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Los lusiadas, Camoens

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He aquí un fragmento de Los Lusiadas, la famosa obra de Camoens que relata el célebre viaje de Vasco de Gama en busca del codiciado camino de las Indias, aunque en el fondo no sea más que un espejo redondo en el que autor ve reflejado las hazañas de su pueblo y de los reyes que la gobernaron. Se trata pues de un texto de filiación épica, y en muchos de estos textos es habitual que aparezcan los dioses intercediendo en el destino de los hombres; éstos se sitúan detrás del héroe y lo vapulean a su antojo, unas veces lo protegen, otras le ponen tramposas zancadillas que obstaculizan sus intereses más inmediatos.

El fragmento que te presentamos destaca por su dramatismo: nos narra la historia de Adamástor, el gigante que se transformó en el Cabo de las Tormentas, después del rechazo de la ninfa Tetis.

Camoens  es un maestro a la hora de realza el sentimiento, ahonda en esa punzada de dolor que todavía quema en las entrañas del Cabo personificado,  además nos recuerda la crueldad de la ninfa, su insensibilidad.

Como sentimos lástima del pobre gigante, vamos a transformarnos en dioses, para ayudarle.  Supongamos que los dioses interceden a favor del gigante. Supongamos que castigan la crueldad de la ninfa y la convierten…en una simple mortal, lo cual es una humillación para ella.

También la pueden transformar en una corriente, en una fuente, en un animal, etc.  Lo importante es que captes el estilo de Camoens, que consigas parafrasear el tono, que aciertes en la radiografía del dramatismo, que transmitas su lirismo

 ¿Y qué sucedería si el héroe se enamora de la ninfa transformada en humana a su pesar? Como puedes ver, las posibilidades del texto son ilimitadas.

Aghata.

 

 

 

 

El horrendo monstruo iba a continuar hablando sobre los destinos de los nuestros, cuando levantando la voz, le pregunté: ¿Quién eres tú, cuyo cuerpo descomunal me tiene maravillado en extremo? Y dando un espantoso bramido, me respondió con voz impregnada de amargura, como si le pesara mi pregunta:

“Yo soy el grande y oculto Cabo que llamáis Tormentario, y a quien nunca conocieron Tolomeo, Pomponio, Estrabón, Plinio; ni cuantos geógrafos vinieron después de ellos. En este promontorio mío nunca visto, que se extiende hacia el polo Antártico, y al que tanto irrita vuestra osadía, tiene fin toda lo costa de África.

Fui uno de los feroces hijos de la tierra y hermano de Encélado, Egeo y Centimano, me llamé Adamástor y tomé parte en la guerra contra el que vibra los rayos de Vulcano; pero no acumulando montes sobre montes como aquellos, sino conquistando las ondas del océano, por donde andaba la escuadra de Neptuno, a cuya persecución me dedicaba.

Decidíme a acometer tamaña empresa llevado de mi amor hacia la esposa de Peleo, y desprecié a las diosas del Olimpo para cifrar mi vehemente pasión en la princesa de las aguas. Vila un día salir desnuda a la playa en compañía de las hijas de Nereo, e inmediatamente sentí que mi voluntad quedaba de tal modo esclavizada de sus hechizos, que no ha habido en el mundo casa más querida para mi.

Conociendo que era imposible lograr su cariño a causa de la excesiva fealdad de mi rostro, me decidí a conseguirlo por medio de las armas, y confié a Doris mi resolución. Atemorizada esta diosa, le habló entonces en mi favor; pero ella le contestó con “una hermosa y honesta sonrisa”: ¿qué amor de ninfa bastará para satisfacer el de un gigante?

Sin embargo, para librar al océano de tan funesta guerra buscaré un medio que, sin menoscabo de mi honra, evite sus estragos. Tal fue la respuesta que me dio la mensajera; y yo que no comprendí el engaño que tras estas palabras se ocultaban (pues la ceguera de los amantes es mucha), sentí mi corazón henchido de deseos y esperanzas.

Desistiendo ya en mi necedad de la guerra, una noche que me había sido fijada de antemano por Doris, se me apareció a lo lejos la hermosa figura de la blanca y sin par Tetis en toda su desnudez. Fuera de mí, me precipité hacia ella abriendo los brazos, para recibir en ellos a la que era vida de este cuerpo; y empecé a besarle los lindos ojos, las mejillas y los cabellos.

¡Oh, no sé cómo la ira me permite referirlo¡ Creyendo estrechar entre mis brazos a la que amaba, me encontré abrazando a un duro monte, erizado de ásperas malezas y de salvaje espesura. Al verme frente a frente de un peñasco, al que acariciaba creyendo en mi loco desvarío que era el rostro angelical de la ninfa, me quedé mudo, yerto, petrificado, dejé de ser hombre, y me creí convertido en un peñasco igual al que abrazaba.

¡Oh Tetis, la más hermosa de las ninfas del océano¡ Ya que te desagradaba mi presencia, ¿ qué te costaba dejarme en mi ilusión, bien fuese monte, nube, sueño o nada? Me alejé de allí airado y como fuera de mí por la aflicción y la mengua que sufría, y fui en busca de otro mundo, donde no hubiera quien se riese de mi llanto y de mi desgracia.

En aquel tiempo habían sido vencidos mis hermanos y reducidos al último extremo, quedando algunos de ellos sepultados debajo de los montes para mayor seguridad de los falsos dioses y como no vale la fuerza contra el Cielo, yo, que iba llorando mis disgustos, empecé también a sentir el castigo que el Hado adverso quiso imponerme por mi audacia.

Mi carne quedó convertida en dura tierra, mis huesos en peñascos y estos miembros que estás viendo se extendieron por las aguas que surcáis. En fin, los dioses convirtieron mi desmesurado cuerpo en este remoto Cabo; y para colmo de males, Tetis anda siempre en torno mío por estos mares, burlándose de mi dolor.

 

            Versión de Círculo de Lectores. 1972

                Traducción de Manuel Aranda Sanjuán

               

¡¡¡Toda una joya este libro, con unas ilustraciones inmejorables!!!

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