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Literatura de Fin De Siglo 4º ESO

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Literatura de Fin de Siglo.


1. Introducción. Dos movimientos esenciales Simbolismo y Parnasianismo.
No podemos entender la literatura española sin hacer referencia a París y sobre todo Montmartre, cuna del ambiente bohemio y por donde desfilaron, por ejemplo, numerosos escritores y famosos pintores como Monet, Dalí, Picasso, Van Gogh, Renoir, Degas, etc.
Por ese motivo y antes de estudiar la literatura española, nos centraremos en dos movimientos esenciales para entender la literatura contemporánea: El simbolismo (Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Stephane Mallarmé) y el parnasianismo ( Théophile Gautier y Leconte de Lisle).
Para los simbolistas,la poesía es un intento de aproximación a lo absoluto por medio de símbolos”, en palabras del poeta Juan Ramón Jiménez. Sus temas son la espiritualidad, los sueños, la búsqueda de la belleza mediante la intuición. Dentro de su simbología, esencial para entender el modernismo está el color azul, como símbolo del arte y su belleza. Destaca además por la presencia de lo irracional, de elementos fantásticos y de otros símbolos: los lirios que representan la delicadeza o la melancolía; los cisnes, la pureza y los pavos reales, la belleza y la vanidad. En sus poemas la mujer adquiere tintes idealizados e, incluso, resonancias sensuales. Uno de los libros clave para entender este arte es Las flores del mal de Charles Baudelaire y sobre todo, el Himno a la Belleza.
El parnasianismo, parte del rechazo al Romanticismo y su subjetivismo. Su consigna es “El arte por el arte”, lo que significa que el arte tiene un fin en sí mismo; por tanto, no debe ser un simple alegato de cuestiones políticas, sociales o morales. La poesía debe cuidar meticulosamente la forma y ser objetiva e impersonal, por lo que rechazan la emoción poética o el lirismo. Retoman pues los cánones de la poesía grecolatina y sus temas más comunes son la caída de los sueños y la búsqueda del ideal.


2 .Literatura española. Una fecha clave es el desastre del 98, que supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Encontramos diversas maneras de afrontar esta crisis: la modernista y su escapismo y la Generación del 98 y su reflexión filosófica.


Modernismo: Se caracteriza por la búsqueda de la belleza formal y la evasión de la realidad. Tanto la poesía como la prosa modernista proceden del escritor nicaragüense Rubén Darío y la publicación de su obra Azul en 1888, esencial para entender sus principales rasgos. Entre estas características destaca la búsqueda de los efectos sensoriales (sinestesias, aliteraciones), efectos que buscan dotar al lenguaje de musicalidad; el escapismo hacia otras culturas (como la Oriental – China, Japón, la cultura hinduista)-, también es habitual retroceder a épocas remotas en busca de inspiración. La perfección formal se logra en poesía por ejemplo con la renovación (metros pocos usados como el alejandrino, el dodecasílabo o el verso libre). Otras obras de este escritor, esenciales para entender el modernismo son Prosas Profanas y Cantos de vida y esperanza, donde encontramos el poema Lo fatal.


Por su parte, la Generación del 98 fue un grupo de intelectuales realmente preocupados por la situación de decadencia de España, una decadencia que abarcó a todos los aspectos (miseria y pobreza del pueblo, incultura, partidos tunantes que se turnaban en el poder, mala gestión administrativa y política (pérdida de las colonias, conocido como el desastre del 98. Sus temas se relacionan con la filosofía (Nietzsche y su teoría del superhombre o la crítica a la religión cristiana y la idea de que Dios ha muerto; y Schopenhauer que relaciona el mundo con la voluntad y el dolor, nuestra existencia se resume en el hastío de vivir.
Destacamos a Miguel de Unamuno (y sus novelas Niebla y San Manuel Bueno, mártir), Valle- Inclán y su obra teatral, Luces de Bohemia o el poeta, Antonio Machado que comienza escribiendo una poesía modernista (Soledades, Galerías y otros poemas) para después, escribir en un tono más personal (Campos de Castilla y Nuevas canciones).
3. Géneros literarios:

En primer lugar destacamos la obra de Miguel Unamuno y sus nivolas. El autor considera que no puede llamar novelas a sus obras ya que se centran en la sicología de los personajes y su angustia existencia y no, en la acción. En Niebla, nos muestra a un personaje capaz de enfrentarse a su creador, cuando el propio Unamuno le dice que es un ente de ficción y que ha decidido matarlo. En San Manuel Bueno, mártir encontramos a un sacerdote que ha perdido su fe, pero debe mantener el secreto para no desilusionar a sus feligreses.


En teatro, destaca Valle- Inclán, el primer renovador de la escena teatral. Comienza escribiendo prosa modernista (Sonatas), pero su obra clave es Luces de Bohemia, una obra teatral donde ensaya su teoría sobre el esperpento: una forma cruel de burlarse y, a la vez, denunciar la situación española. Los personajes aparecen deformados, como si los viésemos a través de un espejo cóncavo. La obra cuenta el recorrido noctámbulo por la bohemia de Madrid, de un poeta (Max Estrella). Nos explica que los poetas han tenido que prostituirse, para poder mantener cierto estatus social y que el mundo está corrompido; incluso, en una escena dialoga con Rubén Darío, también caricaturizado.


Finalmente y dentro del apartado poético, podemos mencionar a Antonio Machado, como un autor en cierto modo sincrético. Comienza siguiendo el estilo modernista (Soledades, Galerías, Otros poemas), con un tono melancólico y donde reflexiona sobre cuestiones existenciales (el tiempo, la muerte, la vida, Dios), para seguir con una obra, ya propiamente de la generación del 98, Campos de Castilla y Nuevas canciones, donde reflexiona sobre la decadencia española, la miseria y pobreza del paisaje castellano, pero a su vez tratada con profundo lirismo.
Actividades:
1. Himno a la Belleza: Baudelaire. Busca este poema y resume sus características esenciales. Investiga sobre la obra Las flores del mal y explica los motivos que han conducido a esta obra a considerarla la clave de la literatura contemporánea. 2. Poemas de Rubén Darío: La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? Actividad 2 de la página 95. 3. Busca el poema Lo fatal de Rubén Darío e investiga sobre su contenido. 4. Cuento: El rey burgués. Rubén Darío. Resumen y valoración.  Busca el significado de las palabras subrayadas. 5. Fragmento de Niebla: pág. 103. Actividad 1, 2, y 3. 6. Fragmento de Luces de Bohemia. Pág. 102. Actividad: 1 y 2. 7. Machado: Comentario del poema El viajero. Actividad 1 y 2. 8. Buscad el poema A un olmo seco de Machado y explica de qué va este poema. Señala sus figuras literarias. 9. Buscad el poema Autorretrato de Antonio Machado, explica su contenido. 10. Actividad creativa. Realiza un poema similar, es decir un autorretrato. 


HIMNO A LA BELLEZA Charles Baudelaire.
Vienes del cielo profundo como sales del abismo,
oh Belleza? tu mirada, infernal y divina,
otorga confusamente la gracia y el crimen,
y podemos por eso compararte con el vino.
Contienes en tu ojo el atardecer y la aurora;
esparces los perfumes como una tarde tormentosa;
tus besos son una poción y tu boca una vasija
que hacen al héroe cobarde y al niño valiente.
¿Saliste del abismo negro, o bajaste de las estrellas?
el Destino encantado va tras tus enaguas como un perro;
dejas caer al azar la dicha y los desastres,
gobiernas todo y no respondes de nada.
Caminas por encima de los muertos, Belleza, de quienes te burlas;
de tus joyas el Horror no es la menos adorable,
y la Muerte, entre tus más queridas rarezas
sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.
Lo efímero cegado vuela hacia ti, vela,
crepita, arde y dice: ¡ Bendigamos la antorcha!
El amante sin aliento inclinado sobre su amada
se ve como un moribundo acariciando su tumba.
Que vengas del cielo o del infierno, ¡qué importa
Oh Belleza! ¡monstruo enorme, aterrador, ingenuo!
Si tu ojo, tu sonrisa, tu pie, me abren la puerta
de un infinito que amo y jamás he conocido?
De Satán o de Dios ¿qué importa? Ángel o Sirena,
¿qué importa, si haces — hada de cara aterciopelada,
ritmo, aroma, luz ¡oh mi única reina! —
el universo menos horrible y los momentos menos pesados?

Lo fatal
Rubén Darío

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...


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A UN OLMO SECO ANTONIO MACHADO
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

AUTORETRATO Antonio Machado

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignò Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.


Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñò el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansiòn que habitò,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


El rey burgués Rubén Darío.
¡Amigo! El cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre... así como para distraer las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.

Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus profesores de retórica, canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol como los de los tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la ortografía!
¡Japonerías!¡Chinerías! Por moda y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos estirados y manojos de flechas.

Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.
-¿Qué es eso? -preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-Dejadle aquí.
Y el poeta:
-Señor, no he comido.
Y el rey:
-Habla y comerás.
Comenzó:
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán; he nacido en el tiempo de la aurora; busco la raza escogida que debe esperar con el himno en la boca y la lira en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza ; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.

He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o zarpazos como los leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el otro de marfil.
¡Oh, la Poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de la mujeres, y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...
El rey interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
-Sí, -dijo el rey,- y dirigiéndose al poeta:
-Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín...! ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rey y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín! tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, tiririrín... pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal, tiririrín..., y en que el arte no vestiría pantalones sino manto de llamas, o de oro... Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!

 

 

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