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Graciela Baquero, Más poética.

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Graciela Baquero

Quiero que leas detenidamente esta lúcida reflexión que rompe el cascarón de la realidad y nos obliga a caminar entre escombros, acompañados por Olvido, ese ente en el que se desdobla la voz poética para enseñarnos el mundo que nos perturba.  Escuchamos al principio una voz entrecortada, dispuesta a hablarse a sí misma, un pálpito que enciende una hoguera:  la sangre de los desarraigados, el lento sucumbir de todos aquellos que pretende abrazarse a una vida díscola y efímera, es vertido por el ojo del poeta. El ojo es el ojo ciego de Polifemo, incapaz de hallar una salida, incapaz de hallar a Nadie. Pide socorro, pero si nadie le ha agredido, nadie puede salvarle.

Lo que te proponemos es relativamente sencillo. Queremos ver la realidad a través de tu propio ojo poético. Queremos descubrir una realidad amable, sentir que la vida merece la pena vivirla. Queremos que le des un giro de 180º a este flujo de  conciencia. Pensemos en positivo. La realidad puede verse desde muchos ángulos. Aunque al pasearnos por las calles de la ciudad nos asaltan los ajados rostros de los desarraigados, la vida en sí misma es un regalo que nos han entregado desinteresadamente.  Escoge bien las cartas del juego de azar: busca rostros que lleven escritos el estigma de esperanza, rostros a los que no enmascare el miedo, la ira, la desidia o la tristeza; encuentra esos puntos de luz que despejen las sombras.

Aghata

Más poética

                             Esto no tiene remedio,

                                  ya estoy andando.

                                                        SANTOKA

                                                     (Poeta mendigo japonés, 1882- 1940)

 

Ya estoy andando y esto no tiene remedio… Parto del error… Busco con-pasión el conocimiento… atiendo y manipulo la materia de la emoción… La clave es el trabajo y la espera… La recompensa es la remota posibilidad de perturbarnos.

A cuestas con este Oficio de Frontera… Voy… La tarea reclama un exilio implacable… Respiro… El poeta no tiene pertenecía.

Y desde aquí: No caer, no salvarse… Cuerpo a tierra… Un vuelco en la certeza… Voy… Todo está muy cerca… Respiro dentro de tu boca… algo se completa… es la combustión del suceder poético… es un gesto gravemente humano… que enciende una hoguera… donde reconfortarnos.

 

SOY hermana de su sangre. Con ella he embriagado las calles y las venas. He reído en sus labios con la estridencia del cínico. He escupido en la cara con su boca indefensa.

Juntas vagamos por la ciudad sin gente, los ojos al suelo hallando una moneda, hallando niños muertos, palomas, algodones. Después nos adentramos en el parque, por festejar en la carne el clarear del día de este eterno destierro; de este exilio vivido en la casa de uno. Bebemos por ello y  luego continuamos viaje. Vamos de cuerpo abierto, como santas, reconociendo las paredes frías de nuestra alcoba.

 

HAY veces que temprano bajamos hasta los jardines del Prado y asistimos al aseo de los mendigos. La fuente, el jabón escaso, las mantas desplegadas sobre el césped. El hombre y el peine desdentados, un grupo de turistas japoneses cruza fotografiando la escena, milagrosamente sin vernos. Un hombre dobla su abrigo satisfecho de su supervivencia. La anciana intenta salvar la profundidad de un charco; se empeña y lo consigue. Hay una mujer pintándose los labios guiada por el espejo de un automóvil y un muchacho que picotea el cuerpo como un pájaro hacendoso.

 

OLVIDO se descuida. Su cabello es una maraña inviolable. Tiene largas las uñas, negras de hurgar, con la misma habilidad su cuerpo y la basura.

Se descuida y sin embargo no me pierde de vista; ella mete un palo en la boca del perro que me muerde y derriba la puerta de la casa donde he sido violada. Ella limpia los cuencos donde los ojos duelen y me da las palabras que me salvan la vida. ¿Dónde encarna el efecto?... Creo que nunca nos hemos abrazado. Olvido está tan cerca que resulta imposible verse en el otro y realmente encontrarse.

 

ELLA pierde por mí todas las partidas. Olvido es quien arriesga al amor, yo sólo soy el hueco satisfecho del abrazo. Siempre llueve en el piélago de su razón. Siempre a la intemperie mientas yo hacendosa construyo sólidas moradas para costumbres y pensamientos.

Ella pierde por mí, cae enferma, huye, blasfema, muere, se golpea, la golpean, se droga, se revienta mientras yo observo desde la frontera de una extraña salud.

Pero no estoy a salvo. Sangro por el cuerpo de mi Olvido, sin hacerme señales, con todo este dolor sin pertenencia.

Ella es en mi lo no vivido, el delito en la boca agazapado. Imagen invertida para mi sustento. Olvido: mi carne redentora.

 

OLVIDO  alimenta a una cría de pájaro con su boca. Pico contra pico, ambos conscientes de su posible agresión.

 

OLVIDO  ha parido un niño muerto, lo abriga y se empaña en amamantar su boca quieta.  Mi boca quieta no quiere provocarla.

Me niego a comprender lo sucedido, observo la escena y repito, para mis adentros, una dulce plegaria que me amansa y me miente. Me digo:

Esto no es una cama

y él no es un niño muerto.

Este lugar no es el mundo.

Esto no es una mujer que sueña.

Frente a mí no hay nadie.

 

A TRAVÉS de la neblina del bar en sobremesa, vimos en el televisor a una mujer somalí descendiendo de un automóvil en medio de la multitud.

En la imagen pudimos percibir la bella fragilidad de sus ademanes; su cuerpo flaco cubierto de explosivo color de las ropas africanas. Y luego, inmediatamente, vimos la brutal actividad del bicho humano.

Todos querían golpear a la prostituta. Todos la fueron desnudando hasta dejarla perfectamente sola entre los suyos.

Y sin embargo nuestros soldados no perdieron la compostura. Estaban allí, presentes, con los ojos del mundo, con los ojos de una especie fraudulenta, y al fin ojos de nadie para cuidar al otro.

Después vimos un anuncio navideño, otro sobre seguros de vida, otro sobre un perfume de insospechados efectos. Olvido y yo nos miramos desde muy lejos. Nada había ocurrido y, sin embargo, ambas sujetábamos el vientre entre las manos.

 

HEMOS ido hasta el lugar del atentado por ver la sangre tendida sobre el suelo. Por ver la tierra empapada de animal, la tierra toda temiendo todavía.

 

OLVIDO  abre la boca, la vulva, las palmas de sus manos. Se dilata por los poros, los pabellones auditivos, los ojos, por el centro de la angustia, y se pone a recibir sin prevenciones. ¡La he visto ofrecerse con la impudicia de una novia experta!

En esas ocasiones, su cuerpo dador de abertura se desmenuza como arenita en un desierto. El cuerpo de la herida; morada de sucesos.

Tiempo primigenio este, en el que olvido tiene la gravedad de ser un continente, y ser entonces el borde, sólo frontera del espacio de un milagro.

 

CUANDO llega el frío, la ciudad se hace pequeña como una casa inútil. No tenemos a dónde ir. Sabemos de una cita que no hemos concertado y ello nos permite ir hacia alguna parte.

Olvido se impacienta si me distraigo. Por el camino no deja que me entretenga con las manos del hombre que recoge cartones y los va apilando sobre el cochecito de un niño. No quiere que me ponga a sentir en las ancianas el penetrante perfume de la abuela. Ni tan siquiera seguir con los ojos a la adolescente que cruza la calle enamorada.

Tira de mí cuando descubro en el zaguán a dos muchachos cocinando con limones, cucharas y heroína su próxima evasión o cuando intento no mancharme los zapatos y voy sorteando el abismo entre los coches.

Tenemos una cita para salir del frío. Pero me hace correr. Tenemos prisa. Vamos hacia un lugar que se aleja de aquí.

 

A OLVIDO  le gusta mear de pie como los hombres. A veces, cuando volvemos a casa de madrugada, ella se detiene, abre las piernas y levanta levemente la falda para que no se moje. Entonces ambas observamos cómo el líquido sale de ella y sigue su curso humeante por la acera, cambiando de rumbo, siguiendo las líneas quebradas del dibujo de la calle, hasta encontrar las bocas por donde la ciudad drena.

Después siempre siguen momentos de júbilo: ella canta en mi pecho una alegre oración y baila, haciendo brincar el cuerpo de las sombras. Olvido está saciada de vaciarse.

 

AL  ANOCHECER  se hace un fuego en la iglesia Degollada. En la nave central se van dejando maderas y desperdicios del mercado  cercano. Las paredes a la intemperie se proyectan desde aquí, hacia un preciso planeta. Dentro, la luz de un fuego siempre originario.

Entonces todos: los mendigos, algún yonqui, la anciana abandonada, los borrachos, el panadero de Mira el Sol, muchachas huidas, Olvido, yo, el poeta, el perro dolorido y a veces niños durmiendo, volcados en sí mismos para su propio cuidado. El resplandor del fuego embellece los cuerpos del desorden.

A ella le agrada estar allí mientras la comunión dura. Mientras la combustión nos tiene atrapados en su propio quehacer. Luego, cuando la llama decae y con un estruendo vuelve el mundo al mundo, Olvido me hace señas con los ojos, nos levantamos y, contenidas por un silencio sobrecogedor, bajamos por las calles hasta topar el río.

 

OLVIDO  sabe escuchar las voces de los muertos. Por ello nos adentramos en el bosque hacia el lugar donde encontraron a la niña perdida.

Siempre tengo miedo cuando ella se ocupa de estas cosas y voy tras sus pasos, dando tumbos, por la fragilidad del mundo y su frontera. Llegamos. Olvido toma asiento en el preciso lugar del hallazgo y, con un animal que sobrevive a todos los diluvios, toca, huele, atenta hasta dejar que la niña muerta hable por su boca y diga:

<<Hace días que llueve y la tierra resbaló por mis pechos hasta dejarme el cuerpo al aire… La tierra dura me lastimaba, pero el agua hizo de ella un barro fino que me dejó salir… He pasado el tiempo sin saber que había muerto… Llevaba días aquí desencontrada, con la carne dispersa entre los helechos y las piedras… Entonces no ser más que el silencio de este bosque… La violencia cesó cuando la muerte vino… y ahora dejadme en paz y taparme, no me gustar estar así delante de la gente>>.

Olvido hace silencio después de aquel discurso embrionario. La toco y la regreso. Silencio, hasta que con claridad percibo sus señales.

Entonces, tapo con los labios el agujero de su boca mientras arropo con mi abrazo el cuerpo de mi Olvido y, como si de un Lázaro nuevo se tratara, hago que se levante y ande.

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Comentarios Graciela Baquero, Más poética.

Me ha encantado, es un mensaje positivo, y además se ve que te gusta la literatura, y si es reflexiva a todos nos aporta.

Feliz día.
anna anna 13/04/2010 a las 08:53
bonito esta  eso del niño muerto me ha hecho hoyo  pero yo creo que con una rendija de sueño de ilusion uno da levantarse cada dia siquiera un instante y ilusion puede ser dos jovenes besandose y nosotros recordando ese ayer  ilusion nos puede dar el ver una vida nueva , entre la inocencia de lo niño , nos puede brindar tambien la ilusion de distraernos de nuestros errores ,en fin todo un mundo , o por nosotros mismos o viendolos en las caras de los demas , la ilusion siempre siempre salva vidas y da pureza , muy estable no es mas que es estable en la vida si ella es viento y respira
Como siempre ... brillante
No es pasión de alumna jajaja
Te quiero.

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