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El caballero inexistente, Italo Calvino

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Nuevamente traigo a colación esta historia de uno de los maestros indiscutibles. Él siempre es capaz de sacarle punta a las palabras, al tema, el punto de vista o el personaje. Siempre consigue su objetivo, que el lector disfrute, que se embrolle en su historia y sienta dentro de sí hasta el más mínimo detalle. Lo que voy a pedirte puede parecerte fatuo o intrascendente, pero te aseguro que no lo es en absoluto. Quiero que emules la situación que se describe. Quiero que seas tú ahora el que ponga las palabras en la boca de Gurdulú, quiero que muevas sus miembros con la misma lentitud, que increpes a esa parte de cuerpo, que parece haber perdido por el camino todo su movimiento.  Tu misión es desentumecerla y –al mismo tiempo-  conseguir ese tono teatral del que parte su fuerza. ¿Qué pasaría si perdieses la agilidad de los movimientos, si estos se paralizasen ante el dragón que tiene cautiva a la princesa, o ante una anaconda u cualquier otro peligro?  Este juego trivial puede dar mucho de sí, únicamente debes decidir el tono. Aquí es irónico, pues pretende que el lector se ría, pero quizá tú decidas dotar a la escena de una aureola dramática, que transforme el curso de los movimientos. Como siempre todo depende de lo que pretendes, del juego al que nos has invitado. Tal vez esta idea sea el germen, el motivo que necesitas para construir un buen cuento.

 

Agilulfo había observado desde el principio con una atención no exenta de turbación los movimientos de aquel corpachón carnoso, que parecía revolcarse en medio de las cosas existentes satisfecho como un potrillo que quiere rascarse la espalda y experimentaba una especie de vértigo.

-¡Caballero Agilulfo!-dijo Carlomagno-. ¿Sabéis lo que os digo? ¡Os asigno a ese hombre como escudero! ¿Qué? ¿A qué es una buena idea?

Los paladines, irónicos, reían generosamente. Agilulfo, que en cambio se lo tomaba todo en serio (¡y tanto más una expresa orden imperial!), se dirigió al nuevo escudero para impartirle las primeras órdenes, pero Gurdulú, engullida la sopa, había caído dormido a la sombra del árbol. Tendido en la hierba, roncaba con la boca abierta, y pecho, estómago y vientre subían y bajaban como el fuelle de un herrero. La escudilla grasienta había rodado cerca de uno de sus gruesos pies descalzos. Entre la hierba, un puerco espín, quizá atraído por el olor, se acercó a la escudilla y se puso a lamer las últimas gotas de sopa. Al hacerlo pinchaba con las púas la desnuda planta del pie de Gurdulú, y cuanto más avanzaba remontando el exiguo arroyuelo de sopa, más apretaba sus espinas contra el pie desnudo. Hasta que el vagabundo abrió los ojos; miró a su alrededor, sin comprender de dónde procedía aquella sensación de dolor que le había despertado. Vio el pie desnudo, tieso en medio de la hierba como una pala de chumbera, y, contra el pie, el erizo.

-Eh, pie-empezó a decir Gurdulú-, pie, eh, ¡hablo contigo! ¿Qué haces ahí plantado como un bobo? ¿No ves que ese animal te pincha? ¡Eh, pieee! ¡Qué estúpido! ¿Por qué no te vienes hacia aquí? ¿No notas que te hace daño? ¡Qué pie más bobo! Basta con un poco, basta con que te apartes un tanto así… Pero ¿cómo se puede ser tan estúpido? ¡Pieee! ¡Óyeme de una vez! ¡Fíjate cómo se deja destrozar! ¡Retírate hacia acá, ¡idiota! ¿Cómo te lo tengo que decir? Fíjate: mira cómo lo hago yo, ahora te enseño lo que debes hacer… -y mientras hablaba así dobló la pierna, retirando el pie hacia sí y alejándolo del puerco espín-. Mira: era tan fácil que en cuanto te he enseñado cómo se hace lo has hecho tú también. Estúpido pie, ¿por qué te has quedado tanto tiempo dejándote pinchar?

Se frotó la planta dolorida, se levantó, se puso a silbar, empezó a correr, se lanzó a través de los arbustos, se tiró un pedo, después otro, y luego desapareció.

Agilulfo se movió como para tratar de encontrarlo, pero ¿dónde se había metido? El valle se abría estriado por tupidos campos de avena, y setos de madroños y aligustres, atravesado por el viento, por ráfagas cargadas de polen y mariposas, y, desaparecido justo allí, en una pendiente donde el sol al girar dibujaba móviles manchas de sombra y luz; podía estar en cualquier punto de una u otra ladera.

 

El caballero inexistente, Italo Calvino

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Comentarios El caballero inexistente, Italo Calvino

El primer libro que leí de Italo fué "Las cuidades invisibles" un delicioso relato de ciudades imaginarias puestas en boca de Marco Polo
Este libro forma parte de una trilogía "Nuestros antepasados" de la cual solamente he leído "El Barón rampante"
Es un autor que me gusta ... y de vez en cuando ... releo algo suyo
Un gusto visitarte, querida amiga, siempre acertando
Besos glamurosos ...
¡Ay, María! Siento debilidad por Calvino. Era el único libro de la trilogía de Calvino que no me había leído y me lo han regalado. Me lo estoy pasando "pipa" leyéndolo. ¡Un monstruo, Calvino!
Estoy que me subo por las paredes: preparando exámenes con María, de ahí que haya subido algunas cosas al blog, que puedan interesar a todos aquellos que están en Segundo de Bachillerato.
Un abrazo gigante
Es el peor libro que e leido en toda mi vida... No se entiende NADA 
Nadie Nadie 28/11/2011 a las 00:58

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