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¡Por Dios, que si él lo hace,también nosotros!

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!Por Dios, que si él lo hace, también nosotros!
Cuando abrí los ojos, estaba entrando en una sala de hospital. Era blanca, con detalles en un azul intenso. En la sala se hallaban cuatro camillas, como la mía. Una estaba vacía.
En una de esas camillas había una mujer joven, que, por su aspecto, parecía tener 30 años, aunque, como después me confesó, tenía dos menos que yo. Era muy guapa. Lo más llamativo de su aspecto era su pelo. Se deslizaba por su hombro, iluminando su rostro, como una luz, y era de un color precioso. Destacaba además su piel casi traslúcida, sus ojos grandes ojos almendrados y las pequeñas pecas, que recorrían toda la cara.
A su lado, se veía a un señor que parloteaba sin cesar. Hablaba con añoranza de su estancia en Hungría. Su pelo canoso y de tonalidad grisácea, indicaba que tendría aproximadamente 60 años. Pese a las marcadas arrugas de su rostro, hablaba con fuerza y vitalidad, reviviendo sus aventuras.
-Por eso estoy aquí, hasta q1ue me den el alta, si no me muero de viejo.. ¡Maldito tren!... - dijo bromeando. Se giró y se quedó mirándome.
:- ¿Cómo te llamas, muchacho?
-¿Yo? Dan. ¿Y vosotros?
-Soy Oscar, el Migue y ella, Vic, bueno, Victoria-El chico que había hablado era de mediana edad, de pelo largo, descuidado y llevaba algunas rastas. Me recordaba a Jack Sparrow en "La maldición de la perla negra", la mejor película el mundo.
-Encantados de conocerte Dan. ¿Dinos, qué se te ha perdido aquí?
Victoria soltó una carcajada, lo que me extraño. Sin embargo, nadie pareció escucharla.
- ¿Yo...? A ver. Hace un mes, fui a una bolera de Valencia con unos amigos. Era gigante. Me contaron que en aquel lugar se desarrollaban las competiciones más importantes y que no era raro encontrarse cara a cara con algún campeón. Empezamos a jugar en la única calle libre. Éramos cuatro contra cuatro y, pese a que llevábamos un rato jugando, nadie superaba los 100 puntos, salvo Marcos, el más joven del grupo, con 150 puntos. Él chico juraba y perjuraba que nunca había pisado las pistas ni participado en competiciones.

 

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Jugaba tan bien que llamó la atención de los dueños del bar, quienes se acercaron a ver la partida. Marcos ganó, pero, inevitablemente, tanto éxito se le subió a la cabeza. Por eso, siempre que quedábamos, quería ir a la bolera. Al principio decíamos que sí. Pero se comportaba de forma tan insoportable cuando ganaba, se regodeaba y chuleaba tanto en nuestra propia cara que dejamos de quedar con él, porque nos ponía nerviosos.
Durante algún tiempo estuvimos solos el resto del grupo. Pero se le echaba de menos en la pandilla, así que volvimos a llamarlo. Al hacerlo, nos dimos cuenta de que su voz había cambiado. Parecía que iba drogado y pensamos lo peor. Se nos ocurrió ir a su casa para ver como estaba.
Nos abrió la puerta un chico de unos 40 años. No lo conocía personalmente pero su cara me sonaba haberla visto en la televisión. Entramos y lo vimos allí, no le pasaba nada, simplemente había conocido a otra gente y estaba a gusto con ellos. Tanto era así que no quería hablar con nosotros, lo veíamos incómodo, como si nos considerase unos “perdedores”. Por eso, prácticamente nos echaron de su casa, diciéndonos que ganaría el torneo de bolos y que no deseaban que distrajésemos a su estrella.
Entonces, Carla, una amiga nuestra que había nacido para ser líder, dijo:
-¡Por Dios, que si él lo hace también nosotros!
-¿Esa es la introducción? ¡Qué larga!- En ese momento, el Jack Sparrow dejó de caerme tan bien.

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-Vale, vale...quitaré detalles... Por dónde iba... Ah sí. Que nos apuntamos al torneo, pero fue un gran error, aunque recuperamos a nuestro amigo. Al día siguiente fuimos a apuntarnos. Solo pudieron apuntarse cuatro, aquellos a quienes considerábamos los mejores y que no eran otros que Carla, Simón, Christian Y Paula. Los otros tres que quedábamos (Enrique, Avelino y yo), éramos los mantas.
La competición sería dentro de cuatro días. Así que fuimos a practicar todos los días, de de 8:00 a 10:00. Al llegar el 18 de febrero, nos vestimos con la equipación, formada por unos vaqueros desgastado y nuestra camisa verde de la suerte y nos dirigimos al lugar.
Al principio, nos iba muy mal. Perdíamos de 40 con el otro equipo, pero, a partir de la 5a ronda, empezamos a remontar. Cada día había más diferencia con el otro equipo.

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Llegó el último tiro (el de la victoria). Si Paula lograba tirar más de 6 bolos, el otro equipo, los los Blacks', quedaría eliminado y pasaríamos a la siguiente ronda. Todo esto pasó en cuestión de segundos: Pablo (el capitán del equipo de Marcos) cogió una bola de su mochila, y la lanzó con todas sus fuerzas y confiando en que esa sería su mejor baza.
- Al ver que la bola derribaría a Carla, y que era imposible que ella escuchase nada porque llevaba tapones (no sé el porqué, no me preguntéis) me dirigí corriendo desde mi sitio para pararla o, al menos, hacer algo, ya que no soportaba la idea de que hubiese una desgracia en aquel momento tan importante para todos. Tuve gran idea de situarme en medio, entre mi amiga y la bola. Y aquí está el resultado. Una rotura de cinco huesos en el pie derecho, por el tobillo, más o menos… Me llevaron corriendo al hospital y aquí estoy-.
De repente, se abrió la puerta y todos nos girábamos. Era como si la realidad entrase de sopetón en la sala, como una bocanada de aire fresco. La enfermera se aproximó sonriendo. Llevaba unos boles llenos de frutas y verduras. Empezamos a comer, cuando Victoria decidió contar su historia.

Laura, 2º ESO

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