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El lápiz del carpintero, Manuel Rivas

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El lápiz del carpintero

Te presentamos esta escena que relata el reencuentro de unos enamorados en unas circunstancias especiales: cuando el protagonista es conducido a la cárcel de San Simón. Tanto el sargento como los guardias permiten que su novia lo acompañe, incluso deciden permitir que los enamorados pasen la noche juntos. Los acompañan al hotel y, una vez allí, les inventan una identidad, presentándolos como el comandante y su mujer. El resto de los acompañantes, es la escolta.

Al día siguiente vuelven a mutarse las identidades y recuperan los roles que les pertenecen, aunque consienten en hacerles una foto juntos.

Lo que vamos a hacer nosotros es ayudar a los protagonistas para que escapen. Para ello debemos inventar un ardid lo suficientemente convincente para que el lector asuma el nuevo desarrollo de los acontecimientos.

Ten en cuenta la situación: están en un hotel, rodeados de guardias. Pero te has guardado un as en la manga y sabes lo que debes hacer. Recuerda que para el recepcionista eres el comandante. Esa nueva identidad, será la que te permita salvar el pellejo. Ahora sólo idear cómo vas a hacerlo, cómo lograrás escapar de tus verdugos sin derramar una gota de sangre.

El lápiz del carpintero es sin duda una historia conmovedora. Herbal (el narrador y verdugo del médico) nos cuenta la historia de amor de Marisa y Daniel Da Barca, un médico republicano.  Narrada por el verdugo esta historia gana en profundidad. La obsesión de Herbal le permite a Rivas ahondar en la ambigüedad del alma humana, capaz de mostrar admiración, pero también odio, ira, rencor o miedo. Narrada por el verdugo, esta historia nos conmueve profundamente. Por un lado sentimos la inmensurable fuerza del amor y como este sentimiento puede servir de revulsivo en tiempos de odio,  pero también nos situamos en la mente del narrador, asistimos a sus dudas, a su desprecio, dolor o ternura con la misma intensidad. Nos sentimos identificados con los amantes, pero también sentimos pesar por Herbal, por la ambigüedad de sus sentimientos, por las heridas imborrables que le dejan todos y cada uno de sus actos.

Aghata.

 

 

¡Marisa!

El sargento García, tan hablador, quedó mudo como si la ventana fuese una pantalla de cine.

¡Adiós, herbal! Me voy a ver cómo está mi hijo

¡Es mi mujer!, dijo el doctor sacudiendo al sargento con las manos esposadas, excitado como si estuviese anunciando la llegada de una reina.

Y lo era, o más bien una reina costurera. Con aquello sí que no contaba el sargento García, le dijo Herbal a María de Visitaçao. Ni yo. Cuando se asomó al departamento, no sabíamos si disparar una salva o ponernos de rodillas. Yo hice como quien no quiere la cosa.

Marisa traía un cesto como para ir de merienda y un traje estampado de flores que se le ceñía al cuerpo, con los brazos desnudos. El abrazo inicial fue inevitable. El cesto de mimbre crepitó entre los dos cuerpos como el esqueleto del aire.

Aquel abrazo me sobrecogió, le contó Herbal a María de Visitaçao. La cadena de las esposas le resbaló por la espalda y se quedó atravesada en la cintura, al comienzo de las nalgas.

Con el tren en marcha, el sargento García consideró que era hora de imponerse a los acontecimientos. Su gesto simpático se volvió cortante como tijeras de acero. Se separaron.

Es mi mujer, sargento, dijo el doctor Da Barca como si le pusiese nombre al agua.

Llevamos mil años en el mismo tren y no me dijo que lo esperaba su mujer. Y exclamó señalando a la gente del andén: ¡Podría haberme ahorrado este circo!

Él no sabía nada, dijo Marisa.

El sargento la miró perturbado como si le estuviese hablando en francés y cogió el telegrama que ella le tendía. Firmaba la madre Izarne desde el sanatorio pena Porta Coeli y la informaba del horario de trenes del traslado.

No quiero ser descortés, doctor, dijo el sargento García, pero ¿pero como sé que son marido y mujer? No me sirve su palabra. Necesito papeles.

En aquel momento fui un cobarde, le contó Herbal a María da Visitaçao. No sé lo que me pasó. Quería decir: Lo son, yo lo sé. Pero se me barrió la voz.

Yo tengo los papeles, dijo muy digna Marisa. Y los sacó de aquel cesto de merienda.

La actitud del sargento García cambió desde ese momento. Estaba impresionado y no me extraña, dijo herbal. Aquella mujer convertía la noche en día, o viceversa, que diría el Gengris Khan. Miró alrededor, como en un trámite, y le quitó las esposas al doctor.

Se pueden sentar juntos, dijo señalando la ventana. Y él se quedó con el cesto. Era de buen diente.

El doctor Da Barca cogió a Marisa de las manos, dijo Herbal antes de que María da Visitaçao le preguntase qué hacían. Le contaba los dedos por si le faltaba alguno. Ella lloraba, como si le hiciese daño verlo.

De repente, él se levantó y dijo: Sargento ¿no le apetece echar un pitillo?

Salieron al pasillo del tren y no fumaron un pitillo sino media docena. El tren corría por la orilla del Miño, teñida de verdes y lilas, y el sargento y el doctor charlaban animados como si estuviesen en la barra de la última taberna.

Desde mi rincón de dormilón, dijo Herbal, yo la miraba con lástima, con ganas de tirar el fusil por la ventana y abrazarla. Ella lloraba sin entender nada. Yo tampoco. Faltaban unos minutos para que llegásemos a la estación. Después, nada. Años y años de cárcel sin poder tocar aquella reina costurera. Pero él, habla que te habla con el sargento, como dos feriantes. Y así hasta que llegamos a la estación de Vigo.

A mi extraño que no le pusiese las esposas. El sargento me llamó aparte: Discreción absoluta con lo que vamos a hacer. Si algún día se va de la lengua, lo buscaré aunque sea en el infierno para meterle un tiro en la boca, ¿entendido?

-No se preocupe, sargento.

-Pues coja su parte. ¡Disimule, coño!

Herbal notó el tacto de los billetes en la mano y los guardó en el bolsillo del pantalón sin mirar.

-Estamos los dos de acuerdo ¿no?

Lo miró en silencio. No sabía de qué estaba hablando.

-Bien. Entonces vamos a hacerle un favor a esa pareja. Al fin y al cabo, están casados.

Herbal pensó que el sargento García había perdido el juicio, enajenado por la labia y la mirada hipnótica del doctor Da barca. Debería haberlo previsto. Aparte del dinero que le había dado, que no podía ser mucho ¿qué demonio le había contado para hechizarlo así?

Este Daniel es un fenómeno, le dijo al pintor al oído.

-¿Pero tú no te habías ido?, dijo Herbal sorprendido

-Lo he pensado mejor. ¡No me podía perder este viaje!

¿Qué hacemos entonces, cabo?, preguntó el sargento. Él me dijo que usted sabría. Que conoce bien Vigo.

El pintor le pegó con el puño en la sien: ha llegado la hora de la verdad, herbal.¿Pórtese!

Podemos llevarlos a un hotel que hay aquí cerca, señor. Y que pasen por fin su noche de bodas.

Por el andén, ajena a todo aquel enredo, Marisa apuró el paso. Lloraba en silencio. A herbal le pareció hermosísima, como las camelias a punto de caer. Por fin, Da Barca se le acercó con cariño, pero ella lo rechazo enojada. ¿quién eres tú? Tú no eres Daniel. Tú no eres el hombre que yo esperaba. Hasta que él la agarró con energía por los hombros, la miró de frente, la abrazó y le habló al oído.

Escucha,. No hagas preguntas. Déjate llevar. Marisa se transformó a medida que fue entendiendo. Se le puso cara de novia, le contó herbal a María da Visitaçao. Caminaron serenos hasta la calle del Príncipe, mientras se encendían  las primeras luces del anochecer, fingiendo interesarse de vez en cuando por los escaparates. Hasta que llegamos a un pequeño hotel que había por allí. El doctor Da barca miró para el sargento. Éste asintió. Y la pareja entró delante con aire decidido.

Buenas noches. Soy el comandante Da barca, se presentó él con voz severa en la recepción. Dos habitaciones, una para mí y mi mujer y otra para la escolta. Bien, Nosotros vamos subiendo. El sargento les dará los detalles.

A sus órdenes, comandante. Buenas noches, señora. Que descansen.

Buenas noches, comandante Da Barca, dijo Herbal cuadrándose muy formal. Inclinó ligeramente la cabeza: Buenas noches, señora.

El sargento García enseño su documentación. Le dijo al recepcionista: No quiero que molesten al comandante  bajo ningún concepto. Pásenme a mi cualquier aviso.

Fue una noche muy larga, le contó Herbal a María da Visitaçao. Por lo menos para nosotros. Supongo que para ellos fue muy corta.

No creo que los tortolitos se escapen, dijo el sargento al llegar a la habitación. Pero no vamos a correr riesgos.

Así que pasaron la noche escuchando por turno detrás de la puerta. Me presento voluntario para la primera imaginaria, había dicho el sargento García, giñándole teatral un ojo a Herbal. ¡Tres veces!, exclamó cuando volvió. Lástima de un agujero en la pared.

Si hubiese un agujero en la pared, verían los dos cuerpos desnudos sobre el lecho, ella vestida sólo con el pañuelo anudado al cuello que un día le había dado en la cárcel a Daniel.

A mí me pareció que alguien lloraba, le contó Herbal a María da Visitaçao. Era una noche de viento, de mucho acordeón en el mar.

Después yo también oí chirriar el somier.

Muy temprano, al alba, el sargento llamó a la puerta para avisarlos. Con tan larga vigilia empezó a sentirse inseguro por el paso dado. Se movió con inquietud alrededor de la cama.

¿De verdad que usted estaba de acuerdo con él?

Algo sabía, mintió Herbal.

No se lo cuente ni a su mujer, dijo el sargento, repentinamente muy serio.

No tengo mujer, dijo Herbal.

Mejor. ¡Andando!

Todavía guardando las formas, salieron del hotel como un grupo de furtivos. Si los hubiese seguido tras cruzar la puerta el recepcionista vería como el comandante Da Barca pasaba a ser un prisionero con las manos esposadas. Por las calles vagaba una luz de resaca, una melancolía de basura pobre, tras la noche de acordeones en la ría.

En el muelle, un fotógrafo de emigrantes se ofreció despistado a hacerles una foto. El sargento lo disuadió con gesto brusco. ¿No ves que es un preso?

¿Lo llevan a San Simón?

A ti qué te importa.

Casi nadie vuelve. Déjeme que les haga una foto.

¿Qué nadie vuelve?, dijo el doctor con una sonrisa audaz.  ¡Una cuna romántica, señores! ¿ De allí salió el mejor poema de la humanidad?

Pues ahora es un catafalco, murmuró el fotógrafo.

¡Venga¡, ordenó el sargento. ¿A qué espera? Haga esa foto, ¡pero que no salgan las cadenas¡

Él la abrazó por detrás y ella le cubrió los brazos para que no se viesen las esposas.

Enfundados el uno en el otro, con el mar a fondo. Ojeras de noche de bodas. Sin mucha convicción, como de trámite, el fotógrafo les pidió que sonriesen.

La última vez que la vi, le contó Herbal a María da Visitaçao, fue desde el fondeadero. Nosotros subidos a la barca. Ella allí, en lo alto del embarcadero, solitaria, junto al noray, los largos mechones rojos peinados por el viento.

Él iba erguido en la barca, sin dejar de mirar para la mujer de Noray. Yo, encogido, en la popa. Debo de ser el único gallego que no ha nacido para andar por el mar.

Al llegar a San Simón, el doctor saltó al embarcadero con aire resuelto. El sargento firmó un papel y se lo entregó a los guardias.

Antes de marcharse, el doctor Da Barca se volvió hacia mí. Nos miramos de frente.

Me dijo:

Lo tuyo no es tuberculosis. Es del corazón.

Aquéllas de la orilla, dijo el barquero al regreso, no son lavanderas. Son las mujeres de los presos. Les mandan alimentos por el mar en serones de bebé.

Manuel Rivas

Pd: Recomiendo tanto el libro como la película. Excepcionales.

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Comentarios El lápiz del carpintero, Manuel Rivas

esta interesante  y tu le haces  o mueves el don de la curiosidad al asomarse  a esta ventana prendas al lector en la trama
No soy fan de Manuel Rivas ... y nunca me gustó como escribe ... aquí en Galicia decimos que tiene un negro ... porque saca un libro casi al dia
Tu prólogo estupendo ... como siempre
Besiños ... hasta la luna de Valencia ...
Magnifico libro,recuerdo que al pasar frente a la isla de San Simon,en el autobus se hacia como un silencio ,entre miedo y respeto que no pasaba desapercibido.En Galicia nunca estaremos lo suficientemente agradecios a lo que Manuel Rivas hace por nuestra tierra,tanto poniendonos al dia sobre esa  historia que algunos tratan de borrar (la lengua de las mariposas) ,como en materia de medio ambiente (fundador de greenpeace,españa).Aqui te dejo una frase, no se si suya o de su negro,como dicen en turkia..."Parece que Galicia en cuanto a naturaleza, tiene mucho que agradecer a Dios , pero muy poco a los que la gobernaron y la gobiernan...." M. RIVAS
mcdx mcdx 23/04/2010 a las 17:15

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