poseen camellos y ganados.

Dijéronme además que el pueblo de Al-Hind hállase dividido en setenta y dos castas, de lo que maravílleme yo, hasta el colmo de la maravilla.

Y entre otras cosas que vi yo en el reino del rey Mahrachán, vi una isla llamada Kasil, donde todas las noches se oye repique de tambores; pero tanto los isleños vecinos como los viajeros nos aseguraron que los naturales de esa isla son gente de buena condición e inteligentes.

Y vi asimismo en aquel mar un pez que medía doscientos codos de largo y que a los pescadores infundía pánico; por lo que, en viéndolo, luego cogían unos palos y se ponían a hacer ruido con ellos para espantarlo.

Y vi también otro pez con cabeza de mochuelo, que chocaba verlo. Y vi también, además de eso, otras muchas cosas raras y curiosas, que no paso a comentar por no cansar.

Recorrí sin parar todas aquellas islas y exploré todo cuanto contenían, hasta que un día de los días, estando a la orilla del mar, según mi costumbre, vi venir a lo lejos un barco que se dirigía al puerto trayendo a bordo muchas mercancías y tesoros.

Luego que el barco arribó al puerto, arrió el arráez sus velas y echó las anclas y fondeó en aquella ensenada; después de lo cual procedieron los marineros a descargar todo cuando llevaban a bordo.

Tardaron largo rato en aquella faena y yo era testigo de ella y tomaba nota de todo cuando depositaban en tierra. Y luego que terminaron, al parecer, pregúntele al arráez.

¿No traéis nada más a bordo?

-Si, por cierto-contestóme él- aún queda allí, en la sentina, una gran cantidad de mercancías, sólo que su dueño naufragó y se ahogó en aguas de cierta isla, en tanto que nosotros seguimos adelante nuestra travesía. Ahora tenemos intención de vender estas mercancías y entregar su importe a sus familiares, que viven en Bagdad, la Ciudad de la Paz.

Al oír aquello, pregunté al arráez:

-¿Cómo se llamaba el dueño de esas mercancías?

-Sindbad, el marino, y hubo el desdichado, según dije, de perecer ahogado.

Al oír yo esas palabras, fijé en él con más atención la mirada y luego lo conocí y, lanzando un recio grito, díjele así:

-Haz de saber, arráez que yo soy el dueño de esas mercancías que dijiste, pues soy Sinbad, el marino, para servirte.

-¡No hay gloria ni poder sino en Alá¡-exclamó el arráez- y toda protección y seguridad vienen de E.¡en verdad que ya no hay entre los hombres rastro de conciencia ni buena fe¡

-¿Por qué dices eso?-preguntéle yo.

Y él me contestó:

-Pues porque me oíste decir que tenía a bordo unas mercancías cuyo dueño pereciera en el mar y ahora tú tratas de alzarte sin derecho alguno con su propiedad y eso, en verdad, está muy mal.

“Pues nosotros fuimos testigos de cómo se ahogó el desdichado y nos consta que también con él perecieron muchos pasajeros, sin que quedase con vida ninguno de ellos.

“Y siendo así,¿cómo te atreves a decir que eres tú el dueño de esas mercancías que a bordo tengo?

-¡Oh arráez!-exclamé-; oye mi historia y entiende bien mis palabras y verás claro la verdad de lo que hablo. Que por mentira se conoce a los que prevarican: así que oye primero mi historia y luego juzga.

Contéle al arráez con todo pormenor cuanto me sucediera desde que salimos en su barco de la ciudad de Bagdad hasta que llegamos aquella isla en la cual zozobramos y recordéle también algunos lances que entre nosotros habían pasado, de suerte que al oírlo no tuvo más remedio el arráez que declararse convencido; y tanto él como los mercaderes que lo acompañaban acabaron por reconocerme y me felicitaron por haberme salvado de la muerte y todos a una lazaron la voz y exclamaron:

-¡Por Alá, que nos creíamos que te hubieses salvado del naufragio; pero puesto que así fue, nos alegramos y pedimos a Alá te conceda nueva vida y te compense de tus pasadas cuitas¡

Luego de eso fueron y volvieron con mis mercancías y me las restituyeron y pude ver que encima de cada fardo estaba escrito mi nombre, como el de su propietario, y que no faltaba ninguno de los que yo había dejado.

Procedí luego a abrir los paquetes y saqué de ellos algunas cosas de valor y de precio elevado y mandé a los marineros que cargasen con ellas y se las llevé al rey y se las ofrecí como regalo.

Hícele saber al monarca cómo aquel barco que llegara era el mismo en que yo había partido y que las mercancías estaban en el mismo estado en que yo las dejara, sin que faltara nada, y que aquellos presentes que le hacía eran del número de aquellas mercancías.

Maravillóse grandemente el rey al oírme y comprobé ser verdad todo cuanto yo le dijera la primera vez que lo viera, por lo que me cobró todavía más amor y me colmó de nuevas honras y distinciones; y correspondió a mis regalos con cosas que valían otro tanto.

Vendí yo luego mis mercancías y saqué de ello bastante dinero, con el cual me apresuré a comprar otras mercancías y géneros y efectos de aquella ciudad.

Luego que los mercaderes que iban en el barco se dispusieron a zarpar del puerto, hice subir a bordo todas mis cosas y fui a ver al rey Mahrachán, y después de darle las gracias por todos los honores y distinciones de que me colmara, pedíle su venia para tomarme a mi tierra, al lado de los míos, y él me otorgó al punto su permiso y me despidió con grandes extremos de afecto y me regaló muchas cosas valiosas de aquella ciudad, para que me las llevase conmigo al marchar.

Despedíme, pues, del rey y monté en el barco y levamos anclas, por permisión de Alá- el poderoso, el lleno de majestad-, y fue nuestra servidora la felicidad y nos favoreció el poderoso; y no paramos de navegar hasta llegar a Bagdad, la Mansión de la Paz.

Llevaba yo conmigo muchas mercancías y objetos de valor y de precio, y con todo ello, luego que a Bagdad llegamos, dirigíme a mi barrio y me entré en mi casa, adonde en seguida acudieron a saludarme y felicitarme todos mis amigos y deudos.

Dime luego prisa a mercarme esclavos y fámulos y mamelucos y concubinas y ennucos, y también casa y predios y jardines y huertos, hasta que vine a encontrarme más rico y mejor abastado que antaño; y volví a gozar del placer del trato con mis amigos y conocidos y di al olvido todos los contrarios y peripecias que en el curso de mi viaje  había padecido, y me entregué a toda suerte de pasatiempos y recreos y deleite y a comer y beber de lo bueno lo mejor, sin reparar en gastos; que todo eso y más me consentían las riquezas que había allegado

Y esa es, señores, la historia de mi viaje, el primero.

Y mañana, si Alá es servido, os contaré la historia del segundo de mis viajes, que fueron siete, según os dije anteriormente.

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Comentarios Las mil y una noches: Sinbad el marino

esta precioso  y distraido

Gracias a tu visita pude conocer tu blog. Me encantó. Coincido que es único " Las mil y una noche".
Saludos desde Argentina
Liliana

Gracias Lucía. Es un libro excelente, uno de mis preferidos.


Un beso gigante

pouiyuy  quiero el resumen del simbad plis ahor ya

quiero las igualdades de simbad el cargador y simbad el marino de las mil y una nochaes ahora ya





uy ewwsexviakje es muy interesante de verdd las mil y una noche tiene viajes interesantes

vanessa alexandra  vanessa alexandra 08/08/2012 a las 16:44

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