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Gregor, Quim Monzó

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Quim Monzó parafrasea a Kafka en este cuento: en este caso es el escarabajo el que se ve convertido en un niño. Al terror que muestra ante el cambio de condición se une el miedo al rechazo de su familia. Recordamos el cuento de Kafka y sonreímos ante esta vuelta de tuerca que nos ofrece el autor.

Notamos como el autor se fija en los detalles, deteniéndose en ese cuerpo que se mueve con torpeza por la habitación. Mientras es observado por su “familia”, descubre el mundo exterior con otros ojos: su foto, su propia imagen reflejada en el cuarto de baño, etc.  

Cuando sus padres regresan se extrañan porque lleva la ropa al revés. Vierte parte del contenido de la Pepsi al suelo y entonces decide limpiarlo para evitar la reprimenda. Es ese el momento más melodramático: siente asco por los escarabajos, su “supuesta familia” y los chafa, aplastándolos.

Lo que te proponemos es que escribas tu propia metamorfosis. No necesariamente tienes que fijar tu mirada en la historia de Samsa, el viajante de comercios del que habla Kafka, también puedes convertir a tu personaje en un superhéroe. Lo importante es que nos describas esa metamorfosis, que el lector sienta la inmediatez del cambio y como esa transformación focaliza tu visión de la realidad. Para ello deberás realizar un croquis del espacio por el que vas a moverte: ¿A dónde te diriges? ¿Con qué dificultades te topas? ¿Cómo ves ahora el exterior?  Asume el rol y muévete por el mundo, descríbenos las impresiones que te provocan los objetos y las personas. Cuéntanos cómo te sientes, deja que fluya tu conciencia.

Aghata

 

Cuando, una mañana, el escarabajo salió del estado ninfal se encontró convertido en un chico gordo. Yacía sobre la espalda sorprendentemente blanca y desproporcionada y, si levantaba un poco la cabeza, se veía la verruga, pálida e inflada. El número de extremidades se había reducido de manera drástica y las pocas que sentía

 (cuatro, contaría más tarde) eran dolorosamente carnosas, y tan gruesas y pesadas que moverlas le resultaba imposible.

 

¿Qué le había pasado? Ahora, la habitación le parecía pequeñísima, y menos intenso el olor de moho que percibía antes. En la pared había soportes para colgar la escoba y la fregona, en un rincón oscuro. Contra otra pared, una estantería con bolsas, cajas, botes, un aspirador y, apoyada, la tabla de planchar. Qué pequeñas les parecían ahora todas aquellas cosas que, antes, apenas podía abarcar en su totalidad. Movió la cabeza. Intentó volverse hacia la derecha, pero aquel cuerpo gigantesco pesaba demasiado y no podía. Lo intentó una segunda vez; y otra. Al final tuvo que reposar agotado.

 

Volvió a abrir los ojos con desazón ¿Y su familia? Movió la cabeza a la izquierda y los vio, a una distancia inconcreta, inmóviles, observándolo asustados y con miedo. Le sabía mal que sintiesen miedo, si hubiese podido les habría pedido disculpas por aquel mal trago  que les hacía pasar. Cada nuevo intento de moverse para ir hacia ellos resultaba grotesco. Intentar arrastrarse de espaldas le era especialmente difícil. El instinto le decía que quizá sí se volvía hasta quedar boca abajo los movimientos le resultarían más fáciles, aunque con sólo cuatro extremidades (y tan poco ágiles) no sabía cómo se las arreglaría para desplazarse. Por fortuna, no oía ningún ruido que le  indujese a pensar que había humanos en la casa. La habitación tenía una puerta y una ventana. Oía cómo repicaban las gotas de lluvia contra el alféizar de cinc de la ventana. Dudó si ir primero hacia la puerta o hacia la ventana y decidió finalmente ir hacia la ventana porque desde allí vería donde estaba exactamente, aunque no sabía con seguridad para qué iba a servirle ver dónde estaba exactamente. Con toda la fuerza de que era capaz, hizo un intento de volverse. Fuerza tenía, pero era evidente que no sabía cómo dominarla y que cada uno de sus movimientos eran descoyuntados e inconexos, sin relación con los demás- Cuando aprendiese a usar las extremidades, las cosas mejorarían tan notablemente que podría irse con los suyos. De golpe se dio cuenta de que pensaba y esa evidencia hizo que se preguntase sí antes también pensaba. El habría dicho que sí, pero comparando con su pensamiento de ahora, el anterior era muy débil.

Muchos intentos más tarde consiguió hacer pasar el brazo derecho por encima del tronco; así, inclinó el peso a la izquierda y, con gran esfuerzo final, volvió el cuerpo que cayó pesadamente boca abajo. Su familia se dio prisa en apartarse; se quedaron parados a cierta distancia, por miedo a que si hacía otro movimiento brusco los aplastase. Sintió pena por ellos, depositó  la mejilla izquierda en el suelo y se quedó inmóvil. Los familiares se le acercaron a milímetros de los ojos. Veía sus antenas moviéndose, sus mandíbulas cerradas en un rictus de desconcierto. Tuvo miedo  de perderlos. ¿Y si le rechazaban? Como si hubiera oído  lo que pensaba, con las antenas su madre le acarició las pestañas. Claro, pensó él, de mí es lo que debe encontrar más parecido. Conmovido( una lágrima le resbaló por la mejilla hasta formar un charco alrededor de las patas de su hermana), quiso responder a la caricia, intentó mover el brazo derecho, lo alzó e incapaz de controlarlo una vez alzado, lo dejó caer pesadamente, lo que provocó la desbandada de los familiares, que buscaron protección detrás de un bote de suavizante. Su padre asomaba la cabeza con prevención. Seguro que entendían que no les quería hacer ningún daño, y entendían también que todos aquellos movimientos peligrosos eran producto de la impericia para dominar aquel cuerpo de monstruo. Lo confirmó cuando se volvieron a acercar. ¡Qué pequeños los veía¡ pequeños y ( le costaba trabajo aceptarlo) distantes, como si sus vidas estuviesen a punto de bifurcarse de manera irreversible. Hubiera querido decirles que no le dejasen, que no se fuesen hasta que él pudiera acompañarlos, pero no sabía cómo  hacerlo. Hubiera querido poderles acariciar las antenas sin que la caricia los destrozase, pero, como se había visto, sus torpes movimientos comportaban un riesgo evidente. Boca abajo, inició el recorrido hacia la ventana. Poco a poco, ayudándose con las extremidades se arrastró por la habitación (la familia permaneció al acecho) hasta llegar a la ventana. Pero la ventana estaba muy arriba, y no sabía cómo trepar hasta allí. Añoró su cuerpo de antes, pequeño, ágil, duro y lleno de patas, que le habría permitido desplazarse con facilidad y velocidad, y volvió a resbalarle una lágrima, esta vez de impotencia.

 

Con el paso de los minutos fue aprendiendo a mover las extremidades, a coordinarlas, a aplicar la fuerza justa a cada brazo. Aprendió a mover los dedos y se aferró con ellos al alféizar de la ventana. Mucho rato después, finalmente consiguió levantar el tronco. Aquello le pareció un triunfo. Ahora estaba sentado, con las piernas dobladas y el hombro izquierdo apoyado en el trozo de pared que había bajo la ventana. La familia lo contemplaba desde un rincón., con una mezcla de admiración y pánico. Se puso finalmente de rodillas y, con las manos en el alféizar para no caerse, miró por la ventana. Al otro lado de la calle se recortaba nítidamente un sector del edificio de enfrente, un edificio muy largo, de color oscuro, con ventanas simétricas que cortaban la monotonía de la fachada. La lluvia no había cesado, pero caía ya en goterones aislados, que se veían llegar distanciadamente al suelo. Con un esfuerzo final consiguió alzarse y ponerse en pie. Aquella verticalidad le maravillaba y le incomodaba. Se sintió mareado, se tuvo que apoyar en la pared para no caerse, pronto las piernas le flaquearon y, con suavidad, se fue agachando hasta quedar nuevamente de rodillas. De rodillas avanzó hacia la puerta. Estaba entreabierta. Para abrirla, con el brazo le dio un golpe, con tanta fuerza( le costaba calcular la estrictamente necesaria para cada gesto) que la lanzó contra la pared, rebotó y casi volvió a cerrarse. Repitió el gesto, esta vez menos bruscamente. Una vez hubo conseguido que la puerta se quedase abierta, siempre de rodillas, salió al pasillo.

¿Habría humanos en algún rincón de la casa? Ahora, sin embargo (supuso) si se encontraba con ellos no le harían daño: tenía su mismo aspecto. Esta idea le fascinó. ¡Ya no tendría que huir de ellos por miedo a que le aplastasen¡ Era el primer aspecto positivo de aquella transformación. Sólo le veía una pega: querrían hablarle y no sabría cómo contestar. En el pasillo, ayudándose con los dos brazos se volvió a poner de pie. Esta vez no se mareaba tanto. Poco a poco (ahora las piernas aguantaban mejor su peso) caminó por el pasillo, cada vez con más desenvoltura. Al final del pasillo había una puerta. La abrió. Allí estaba el baño. El váter, el bidé, la bañera, las dos pilas y un espejo encima de las dos. No se había visto nunca, pero inmediatamente supo que era él, desnudo, gordo y blando. Por la altura a que le llegaba la cara, en el espejo, dedujo que no era ningún adulto ¿Era un niño? ¿Un adolescente? Verse desnudo le desconcertaba, no entendía por qué, porque nunca le había molestado ir desnudo. ¿Era la deformidad de su cuerpo, todos aquellos kilos y kilos de carne, y aquella cara pulposa y con acné? ¿Quién era? ¿A qué se dedicaba? Caminó por la casa, cada vez con más estabilidad. Abrió la habitación de al lado del cuarto de baño. Había unos patines junto a la cama. Y cantidad de banderines por las paredes. Había también un escritorio, libretas, libros. Y una estantería con tebeos, una pelota de fútbol y fotos. Una foto de él (se reconoció inmediatamente, igual que había visto en el lavabo: gordo, con acné y vestido de jugador de fútbol sala, de color azul, con una raya blanca en cada manga). En el armario encontró ropa. Buscó unos calzoncillos, una camiseta, un polo, unos pantalones de chándal, calcetines, unas vambas. Se vistió.

En la puerta del piso, observó por la mirilla. Fuera había un rellano, y tres puertas más de pisos. Volvió a la sala, pasó el dedo por los lomos de los pocos libros que había en las estanterías. Acarició una jarra de porcelana. Apretó el botón de la radio. La música era gritona y la letra le resultaba incomprensible.

...colomitos inolvidables,

inolvidables como las tardes

en que la lluvia desde la loma

no nos dejaba ir a Zapoopan...

Volvió a apretar el botón. Silencio. Se sentó en el sofá. Cogió el mando. Conectó la tele. Fue cambiando de canal, subió los colores hasta el límite, subió el volumen al máximo. Lo bajó al mínimo. Era fácil. En el sofá había un libro abierto. Lo cogió convencido de que no entendería nada y, sin embargo, en cuanto posó en él los ojos leyó sin demasiados problemas: <<Me he mudado. Antes vivía en el hotel Duke, en una esquina de la plaza Washington. Mi familia ha vivido allí durante  generaciones, y cuando digo generaciones quiero decir como mínimo doscientas o trescientas generaciones.>> Lo cerró y justo  cuando lo dejaba donde estaba, recordó que lo había encontrado abierto y no cerrado. Lo volvió a coger y, mientras buscaba la página por donde estaba abierto, oyó ruido de llaves en la cerradura. Era un hombre y su mujer, claramente adultos, éstos sí. El hombre dijo: <<Hola>> La mujer se le acercó, le dio un beso en la mejilla, lo miró de arriba abajo y le preguntó:<<¿Cómo es que te has puesto los pantalones del revés?>>Él se miró los pantalones del chándal. ¿Cómo podría haber sabido que estaban del revés? Encogió los hombros. ¡Oh, no, los deberes¡ Imagino ( como si recordase) un antes en que no había deberes ni pantalones del revés. << ¡Date prisa!>>Volvía a ser la mujer. Se levantó con pereza. Antes de ir a la nevera, sacó un bote de  Pepsi y, luchando por abrirlo (era torpe con las manos, todavía) ,vertió la mitad por el suelo. Antes de que le riñesen, fue al cuarto y, mientras descolgaba la fregona, vio, arrimados a la pared, tres escarabajos que, después de un instante de inmovilidad, intentaron huir. Con un cierto asco les puse encima el pie derecho e hizo presión hasta que notó como se chafaban.

 

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Comentarios Gregor, Quim Monzó

Entre tú y María me teneis abrumada
... que poco sé ... cuanto me queda por aprender
Siempre es un placer leerte y tus retazos
Besos ... queridísima profe.
Gracias María... pero el placer es mío. Me encanta leerte. Te quiero mucho y cómo me gustaría que intentases publicar tus post. Son excelentes. De veras.

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