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¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros! La redacción de David, 2º C.

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Encarcelado
En aquella sala, los instantes eran eternos. Miraba a todos lados por si alguien venía a salvarme en esa situación incómoda.
Todo empezó cuando…. Para, para, para.
En primer lugar os diré que soy un chico de 21 años al que casualmente le ha tocado el peor de los destinos.
Todo empezó cuando salí de la Universidad. Era un día normal, salvo porque estaba lloviendo y hacía bastante frío y mucho viento. Me dirigía hacia mi casa cuando oí sonido corto pero horrendo que procedía de algún lugar próximo. Salí corriendo, tan rápido como pude. ¡Pies para qué os quiero!- pensé. La mala fortuna me salió al paso y, sin poder evitarlo, tropecé, me caí y quedé inconsciente en el suelo. Creo que fue ahí cuando perdí la noción del tiempo y también la memoria.
Cuando desperté, comprendí que estaba en una comisaría de policía. Oía un lejano sonido a lo lejos. En alguna de las salas se encontraba mi familia o, al menos, eso creía, ya que aquellas voces me resultaban familiares.
Observé el enorme espejo que había en la habitación y supe que me estarían vigilando. Permanecí en silencio, sabía que pronto vendría alguien, que pronto sería interrogado. Así que apenas me inmuté cuando apareció aquella mujer vestida de negro, que llevaba el pelo largo recogido en una coleta y cuyos tacones azules rechinaban en el suelo. Sacó un informe de la mochila y rápidamente lo dejó sobre la mesa. A continuación se sentó e hizo un gesto extraño con la mano, como si intentase hacer una señal al espejo. Después se giró, intentó una sonrisa y se quedó mirándome.
Iba a hablar, pero ella dijo que me callase y me preguntó el por qué había matado a Mars Jackson. Yo la miré sin saber qué decir, no tenía ni idea de lo que me estaba diciendo ni tampoco sabía cómo había llegado hasta allí. También desconocía la identidad de ese Mars Jackson del que me estaba hablando.
No sé si fue la experiencia que tenía en estos casos o el modo de intimidarme, lo cierto es que empezó a decirme lo que quería saber:
-Te encontramos inconsciente junto al cadáver de este hombre (indicó con su mano una fotografía horrenda de un cuerpo ensangrentado. No se le distinguía el rostro, y sólo me llamó la atención aquel viejo abrigo, similar a uno que había llevado yo cuando era pequeño).
-Tenemos muchas pruebas- continuó- que confirman que tú fuiste quien lo mataste. Eres el único que estaba en las inmediaciones del lugar de los hechos y… -Intenté esbozar una sonrisa irónica, mientras ella seguía con su parloteo.
Quería saber los motivos del asesinato. Además intentaba mostrarse desagradable y hizo un comentario fuera de lugar. ¿Cómo era posible que un asesino se desmayase al ver la sangre? Ese había sido mi gran error: un desvanecimiento que les había conducido a mí.
Intenté explicarle que había oído un ruido y que ese ruido había provocado mi caída. Nadie me había visto, ya que nadie había por la calle. Por tanto, nadie podía asegurar que yo fuese el asesino.
Esto es lo que ha sucedido. Han pasado dos semanas de los hechos y ahora estoy en el juzgado. Mi familia está desesperada. La jueza dice que el caso está resuelto y el pobre abogado de oficio que me han asignado poco puede hacer. Mi sentencia saldrá pronto, aunque ya sé cuál será: Catorce años en la cárcel de Michigan, una de las peores del Estado.
Oigo el lamento de mi madre, su grito desgarrado: -¡Por Dios, que si él lo hace, también nosotros! Sé que a ella le gustaría seguirme a ese lugar inhóspito en el que van a encerrarme. Uno de estos días vendrá a visitarme y entonces quizá me explique por qué lo hizo.
David Martínez

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