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Escuchemos a la maestra: Olvidado rey Gudú, Ana María Matute

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Olvidado rey Gudú. Ana María Matute.

 

En el libro Olvidado rey Gudú de Ana María Matute encontramos fragmentos como éste que siguen las directrices típicas de los cuentos de hadas. Se nos cuenta en este caso la historia de una Ondina. Sabemos que estos personajes de extraordinaria belleza, que encandilan a los humanos; son seres caprichosos y la voluptuosidad que irradian suele conducir al héroe al fondo del lago.

Matute despliega todas sus armas, armas forjadas en la fragua de la tradición y así consigue un personaje trasparente y verosímil.  También en este caso la ondina juega con su colección de humanos y se divierte a su costa: adornando a los muertos. Es espeluznante, por supuesto.

La historia nos presenta también al trasgo, el desencadenante de la desgracia. Él le consigue el bebedizo mágico que le permita transformarse en una humana y de este modo saciar su curiosidad, experimentar las mismas sensaciones que experimenta una joven humana. Ese es su único anhelo, un anhelo insensato que será aprovechado por el trasgo para conseguir sus propósitos. Pero siempre hay un pero… siempre existe un peligro, una advertencia; en este caso, la proverbial contaminación si persiste en su empeño, si  no transforma su identidad o es reconocida.  La Ondina escucha los peros… pero ¡ay!, el corazón no atiende a razones. Muy típico, ¿no?  La historia introduce además otro personaje, la reina Ardid. Para completar el tablero nos falta una pieza capital, el conejillo de indias, el pobre iluso que se enamora de la ondina.  Ahora ya sabes lo que tienes que hacer, continuar esta historia.  Tu relato no debe rebosar el molde, pero cuécelo bien, échale la sal necesaria para que esté a tu gusto.

Aghata

 

 

        Olvidado rey Gudú

 

Ondina del Fondo del Lago habitaba desde hacía cuatrocientos treinta años en el más bello lugar del Lago de las Desapariciones. Ondina era de una belleza extraordinaria: suavísimos cabellos color alga que le llegaban hasta la cintura, ojos largos y cambiantes como la luz, que iban del más suave oro al verde oscuro, y piel blanco-azulada. Sus brazos ondeaban lentamente entre las profundas raíces de las plantas, y sus piernas se movían como las aletas de una carpa. Una sonrisa fija y brillante, que iba del nacarado de la concha al rosa líquido del amanecer, flotaba entre sus labios. Cualquier humano hubiera sentido una gran fascinación al contemplarla en todos sus pormenores – a excepción hecha de las orejas, que, como todas las de su especie eran largas y puntiagudas en extremo, aunque de un tierno color, entre sonrosado y oro-.

A pesar de ser nieta de la Gran Dama del Lago, no poseía ni un ápice de su sabiduría, ni siquiera un granito de mínima inteligencia –como ocurre con frecuencia entre las ondinas-. Por el contrario, era de una tal dulzura y suavidad, y emanaba tal candor, que su profunda estupidez podía muy bien confundirse con el encanto y hechizó más conmovedores. Como toda ondina, era caprichosa en extremo, y su gran capricho era su Colección del Fondo, donde había cultivado con primor su jardín de los verdes intrincados. La colección de Ondina consistía en una ya nutrida exposición de muchachos jóvenes y bellos, comprendidos entre los catorce y los veinticinco años. Le gustaban tanto, que a menudo arrastrábalos al fondo y allí les conservaba sonrosados e incólumes, gracia al zumo de la planta maraubina que crece cada tres mil años entre las raíces del agua. Pero se cansaba pronto de ellos, pues por más que los adornaba con flores lacustres, y coronara sus cabezas con toda clase de resplandecientes piedrecitas, y acariciara sus cabellos, y besara sus fríos labios, ellos nada le decían ni hacían; de suerte que necesitaba siempre más y más muchachos para distraerse con variedad.

A veces, aproximándose cautelosamente a las orillas del lago, había visto cómo jóvenes parejas de campesinos se acariciaban y besaban mutuamente y esto la llenaba de envidia. Así se lo había confesado en más de una ocasión a los trasgos, que, compadecidos, a veces, empujaban muchachos al fondo. Entre estos se contaba el trasgo del Sur, al que había confiado su caprichosa obsesión. “ Eso es una tontería – le decían los trasgos-. Decídete a tomar por esposo a cualquier delfín de los que pululan por las costas del sur y déjate de esos caprichos. Teniendo en cuenta tu juventud, puede perdonársete, pero anda con cuidado no se entere su abuela: ella no tolera contaminaciones humanas, y sólo con ahogados puedes juguetear sin peligro.” “Así lo haré –decía ella entonces, compungida-. Prometo no olvidarlo.” Pero como era estúpida hasta los más remotos orígenes de su sustancia, no sólo lo olvidaba, sino que persistía en el peregrino deseo de recibir caricias y besos de hombre vivo. “Pero ¿para qué? – le preguntaba el Trasgo del Sur, que desde sus libaciones y dada su instalación en el Castillo, cuya zona Norte lamía las aguas del creciente Lago, mantenía grandes charlas con ella-. No veo la razón, pero así es.”

Y en éstas estaba cuando el Trasgo se acordó oportunamente de ella, de su cándida naturaleza y de su insensato capricho. Así eran las ondinas, se decía.  Otra había conocido, en el Sur, encaprichada con los asnos, y otra también, más al Este, que tenía predilección por los soldados de barba roja. Todo podía esperarse de una ondina, menos cordura.

Esperó noche propicia –esto es, en creciente-, y horadando los entresijos de la tierra, abrió un pasadizo hasta el Manantial del Lago.

-Hacia tiempo que no venías, trasgo del sur- dijo Ondina, que le prefería, sin saberlo, por el tufillo humano que iba lentamente apoderándose de él. Me gustará enseñarte el último que ha entrado. Me lo enseño el trasgo de la Región  Alamanita, y es muy hermoso. Aún no me he cansado de adornarle: mira, le puse caracolas en las orejas, ramitos de maraubina por todas partes, y aquí, está la perla que me regaló una ostra del Mar Drango. ¿Qué más puedo hacer ahora, para no aburrirme?

El trasgo contempló pensativamente a un jovencito de cabello oscuro y tez dorada aunque con expresión de espanto, pues no había tenido tiempo de cerrar los ojos. Le pareció el colmo de la fealdad y ridiculez, pero calló sus opiniones, para bien conquistar a Ondina.

Miró con recelo de un lado a otro, y al fin musitó:

-¿No esperas la visita de la Gran Dama, verdad?

-Oh no-dijo ella- Está demasiado ocupada preparando el próximo deshielo. No ha visto los tres últimos, y aunque no le gustan demasiado, dice que si me contento con ahogados, nada tiene que reprocharme.

-Pues bien, he pensado mucho en ti, hermosura – dijo el Trasgo-. Y se me hace que alguna solución hallaremos, sin que incurras en enfados de tu maravillosa Abuela que tanto Respeto me Inspira – pues para hablar de ella sólo podía utilizar palabras con mayúscula.

-¿De veras?- exclamó Ondina, con sumo interés-. Dime, Trasgo del Sur

-La cosa es que te ofrezco una oportunidad: hemos encontrado un bebedizo que te permitirá tomar forma humana, por breve tiempo –a lo sumo diez días-, sin peligro de contaminación. Claro  está que si prolongas esta forma humana solo un minuto más, tu contaminación se produciría, y de forma tan peligrosa que la cosa remedio no tendrá. Pero como eres caprichosilla, tengo para mí que más de dos días no te van a divertir los  muchachos humanos, con los que podrás retozar a gusto durante ese tiempo. Y así, el peligro se alejará, con gran ventaja para ti: podrás beber el elixir cuantas veces quieras, y tomar, por diez días, la figura de mujer que te sea más útil (siempre que sea diferente entre sí)... Tengo para mí, que vas a disfrutar de lo lindo, y no te vas a aburrir lo que se dice nada, en varios siglos vista.

La Ondina dio dos volteretas en el agua. Era su máxima expresión de contento, ya que su boca sólo tenía un grado de sonrisa.

-¡Rápido¡- gritó. Y la superficie del Lago se estremeció súbitamente, como bajo un vendaval-. ¡Rápido, dame ese bebedizo¡

-Un momento, hermosura-dijo el Trasgo-. Siento decírtelo, pero todo tiene sus condiciones.

-Dime tus condiciones.

-Verás: en el transcurso de estas delicias, podrás disfrutar de las caricias, besos y cuanto te plazca de cuantos mozos tengas a bien. Pero...-y aquí, recalcó mucho sus palabras- siempre y cuando persistas, una vez tras otra, en atraer a cierto hombre, que si bien en su día será joven y tal vez hasta bello, con el tiempo se irá haciendo viejo y hasta feo o repulsivo. Sólo así, bajo ese solemne juramento, te daré el bebedizo.

-Bueno –dijo ella-, poco importa. Bien sabré consolarme con los otros, mientras la raza humana exista y produzca tales deliciosas criaturas- y señaló el Jardín de Mancebos Ahogados.

-Bien. Voy a comunicar tu asentimiento a quien es pertinente- dijo el Trasgo. Y dejándola muy ilusionada, regresó por donde había venido.

La reina Ardid quedó muy complacida al saber esto. Sin embargo, dijo:

-Querido mío, ¿estás seguro de que Ondina no se cansará de esperar el bebedizo prometido? Ten en cuenta que hasta  que Gudú esté en edad de poder apreciar sus encantos, han de pasar bastantes años.

-Ay, querida niña- dijo el Trasgo-, ¿qué son unos cuantos años más o menos para quien vive inmerso en los siglos de los siglos? Nada, querida niña, nada- Y bebió con fruición, no exenta de temblores, un buen trago de cierto vinillo sonrosado que guardaba para las grandes ocasiones. Pues el temor que le inspiraba la Vieja Dama sólo era comparable al cariño que sentía por la Reina Ardid.

 

Ana María Matute

 ¡¡¡¡ Recomiendo Olvidado rey Gudú con entusiasmo!!!!

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Comentarios Escuchemos a la maestra: Olvidado rey Gudú, Ana María Matute

esta precioso mas que se podia esperar de esa gran dama ana maria matute  lo abarca todo inteligencia humildad sencilled etc  me encanta y a ti agahta gracias por traernosla   bueno desde hace un dia comparto blog con angelzz1  dice que le gustan mis escritos y que sirvo de ayuda y mira hay vamos vamos a ver como responde la cosa

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